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sábado, 27 de noviembre de 2010

El derrumbe del tigre celta


Los mercados han dictado sentencia. Hay que asesinar al Tigre Celta. El neoliberalismo contempla compungido como la niñita de sus ojos se ha derrumbado, pese al espectacular crecimiento económico que Irlanda deparó en la última década. Los círculos conservadores ponían al país como ejemplo: era un milagro, una consecuencia de dejar al mercado a su libre albedrío, minimizando la función social del Estado. Grandes multinacionales establecieron en la isla sus sucursales europeos: Google, Facebook o Microsoft se han beneficiado del bajísimo impuesto de sociedades establecido en Irlanda.

Pero la burbuja inmobiliara explotó y la onda expansiva ha resultado brutal –mucho más que en España-. En 2008, el gobierno irlandés inyectó 45 mi millones de euros. Una cantidad nada desdeñable, teniendo en cuenta que la población del país a penas alcanza los cuatro millones de personas. Y no ha sido suficiente. Como siempre en estos caso, son los ciudadanos de a pie quienes terminan pagando los platos rotos de “la fiesta” de los grandes tiburones de las finanzas y las enorme compañías. Para atemperar el déficit que estrangulaba al viejo tigre, la Unión Europea y el FMI han dictado el “Plan Nacional e Recuperación”, que se traduce en el despido de 20.000 funcionarios, la reducción de las pensiones, el aumento de la edad de jubilación a los 68 años, unido a una reducción el gasto social, un recorte en un 10% de los sueldos de los funcionarios y, finalmente, incrementar los impuestos, tanto directos como indirectos. Eso sí, la baratísima tasa que pagan las empresas no se toca, no se vayan a cabrear las multinacionales.


¿Realmente saldrá de esta Irlanda? Cabe dudarlo. La inyección de dinero por parte de la Unión Europea (mejor dicho, de Alemania) será destinada una vez más a las entidades financieras al borde del colapso. Cuesta creer que los costes sociales del ajuste puedan ser reparados en un plazo más o menos extenso de tiempo. No hay duda de que el Estado del Bienestar se tambalea. La corriente neoliberal que impera se frota las manos. Los mercados financieros sin regulación son una cancha libre para brokers sin escrúpulos y especuladores que no dudan en jugar con los fondos de los pensionarios para utilizarlos en su propio interés acumulativo. Las dudas sobre la solvencia de España se disparan y son los principales beneficiarios de ello. Resulta increíble como la soberanía nacional es violada sistemáticamente por el nuevo capitalismo al que nadie ha sabido aplicar las medidas necesarias como para que no se convirtiera en una fiera titánica contra la que nadie es capaz ya de luchar.

Quienes causaron la crisis ahora se benefician de sus resultados. Empresarios, bancos y seguidores del neoliberalismo disponen ahora de un panorama idílico para imponer su ideario. Todos los países devastados por la deuda y los planes de rescate necesitan ser reconstruidos. Ellos provocan el shock y ellos se encargan de privatizar los beneficios de la operación. Y si no, ¿qué intereses aguardan detrás de medidas como la privatización de las pensiones y de otros servicios públicos? Claro está: será la empresa y no los ciudadanos quienes saldrán beneficiados. El sueño europeo, ese que ejercía de adalid de los pueblos del mundo ha muerto. Un fantasma recorre Europa con paso firme y dejando tras de sí un reguero de pobreza y derechos sociales despedazados. Ahora, cada vez estamos más cercanos de semejarnos a Estados Unidos (con lo que ello conlleva) que a un continente próspero y defensor de los derechos humanos.

martes, 8 de junio de 2010

Una sociedad insociable

Después de tres años viviendo en el mismo piso, me he dado cuenta de que no conozco a los vecinos de mi mismo portal. Y no me refiero a conocer interiormente, sino que jamás los he visto. Sé que enfrente viven personas de origen chino, pero jamás he coincidido con los que viven en el resto de los hogares del piso. Sé que existen: oigo sus voces, sus lamentaciones, sus músicas y olores. Pero para mí no existen como presencia física con forma humana. No hay nada más allá de las paredes de mi hogar. Y eso podemos extrapolarlo al conjunto de nuestra sociedad: continuamente coincidimos con extraños. Todos son extraños a nuestro alrededor: gente con la que compartimos espacios físicos (autobuses, ascensores, etc.) y poco más.

En el tren, vivimos con la agónica esperanza de que nadie se nos acerque y entable una conversación con nosotros. Lo nuestro es sumergirnos en pensamientos propios, soliloquios monótonos donde no hay más existencia ontológica que la nuestra. Nos ausentamos de un mundo que intuimos ajeno, clavándonos los auriculares en los oídos o sumergiéndonos entre las páginas de un libro. Al fin y al cabo, los desconocidos no son más que desconocidos. Poca comunión podemos sentir hacia ellos, y preferimos que se sienten, cuanto más alejados peor. Cuando no estamos trabajando o estudiando o con los amigos o la familia, lo nuestro es la evasión. Llegamos a casa y automáticamente enchufamos la televisión o hacemos lo propio con Internet. Los hogares son constelaciones privadas donde nos ahogamos en nuestra más estricta soledad. Y lo peor es que estamos orgullosos de ellos.

Nos enorgullece llevar una vida privada, aislarnos del mundo y vislumbrarlo desde fuera, pero somos incapaces de involucrarnos en nada. Por eso los encuentros en sitios reducidos –como ascensores- con gente desconocida se hacen tan incómodos. No estamos acostumbrados. Lo nuestro es que nos dejen nuestro espacio. Pero claro, todo se tambalea cuando interviene algún fenómeno que hace poner en peligro la realidad. Cuando nos ocurre algo y no sabemos a quién contárselo, porque, bien mirado, no conocemos a nadie lo suficientemente bien. Cuando necesitamos a alguien de confianza para un problema puntual. Ahí es donde la sociedad pincha. Al fin y al cabo, la nuestra es una sociedad insociable. Vivimos con la colectividad, pero, en la práctica, esta se nos antoja ajena, desconocida, una mera entidad carente de sentido con la que compartir espacio físico y poco más.

