jueves, 5 de marzo de 2009

Caminos

Sentado en el banquillo de los acusados, toda su vida transcurre como una película ante sus ojos. En el interior de su mente se arracima una cantidad insostenible de recuerdos, la mayor parte de ellos agradables. Por ello, decide obstinarse, sumergirse en las aguas de la memoria y bucear entre ellas para así huir del juez, de su abogado, de los medios de información que, con tanta saña, se han vuelto repentinamente en su contra. Y recuerda su infancia, cuando su padre, en su más estricta concepción de la disciplina, le recordaba continuamente que debía esforzarse para ser alguien en la vida, para llegar a lo más alto. Ambición, esa es quizás la palabra que mejor resuma su existencia, y para nada se lamenta de ello. Su padre jamás consiguió nada, y ahora, si siguiera vivo, estaría orgulloso de él. Todos le observan en la sala, pero él no deja de esbozar una amplia sonrisa condescendiente bajo su profundo bigote gris, a juego con la corbata.

Una fortuna incalculable, una vida excelsa, una mansión por casa, las mejores putas de la ciudad y la alcaldía de la misma. Todo ello es lo que le mueve a declararse inocente. ¿Cómo un hombre culpable puede haber conseguido todo eso? Los sobornos, las comisiones, los ostentosos contactos y paraísos fiscales. Todos ellos fueron medios para alcanzar la meta y satisfacer a su padre y, por tanto, están justificados por completo.

De pronto, cuando abandona el ostracismo de la realidad en el que se hallaba inmerso y fija su atención en el juez que se encuentra sentado frente a él, todo su mundo se tambalea, y las piernas comienzan a flaquearle irremediablemente. De pronto, más recuerdos. Destellos de otra etapa de su vida, esta vez en la universidad. Aquel estudiante de derecho escuálido, su antiguo mejor amigo, con acento catalán y formas robotizadas, preside la sala y es quien decidirá su pena. Con él compartió horas y horas de diálogos encendidos, tendidas discusiones sobre espléndidos planes para cambiar el rumbo de un mundo que veían a la deriva. Uno, estudiante de derecho, lucharía por los más débiles. El otro, de Ciencias Políticas, porque para cambiar el mundo había que hacerlo desde dentro. Esa era su mayor consigna en la juventud, y ahora vuelve a él, como un boomerang, intentando transmitirle algún mensaje misterioso. El juez le declara inocente, bajo su atónita sorpresa. Cuando se encuentran en la salida, y le pregunta por qué lo ha hecho, éste le responde sintéticamente:

- Tenemos que salvar a la humanidad, ¿recuerdas?

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