Pero todo esto no fue siempre así. El individualismo moderno es autodestructivo, fruto de los intereses neoliberales, que priorizan siempre lo privado por encima de lo público. Ahora, en momentos de crisis, los políticos llaman a la unión nacional. A la austeridad, dicen que debemos esforzarnos para salir conuuntamente de la mala situación económica en la que ha dejado el país las malas prácticas políticas y financieras, de las que nosotros, el pueblo llano, poco tenemos que ver. “Esto sólo lo arreglamos entre todos”, dicen.

Después de haber fomentado la desmovilización, después de practicar la retórica del consumo y el aislamiento. Después de calificar la propiedad común como aberración y jalear al oír la palabra “propiedad privada”. Al final, somos frutos de nuestros pecados. Nos lo tenemos bien merecidos. Atrás quedó la filosofía del apoyo mutuo, consustancial a la naturaleza humana. Una naturaleza que ha sido exterminada, hemos sido arrancados de nuestra capacidad para sembrar el bien ajeno tanto como el propio. Pero ahora sólo miramos por nuestros intereses.

Cuando aparece algún “buen samaritano”, todos desconfían. “Algún interés oculto habrá tras sus acciones”, comentan. Si no nos fiamos de nadie, ¿cómo vamos a salir de esta? Si despotricamos contra aquellos que hacen huelga porque afectan a nuestros intereses, ¿cómo va a haber comunión nacional? Lejos estamos de pensar que, en realidad, formamos parte de un todo, de una colectividad activa que mira hacia el futuro y es capaz de cambiarlo, moviéndose hacia el bien común. Mientras haya clases, mientras haya poderosos, mientras haya pobres, mientras haya esclavos, mientras haya capitalismo, nada de eso será posible. ¿Seremos utópicos activos y desearemos lo imposible o, por el contrario, continuaremos en nuestra tónica de pasividad, encaminándonos hacia la destrucción total? He ahí el dilema de la raza humana.

lunes, 5 de abril de 2010

Ni echarse al monte sale gratis



No hay nada como aprovechar el fin de semana de Pascua para desconectar del mundanal ruido que nos atenaza diariamente. Lo más sensato, después de haber probado diversas formas de transcurrir el período festivo, es eso que en tiempos de maquis y puntos de apoyo se llamaba echarse al monte. Una bella expresión que nos retrotrae a los orígenes de la civilización y, en definitiva, del ser humano. Una vez en el monte volvemos a lo que Rousseau llamaba el estado natural del hombre (y la mujer), un estado de cosas que distan mucho de lo que hoy conocemos como sociedad, resultado de una evolución más o menos forzada y de una serie de construcciones culturales más o menos impuestas por el desencadenamiento de los acontecimientos sociales.

En efecto, el estado natural es quizás la antítesis de la sociedad capitalista. Nada más llegar al monte y plantar la tienda de campaña, que sería nuestra casa durante tres días (a mis amigos y a mí) lo pudimos comprobar. La embriagadora fragancia a romero y a pino reemplazaba el tóxico hedor que desprende el asfalto en las ciudades donde convivimos. La exuberante visión de las estrellas, en todo su esplendor, al poco de anochecer, suplantaba el apocalíptico cielo contaminado de Valencia, donde las noches son casi días, por la polución lumínica y el consustancial color naranja que oculta las bellas estrellas. Y luego está, por supuesto, el factor cooperación. El contacto directo con la naturaleza nos devuelve a esos tiempos primitivos donde el ser humano recolector cooperaba con los otros de su especie, en grupos nómadas, con tal de sobrevivir. La coordinación es un elemento fundamental en una acampada: cooperar en el montaje de las tiendas, coordinarse en la compra y elaboración de la comida, pedir ayuda en caso de carencia.

En el monte resulta más sencillo encontrarse a uno mismo (o, al menos, intentarlo), darse cuenta de las limitaciones y virtudes propias. También hallamos a los nuestros en un entorno natural que les hace mostrarse tal y como son, sin tapujos de por medio. Lo más sensato para lograrlo resulta del apagar los móviles, restar incomunicados, alejarse lo máximo posible de las zonas pobladas. Ahí es cuando somos capaces de descubrir nuestras raíces, saber de donde provenimos realmente. Ese contacto extremo con la tierra nos da una idea de la estrecha correlación, las múltiples facetas que nos unen a ella. Un sistema económico –el capitalismo- nos apartó de ella, sin embargo, conduciéndonos a una vida cuanto menos hueca y estéril, dominada por las prisas diarias, el trabajo, el estrés y la posesión material. Sus teóricos aseguraban que, para crecer económicamente, era necesario dominar a la naturaleza. Y, así, la humanidad se desembarazó de ella, entregándose a las cadenas del capital. El ser humano se deshumanizó en aras a conseguir un bienestar rodeado por las trampas de la codicia y la sumisión.

Por último, una reivindicación. La protesta airada de los que privatizan incluso el monte, convirtiendo el último reducto de la libertad perdida en una vaga imagen ilusoria de lo que pudo ser y no es. Me refiero a que nuestra primera opción de acampada era un paraje indescriptible situado a las afueras de Quesa. Nuestra intención: alejarnos lo más posible de la civilización y entrar en contacto directo con la naturaleza. Cuál fue nuestra sorpresa al hallar una prohibición de acampar donde queríamos, bajo una sanción tan alta que nos sería imposible pagarla. La única intención del ayuntamiento con ello: acercarnos hacia las entrañas de un camping privado, justo al lado de donde queríamos, pero rodeados por caravanas y turistas madrileños, como si estuviéramos en la playa. Lo más sorprendente, el precio: siete euros por día y persona.

Evidentemente, declinamos la oferta, e, irremediablemente, no quedó otra opción que irnos a otro camping –eso sí, gratuito-, en una población cercana. Debería ser preocupante que un grupo de jóvenes de pueblo, con escasos ingresos, no puedan ejercer su derecho a un turismo rural económico basado en la feliz idea del “perderse por el monte”. Ni si quiera en lo que queda de natural en nuestras comarcas uno puede volver al estado natural del que hablábamos, donde no había ni leyes excluyentes, basadas en el enriquecimiento de algunos, ni subordinación a unas élites dominantes ni privación de libertad.

lunes, 29 de marzo de 2010

Crecimiento agrícola y decrecimiento ecológico



Las cifras hablan por sí solas. Nadie pone en duda que la agricultura ha dejado de ser ese sector económico fuerte antes caracterizado por aportar riqueza a las comarcas de interior. En La Canal de Navarrés, son decenas los parados vinculados a esta actividad milenaria, y serán más. Mientras tanto, las asociaciones agrícolas ponen el grito en el cielo constantemente, se quejan ante el Gobierno central, el autonómico y el supranacional. Las ayudas al sector prácticamente han desaparecido, igual que las buenas intenciones de antaño. Por ello, cualquier helada, por nimia que sea, causa terror entre los agricultores, que ven peligrar sus cosechas sin que nada pueda reemplazarlas.

Las PAC (Políticas Agrarias Comunitarias) son cada vez más desastrosas y prevén un debilitamiento mayor de las cosechas. En España, país tradicionalmente agrícola, cientos de parcelas se están dejando perder, consumidas ante la velocidad del imperio del capital. Una vez la actividad no da dinero, queda marginada por la productividad del sector industrial. Donde antes hubieron huertos cultivables, cada vez son más las urbanizaciones fantasma que se alzan, como la paradoja del progreso en este país: la sustitución del viejo modelo económico, donde la actividad agrícola desempeñaba un papel fundamental, por uno nuevo, de crecimiento desmesurado a costa del sector de la construcción.

Pero lo cierto es que ese modelo nos ha llevado a la ruina. Y la agricultura sigue de capa caída. Más de cuatro millones de desempleados y miles de terrenos sin cultivar porque no saldría rentable para los agricultores. ¿Qué está pasando? Ahora preferimos ir al Mercadona y hacernos con esas patatas transgénicas que tienen tan buen aspecto, o comprar esas frutas desconocidas fuera de temporada, provinentes de los rincones más inimaginables del mundo. A Mercadona le sale más barato comercializar esos productos, porque podemos imaginarnos la miseria con la que remuneran a aquellos que los cultivan. Les sale rentable. De nuevo, la productividad se alza como la mayor enemiga de la justicia y la solidaridad. Porque, ¿realmente es solidario, como nos quieren hacer creer los amantes de la globalización, comprar esos productos a esos países, cuando no hay marca alguna en ellos de lo que se llama comercio justo?

Ahora, nos enfrentamos a uno de los mayores retos de la humanidad. El planeta se encamina hacia su autodestrucción premeditada, consecuencia de miles de años de acción depredadora del hombre sobre su faz terrestre. La crisis económica sacude a miles de familias, que ven peligrar su subsistencia mínima. Y los desempleados se cuentan por millones. ¿No será hora de poner en marcha mecanismos decrecentistas, que nos conduzcan a un bienestar más sostenible? Quizás haya llegado el momento de retornar mínimamente a nuestras raíces. Volver a asociar los productos que consumimos con sus productores es importante, puesto que así disponemos de mayor conciencia a la hora de comprarlos. Muchos expertos hablan del consumo en origen, una especie de autogestión que llevaría a cada territorio a consumir los productos que cultivan sus agricultores.

Está claro que muchas cosas tienen que cambiar para conseguir esa sostenibilidad tan ansiada. Pero una cosa es segura, si nos (re)organizamos bien, a nadie le faltaría trabajo. Algunas experiencias colectivistas están demostrando que la unión hace la fuerza: cooperativas autogestionadas por agricultores que colectivizan todas las tierras de un determinado municipio y ven como no les sobran brazos para recolectar ni cosechas que cultivar. Iniciativas como esta, unida a un mayor compromiso por parte de las instituciones, son soluciones reales a los problemas locales con los que nos enfrentamos en la actualidad.

martes, 16 de febrero de 2010

¿Por qué no igualar los salarios?

En cierta ocasión, un compañero –fanático futbolístico, todo hay que decirlo- me dijo que la ausencia de impuestos a los futbolistas era una medida positiva porque atraía a los mejores del mundo y creaba riqueza para el país. Me quedé a cuadros. Si el salario multimillonario de Cristiano Ronaldo me beneficia a mí en algo que me lo expliquen. ¿A quien puede generar riqueza los sueldos de las estrellas, el de aquellos que ganan lo que no ganará un obrero en toda su vida, siendo su producción y su esfuerzo bastante mayor? No sé si mi indignación estará justificada, pero es que no acabo de entender como muchos no acaban de abrir los ojos (en un país sumido en una grave crisis económica, con millones de trabajadores en el paro) ante la injusticia de los salarios. ¿Qué iluso decretó la abolición de las clases? ¿Acaso no siguen perteneciendo los futbolistas, los artistas y los políticos –entre otros- a las “altas esferas”?

Los economistas toman por máxima irreprochable que ciertas tareas deben implicar mayores sueldos que otras. La tesis que defiendo se opone a esa afirmación. ¿Por qué? Por la sencilla razón de que, como decía Proudhon, «la desigualdad de facultades es la condición sine qua non de la igualdad de las fortunas». El artista, el médico, el arquitecto o el hombre de Estado son apreciados en razón de un supuesto mérito superior al resto de trabajadores, y este mérito dilapida toda igualdad entre ellos y las demás profesiones. Ante las manifestaciones elevadas de la ciencia y el genio, desaparece la igualdad. Estamos en la sociedad del mérito, de la comparación, del llegar a lo más alto pisando a los otros. Y así nos va.

Uno de los argumentos que suelen utilizar los defensores de la desigualdad de salarios es que los que han estudiado tienen que cobrar más, lo cual no deja de ser una contradicción. Si estudiamos, no debería ser por lograr un mayor salario en el futuro, sino por ejercitarnos en la tarea que más nos complazca. Pero resulta que la carencia de lógica se aplica en cuestión de profesiones. Las carreras de humanidades, las que resultan “poco productivas”, son escogidas por estudiantes que generalmente aspiran a trabajar en algo que les motive de verdad, pero mucho les costará encontrar trabajo bien remunerado. En cambio, los estudiantes de económicas o ciencias, muchas veces motivados por un ansia de dinero fácil, por la ambición y una vida acomodada, verán en los estudios un mero puente aburrido aunque necesario para lograr sus planes de futuro. Es así como se convertirán en los próximos dominadores, situándose en la cúspide de los salarios altos.

Lo triste es que el hecho de trabajar en lo que realmente nos satisfaga se contemple como algo utópico en una sociedad que ve la competitividad de los seres humanos como algo natural. Pero en realidad, esa competencia continuada no es sino la causa de muchos de los males que ahora nos azotan. El ansia de poder, la desigualdad, la poca solidaridad entre personas, la pérdida de humanidad. Son lastres generados por el darwinismo social contemporáneo.

Y es que, mientras el médico o el funcionario producen poco y tarde, la producción del obrero es más constante y sólo requiere el transcurso de los años. Además, es un error el considerar más útil la función del médico o la del economista al del trabajador de una fábrica de montaje. Sin la labor de este último, no nos llegarían los alimentos, ni tampoco los vestidos, que requerimos para la vida diaria. Por otro lado, no se tiene en cuenta tampoco, bajo el sistema actual, el hecho de que el talento y la ciencia de una persona es el producto de la inteligencia universal, acumulada por multitud de sabios. Todos los trabajadores están asociados, ninguna labor es independiente de otra, porque todos precisamos de la producción que se realiza en diferentes labores. El conocimiento no debería determinar los honorarios, sino un equilibrio entre éste, el esfuerzo realizado y la utilidad del producto producido.

De ahí deducimos que, si el sueldo del obrero descualificado aumentara, y el del funcionario o ministro decreciera, hasta llegar a un equilibrio normal, incluso llegándose a equiparar, no sólo desaparecería la desigualdad, sino que seguramente aumentarían los puestos de trabajo, los subsidios o las ayudas sociales. La pregunta es: ¿realmente están algunos dispuestos a reducir su salario y poner en peligro su pertenencia a las altas esferas? ¿Acaso el ministro debe cobrar más que el carpintero, cuando éste último produce mucho más y su labor es seguramente de mayor utilidad? ¿Por qué un futbolista cobra millones, y un abogado medio, que defiende a las personas ante la justicia, no le llega ni a la suela de los zapatos en cuestión de salario?

Quizás así, los políticos no se moverían tanto por el ansia de poder y el interés como por una necesidad real de querer el bien de la comunidad. Algo funciona mal, la riqueza del país no se está distribuyendo de manera igualitaria. Y ninguna sociedad será libre si la igualdad, la equidad y la justicia no florecen en todos los campos y en todos los rincones.

lunes, 8 de febrero de 2010

Cómo acabar con la dominación de una vez por todas

Desde que el mundo es mundo, la sociedad se divide en dominadores y dominados. Los primeros ejercen la dominación apropiándose de los excedentes y determinando su distribución aleatoriamente. Para ello, el poder es determinante, un elemento de filtración: los que tienen poder dominan a los que no tienen en una relación de subordinación. ¿Cómo dominar? La promesa de salvación ha sido siempre un elemento fundamental, unido a la satisfacción del deseo, que, como ya se sabe, es infinito. La religión, una de las primeras entidades dominadoras, explotó (y explota) el miedo a la muerte: asegurando que la salvación pasaba por llevar una vida de subordinación, alejada del pecado, la Iglesia consiguió ejercer la dominación sobre la humanidad durante siglos, postergando la satisfacción del deseo para después de la muerte.

Sin embargo, con la aparición de los primeros movimientos sociales, las promesas religiosas fueron desvaneciéndose. La revolución francesa abrió el campo de otro tipo de relato de salvación: el que prometía el gozo y la libertad una vez acometida la revolución. Lo mismo ocurrió con la aparición del socialismo, viéndose sus frutos en la revuelta rusa de 1917. En ambos casos, una forma de dominación (la de la monarquía absoluta primero y la de los zares después) fue exterminada. Sin embargo, las revoluciones no consiguieron satisfacer el deseo que prometían y la vieja situación fue suplantada por otra forma de autoritarismo: la de la república burguesa en el primer caso, o el de la dictadura del proletariado en la segunda.

El último paso de todo ese proceso nos llevaría, una vez triunfante el capitalismo en todo el mundo, con el derrumbamiento del telón de acero, a la despolitización de la promesa. La sociedad de consumo actual mantiene la dominación mediante una promesa perpetua de que hay que disfrutar el ahora. La lógica del carpe diem desplaza a las viejas promesas: ya no hay que esperar al triunfo de la revolución o a llegar al paraíso para disfrutar. La espera, por lo tanto, se convierte en innecesaria: una rémora del desarrollo a la que el capitalismo se opone diametralmente. Lo que el actual sistema económico permite es la desaparición de los tiempos de espera, y ésta se vuelve ahora improducente, por lo que cabe evitarla a toda costa. Aplicada esta lógica al día a día, tenemos como resultado una sociedad que compra compulsivamente, que necesita saciar sus deseos continuos en el momento exacto en el que se producen, que no es capaz de someterse a una mera dilación para sentirse satisfecha.

Como el deseo es infinito y nunca se sacia, el consumo lleva a más consumo, irremediablemente, y la austeridad no es afín a los intereses del sistema. Como consecuencia, nos endeudamos a la mínima, sin ser conscientes de lo que ello conlleva: queremos esa moto, ese coche de última generación, esa casa. Elementos que, aunque no nos podamos permitir, pueden ser nuestros gracias a la magia del crédito rápido y los préstamos bancarios. He ahí una de las principales causas de la actual crisis económica: la mentalidad del gasto más que ingreso porque me lo merezco (sic).

¿Qué queda ante todos esos fracasos de salvación? El decrecimiento, vías alternativas que no impliquen el sometimiento a una moral absoluta y universal. El comunismo libertario, por ejemplo, que no implica la subordinación ni hace promesa alguna más que una vida conforme a las necesidades de cada uno, porque suprime el poder y, con ello, a los poderosos. Porque las necesidades hoy son creadas por ese monstruo feroz llamado capitalismo y que cabe derrotar. Como ya señaló Marx, los procesos de naturalización o cosificación se empeñan en convertir en naturales aspectos del ser humano que no han sido sino creados por las fuerzas dominadoras de la sociedad. Fuerzas que se han erigido como tales mediante mecanismos de violencia (física o simbólica), convirtiendo al ser humano en objeto manipulable bajo las instancias del poder. Un poder que siempre será poder (sea ejercido por la Iglesia, el Führer, el caudillo o Stalin) y, por lo tanto, tendrá un único objetivo: la dominación.

Ante esta dialéctica, sólo cabe proclamar la libertad de las mujeres y los hombres de decidir su porvenir, sin más condicionantes externos que los de su medio natural más cercano, rechazando el sometimiento, sea cual sea su rostro (mismos perros con diferentes collares). Recomiendo, como buen ejemplo, la película La Ola, que escenifica a la perfección como mediante la promesa de salvación la masa puede sentirse atraída por algo que le empuje a la dominación sobre otros seres humanos. Defendamos la moral individual, creada por cada cual en relación con su entorno, y paremos la máquina capitalista que nos fuerza a alienarnos del lado del consumo y los designios de las fuerzas que ostentan el poder. Creamos de una vez por todas en las capacidades del ser humano, en su bondad natural y en el espíritu de autodeterminación personal. ¿Por qué no?

miércoles, 6 de enero de 2010

Los que se bajaron



2009 ha sido un año trágico en cuanto al número de suicidios globales. La OMS ha contabilizado, por primera vez en la historia, más de un millón. Aunque los países pobres siguen encabezando la lista, lo más llamativo es el gran aumento producido en los países ricos. La crisis económica ha puesto en la palestra un problema endémico del que, sin embargo, a penas se habla, y que de hecho está relativamente prohibido en los medios de comunicación. Y lo cierto es que las perspectivas futuras no son buenas: el mismo estudio de la OMS determina que en 2020 ya serán más de 1.200.000 personas las que decidan acabar con su vida en todo el mundo. En Francia, el suicidio se ha convertido en 2009 en la tercera causa de mortalidad (por encima de los accidentes de tráfico). Es sobre todo en el país galo donde se pone de relevancia la estrecha relación entre el paro y el suicidio (destacando los 25 suicidios de empleados en France Telecom).

Las pocas ocasiones que se comenta el tema del suicidio, seguramente el por qué lo hicieron es la principal cuestión. ¿Qué lleva a una persona a quitarse la vida, a decidir que no vale la pena continuar? Ya hemos destacado el paro como uno de los principales motivos. Pero no podríamos continuar sin nombrar otro más abstracto: la pérdida de los valores identitarios en los países capitalistas. Bakunin sostenía que no se puede escapar a la identidad. Es algo inevitable. «Aquel que nace en una sociedad sacerdotal, será sacerdote; el que lo haga en una sociedad capitalista, inevitablemente será un capitalista», y así hasta el infinito. Es decir, a diferencia de lo que decían los idealistas, nacemos esclavos, dependientes de las condiciones de la sociedad en la que lo hemos hecho. Y es tarea nuestra el poner los medios a nuestro abasto para lograr la emancipación y alcanzar la libertad. Ahora bien, mucho se pierden por el camino. ¿Qué supone vivir actualmente en un sistema con economía liberal de mercado? En el plano personal, varios problemas, entre los que destaca, quizás, el individualismo. Bakunin ya alertaba sobre sus consecuencias en el siglo XIX, y no iba desencaminado. «El hombre aislado no puede tener conciencia de su libertad», escribió en Dios y el Estado.

Queramos o no, buena parte de nuestra sociedad se halla condenada al aislamiento más atroz. Nos dominan las identidades de usar y tirar, mudamos de traje como las serpientes, en función de nuestro propio interés, pero nos es cada vez más difícil encontrarnos a nosotros mismos y al otro, autocondenándonos a la soledad. El fenómeno hikikomori –los adolescentes japoneses que no salen de sus habitaciones alcanza la cifra de 1.200.000- se traduce en Occidente en la generación de los ni-ni (ni estudian ni trabajan). Los jóvenes de hoy en los países del Estado del Bienestar se abocan a un mercado laboral caracterizado por la flexibilidad, a un paro convertido en estructural. Como, según Ulrich Beck, «en una sociedad individualizada, los problemas sociales se convierten en fracaso propio», podemos hallar como la presión social por el hecho de que se reconozca nuestro trabajo (otra obsesión habitual) pueda conducir a desearse la propia muerte si nos hemos visto en una frustración significativa.

Pero la flexibilidad no es sólo laboral. La nueva modernidad nace amante de las continuas transformaciones. El compromiso y el sentimiento de pertenencia a un grupo o a una relación se desvanecen. Es difícil hacer amigos en el trabajo cuando se cambia tan rápido de empleo, de la misma forma que es complicado mantener una relación en el estado de deterioro en el que está el compromiso. Esa inestabilidad global resulta desoladora para muchas y muchos que, incapaces de seguirle el ritmo a la sociedad, se abstraen de ella. Y lo hacen mediante diversos caminos, que conducen a otros tantos problemas propios de los países ricos. El consumo de estupefacientes (13,3 millones de personas en el mundo son adictas), el aumento de las enfermedades mentales, así como el de las depresiones (más de 2 millones de depresivos en España), y, por supuesto, del número de suicidios. Todos ellos temas tabú y muy presentes a nuestro alrededor. Cada vez son más los que deciden bajarse del tren de la sociedad capitalista, posiblemente directa culpable de esa “masacre” (¿intencionada?) de los no aptos o los que no se adaptan a las pautas del Sistema.

Quizás resulta cínico aventurarse a culpabilizar al sistema económico actual de la muerte de todas esas personas, pero las cifras están ahí, y nos dicen que –en contra de lo que podría pensarse- aunque aumente el PIB de un país, el número de suicidios no precisamente disminuye. Fue, sobre todo, a partir de los 80, cuando se ejecutaron las reformas laborales en varios países, cuando el número de suicidios comenzó a ascender dramáticamente. No hay duda de que un sistema que potencia la competencia feroz en la jungla de las oportunidades perdidas, así como valores individualistas que nos dejan solos ante la inmensidad del mundo y la sociedad, es potencialmente autodestructor. Y lo es tanto en jóvenes como en adultos, en mujeres y hombres en proporciones prácticamente iguales. Para terminar, y por continuar con Bakunin, otra de sus míticas frases: «la única forma de lograr la emancipación del estado de esclavitud en que nace el hombre es la rebelión contra sigo mismo y contra la sociedad que lo ha visto nacer, porque un hombre no es libre hasta que todos los que le rodean lo son también».

martes, 16 de junio de 2009

El trámite de la educación


A lo largo de mi carrera como estudiante, he podido comprobar que existen varios tipos de profesores. Una afirmación un tanto obvia a simple vista, pero que refleja a las mil maravillas los diversos caminos por los que se puede condenar el actual retroceso en la calidad educativa. Básicamente, me ceñiré en dos arquetipos de profesores que pueden influir en muy diversas maneras en el comportamiento de su alumnado.

En primer lugar, encontramos al profesor amargado. Entra en clase, ni siquiera dice buenos días, y, con cara de pocos amigos, tan sólo interactúa con él mismo, impartiendo (que no compartiendo) la información privilegiada de la que dispone y haciéndosela asimilar a sus oyentes a la fuerza. En su superioridad intelectual basa sus clases y parece estar rodeado de un aura que le hace mirar condescendiente a sus “discípulos”. El ego está muy enraizado en el profesorado, pero este tipo de profesionales lo utiliza como arma de doble filo.

En el lado opuesto de la moneda, hallamos a otro tipo de profesional, con un estilo de comunicación (que no impartición) mucho más libre preocupado por sus alumnos. Explica los contenidos cargados de ejemplificaciones que hagan más amenas y expresivas sus clases. Habla desde su experiencia, es humilde y comparte su saber de forma amigable, como si fuera un amigo con el que compartes un rato. Además, ofrece los datos para que sea el alumno el que, mediante el empleo de su capacidad racional, los mastique y asimile, movimiento las mentalidades de todas y todos los que se hallan en clase, que ya no son meros espectadores pasivos, como en el primer caso.

Por lo tanto, lo que aquí se dilucida son dos tipo de educación. Está claro que entre ambas tonalidades de profesores hallamos una gran escala de grises, pero lo cierto es que los más cercanos al primer arquetipo se imponen hoy por hoy en el sistema educativo, precisamente porque éste se basa en un tipo de educación que imparte y no comparte; que sólo está enfocada en los resultados, en la práctica y no en la teoría, y cuyo único objetivo es formar a trabajadores y trabajadoras para el mundo laboral. Desde esa perspectiva tecnocrática en la que se enmarca la escuela en una sociedad capitalista, poco se puede hacer porque la teoría vuelva a gobernar en las aulas y que lo que se creen no sean meros engranajes al servicio de la vida mecánica, sino ciudadanas y ciudadanos

Cabe, como en la segunda república, retornar a la concepción de la escuela como fábrica de ciudadanía. Es necesario, volver, como en 1931, a un presupuesto de Estado en el que el dinero destinado al ejército –como ahora y siempre- no sea superior al educativo, porque eso, desgraciadamente, dice mucho del tipo de sociedad que estamos construyendo. Ya decía Cicerón que “vivir es pensar”. Y el tiempo está demostrando que al Sistema le interesa todo menos que la gente piense –que es lo que se pretendería con Bolonia, una oda a la enseñanza práctica en detrimento de la teoría-. Cuanto más se prioriza la técnica, más se empobrece la teoría. Y una sociedad sin teoría en una sociedad acrítica, fácilmente dominable y moldeable, sin capacidad de racioncinio.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El desencanto hacia los gobernantes


No es extraño –sobre todo en estos días de vuelta a las campañas para las elecciones electorales- escuchar diferentes mensajes procedentes de los canales institucionalizados, cohesionados en torno a una crítica de la actual desavenencia que la juventud española siente por la política. Y es cierto. De manera omnipotente escuchamos a amigos y familiares eludir la palabra política y, cuando aludes el tema, no dudan en silenciarte tachándolo de “aburrido” y “no interesante”.

¿Quién es el culpable de esta situación? ¿A qué se debe esa lejanía entre los gobernantes y los ciudadanos? Teniendo en cuenta que, en su sentido etimológico, política significa forma de organización social, es lógico que ninguno de nosotros o nosotras puede escapar de ella, en tanto en cuanto vivamos en la sociedad. Con lo que el desencanto es más bien hacia esa institucionalización de la política, copada por una pequeña minoría ilustrada que la actual teocracia democrática capitalista considera que necesitamos para que las masas no nos volvamos “descarriadas”, ya que somos incontrolables, dicen.

La actual situación de dominación política es casi tiránica, porque las clases gobernantes se encuentran en la cúspide de la pirámide imaginaria del poder, desde donde emiten continuos mensajes unidireccionales, sin esperar repuesta. Por lo tanto, no se le puede llamar comunicación a lo que establecen con la ciudadanía, ya que a ésta se le niega su capacidad de decisión, y tan sólo se recurre a una porción de ella al demandar un puñado de votos cada cuatro años, con lo que se supone queda legitimado todo el trabajo y las medidas que propongan las clases altas gobernaticias. Así, legitimamos su corrupción, sus gastos privados con dinero público, la propaganda incendiaria durante campaña y las escasas medidas que realmente benefician al pueblo.

Si comunicar es “producir comunidad”, los políticos y las políticas debería aprender a escuchar, a no dejarse embaucar por los maletines de cohecho a diario llaman a las puertas de sus despachos. Y es ahí donde el actual modelo supuestamente democrático falla. ¿Qué persona con semejante poder no se dejaría vender por un fajo de billetes de 500 euros? Mientras el sistema democrático no sea horizontal, y las clases gobernantes seamos los ciudadanos y ciudadanas de a pie, organizados en estructuras de acceso universal e igual capacidad decisoria, seguiremos legitimando y normalizando las graves tropelías que desde el poder día a día se cometen.

Poder y avaricia van de la mano. Y ésta primera palabra representa lo peor de la condición humana. El ego elevado a la máxima potencia, el sentimiento de divinidad más cerca de nunca, la capacidad de destruir a tus enemigos con tan sólo apretar un botón. Tenía razón Elisée Reclus cuando dijo que la ausencia de gobierno, la anarquía, es la más alta expresión del orden. Entendemos por orden la condición natural del ser humano, guiada por los principios de la ética civilizada y no sometida a unas normas estrictas que acaban limitándonos, convirtiéndonos en ese ser plano, robotizado y con escaso margen de maniobra, que Marcuse llama "hombre unidimensional"

miércoles, 8 de abril de 2009

La reinvención de una injusticia


La repetición del circo mediático que gira irremediablemente en torno a cada reunión del G-20 no es sino la constatación de la hipocresía global del sistema aún vigente. Y digo aún vigente porque el capitalismo parece estar en crisis. Siempre lo ha estado, aunque no todos quieran verlo. Porque la economía de mercado, tal y como hoy funciona, ha supuesto siempre y siempre supondrá una crisis constante de valores, una crisis insolidaria por definición y una crisis humana, sobre todo. Porque lo convierte todo en mercancía, no se deja nada, porque convierte la vida en un arduo camino de sacrificio perpetuo donde has de venderte al mejor postor.

Pero actualmente, dicen, existe una crisis real. Incluso los economistas la ven, por lo que debe ser física tangible. Por supuesto, no saben ciertamente de donde ha venido, ni saben tampoco cómo solucionarla, o adonde nos lleva. Se trata sobre todo, de un aprieto moral, que constata cómo el modelo globalizador que hasta ahora ha acontecido es imposible sin la existencia de instituciones reguladoras del mercado a nivel mundial. Y digo aprieto moral porque también hace patente la evidencia de que, cuando a los banqueros no se les controla, suelen descarriarse. La posesión de dinero implica el deseo de mayor dinero, de igual modo que cuánto más poder se tiene, más se quiere. Es la lógica por la que nos movemos, un inconformismo peliagudo que dice mucho de nuestra naturaleza.

Pero no se trata de echarles toda la culpa a los pobres banqueros. Es cierto, ellos han sido los causantes en mayor medida de la crisis y, sin embargo, los que la tenemos que pagar somos los ciudadanos de a pie, a los que se nos omiten préstamos y avales de todo tipo y que difícilmente así podremos pagar las hipotecas y las deudas. Ahora, el G-20 de Londres trata, una vez más, con la irrisible batuta de rey mundial que le han concedido a Super-Obama, de tapar los agujeros del capitalismo descarriado. Pero reformar el capitalismo, humanizarlo, es como intentar volar: imposible.

Por mucho que se intente reinventar este sistema, la crisis ya es institucional, y siempre será, por definición, injusto, desigualitario y antihumano. Seguirá aspirando a un mayor crecimiento –lo que, con vistas del cambio climático, resultado del todo inadmisible- y necesitando que un tercio del planeta viva en la extrema pobreza. El capitalismo no se reforma, sino que se destruye, y ahora está en las manos de todos hacerlo. Cuando vuelva a alzar el vuelo en términos económicos, y la economía vuelva a ser boyante, todos volveremos a dejarnos llevar por las comodidades y a despreocuparnos. Los bancos volverán a quebrar por sus malas gestiones y volveremos a pagar los platos rotos.

Es la hora de tomar conciencia de que no podemos ser sujetos pasivos, meros receptores de las ínfulas lanzadas desde el poder. La crisis pone una vez de manifiesto la todavía patente sensación de la existencia de clases bien diferenciadas. Hemos de tomar verdadero control tácito de nuestra vida, autogobernarnos y no acatar como fieles corderos en esta hipócrita democracia. La vida transcurre y lo único que encontramos es trabajo y las presiones diarias de mantenerse a flote, sobrevivir en un sistema devorador. Hoy, los parados se cuentan por millones y los desordenes psicológicos comienzan a arraigar entre la población. Por ello hay que canalizar esa ira, pensar nuevas alternativa para que esto no vuelva a suceder. Y no hay mejor forma para ello que la revuelta, la organización activa y ciudadana que logre por fin emanciparnos. Dejemos las cadenas invisibles que nos atan, librémonos de ser masas ignorantes y pasivas, y seamos personas, al fin.

jueves, 8 de enero de 2009

El doble rasero de la impunidad internacional


Cuando los líderes internacionales y responsables de la ONU proclamaron el fin de la esclavitud, cuando por fin aceptaron reconocer la independencia de los países pertenecientes al llamado Tercer Mundo, no pudieron evitar sonrojarse. Y es que han pasado décadas desde esas primeras proclamas y no es necesario mucho esfuerzo para constatar el grado de sometimiento en el que los países ricos mantienen a estas regiones.

Con la llegada de la globalización económica se antojaba el final de las marcas como tales, de la publicidad agresiva y sin barreras, cuyo auge había tenido lugar en los años cincuenta. Este nuevo período suponía que, si una empresa quería seguir aumentando sus beneficios, no tenía otra opción que competir con el resto de marcas en un entorno global. Y ciertamente, esta opción muy pocas empresas se lo pueden permitir. De esta forma, solamente las más grandes (Nike, Coca-cola, Mattel, etc.) dieron el salto hacia el mercado transnacional. El método para aumentar sus beneficios resultaba claro: construir sus multinacionales en las regiones más empobrecidas del planeta para poder pagar a sus trabajadores los sueldos más bajos posibles.

Con el amparo de la legislación internacional y de los Estados de los que estas empresas provienen, niños de diez años, mujeres embarazadas e incluso ancianos conviven en las fábricas de Taiwan, Bangladesh, Kenia o Indonesia por menos de un euro al día. Explotación, colonialismo, trabajo esclavo. Hay muchas formas de denominarlo, pero la cuestión es que estas atrocidades se siguen cometiendo en pleno siglo XXI. Comprar unas zapatillas en Nike fabricadas en Indonesia implica el conocimiento de que han sido hechas por un hombre o una mujer en una situación de esclavitud.

Y así es como las grandes empresas globalizadas continúan haciéndose ricas en tiempos difíciles. Los niños más pobres de la tierra trabajan duras jornadas laborales para construir aquellos juguetes que serán disfrutados por los de las clases medias y altas, recibidos como regalo a precios miserables, en comparación con aquello que sus fabricantes han realizado.

El doble rasero de estas actividades es quizás la excusa perfecta que ayuda a seres sin escrúpulos a justificar sus actividades despreciables. Todavía son muchos economistas los que siguen insistiendo en que las empresas extranjeras traen beneficios a los países pobres. Si ciertamente los traen, ¿dónde están los beneficios? Quizás no se den cuenta de que los bajos impuestos y los míseros salarios para nada ayudan. Tampoco ayuda el hecho de que sea la CIA y algunos políticos los que mantengan determinados regímenes en los países pobres que acaparen todas las ayudas e impidan que los recursos lleguen a todos. Sucede en el Congo, donde las influencias norteamericanas han generado innumerables conflictos que impiden la estabilidad.

Por otro lado, y hablando de dobles raseros, está también el que le introducen a la globalización. ¿Cómo vamos a oponernos? Oponerse a la globalización es como oponerse a la libre circulación de personas por todo el mundo. Falso. A lo que nos oponemos los que formamos parte del mal llamado movimiento antiglobalizacíon es a la conversión de los individuos en mercancía a nivel global, a la impunidad de las empresas que establecen una dictadura del mercado de efectos esclavizadotes, al ansía sin límites de aquellos que ven a la apertura de fronteras y al libre comercio como un retorno a las políticas colonizadoras y de dominación.

martes, 2 de diciembre de 2008

Mercantilización


Hay días que se podrían resumir con una palabra clave. Se trata de un sustantivo, adjetivo o adverbio que aparece tantas veces durante el transcurro del mismo que parece que vivimos en un guión de cine empeñado en transmitir algún mensaje absurdo a los telespectadores. Esa palabra es omnipresente, aparece por doquier, aunque quizás nunca antes la hayas oído hasta ese mismo día. En las conversaciones con amigos, en la televisión, en la prensa, el la universidad. Hasta en la sopa. Pues bien, la palabra clave de hoy ha sido mercantilización. No sé si será una especie de señal o algo así, pero realmente asusta.

Los mercados existen desde que el hombre es hombre, la mujer, mujer y viceversa. La diferencia de los mercados primitivos con los de hoy en día es que entonces se intercambiaban productos necesarios para la vida, mientras que hoy, todo es un producto, y, por lo tanto, todo se mercantiliza. Tan sólo hay que ver los primeros diez minutos de esa frivolidad elitista llamada Sexo en Nueva York para comprobar como la conversión en mercancía del mundo ha llegado hasta el sexo (que no amor). Hombres y mujeres transformados en carroña sexual para el disfrute pasional de unas pocas horas. La importancia ya no está en la calidad, sino en la cantidad. Variedad, frivolidad, novedad. Conceptos asociados a nuestra palabra clave de hoy y también al mundo de las necesidades actuales.

El sistema capitalista –ese que no perece ni aunque cien mil banqueros se desplomen ante él- es, en buena medida, culpable de esta situación a la que asistimos diariamente con una pasividad preocupante. Todo es susceptible de ser comprado y vendido, y los famosillos que inundan la televisión son una buena muestra de ello. Lo peor es que la gente los compra, a pesar de que sean delincuentes o, simplemente, sinvergüenzas sin oficio ni beneficio. Otra prueba de la mercantilización es la educación, el auge de lo privado. El plan Bolonia, sin ir más lejos. Se diga lo que se diga desde las posturas institucionales –las más dedicadas a la compraventa de todas-, el llamado plan de Estrategia 2015, llevado a término por el actual gobierno “socialista”, no es más que una intromisión -con todas las letras- de las empresas en la vida universitaria, que dejara de ser filosófica para ser crematística. Sí, es cierto, los universitarios buscamos una posterior salida laboral, como todo hijo de obrero. Pero, ¿sólo buscamos eso en las facultades? ¿Acaso no son las únicas que pueden dotarnos del tiempo y los medios necesarios como para cultivarnos, fomentando la reflexión crítica, esa que puede permitir construir un mundo mejor? Se encienden las alarmas de Bancaja. ¿Pensamiento crítico? Dios mío, llamen al Gran Hermano y a la Policía del Pensamiento ¡ya!

Una última reflexión que no me deja dormir por las noches. Si como afirman en Sexo en Nueva York, las relaciones superficiales y del hoy te he visto y mañana no me acuerdo priman en la sociedad postmoderna actual, ¿dónde queda el amor? La respuesta es clara: no queda en ningún sitio, porque realmente es lo único que queda. Amar en tiempos revueltos es la única actividad plenamente no mercantilista, el único acto de rebeldía que el sistema no puede absorber, como hace con todo. Creer en él no es sólo creer en el ser humano y su salvación, sino pensar en una sociedad mucho más igualitaria, donde la economía quede desterrada hacia el infinito de los problemas modernos. No piensen en esto como una utopía irrealizable porque no lo es. Dejen el prozac de una vez por todas y amen, amen con todas sus fuerzas. A sus hijos, a sus vecinos, al mendigo al que nunca da limosna. Sus médicos se lo agradecerán.

jueves, 31 de julio de 2008

La felicidad no da dinero

El dinero no da la felicidad, pero nos aproxima a ella. Falacias como esta nos martillean por doquier en los anuncios televisivos. La felicidad tampoco da dinero, y eso sí que es un hecho comprobado científicamente. Todos hemos probado a sonreír y aparentar ser felices para ver si nos encontrábamos algún billete debajo de una piedra, pero nada parecido ha sucedido. Entonces, ¿son términos antagónicos la felicidad y lo monetario? Que se lo pregunten a las víctimas de la desnutrición en varios continentes del mundo. ¿Son felices? Depende, quizás si no tuvieran el estómago vacío las veinticuatro horas podrían pensar si quiera en ello, pero es que ni se lo plantean. La felicidad es, por tanto, imposible, no llega nunca, por mucho que nos empeñemos en establecerla como meta final en la vida. Como todas las metas, son utópicas, porque el mero hecho de establecerla nos ciega y convierte el camino vital en impracticable y altamente pedregoso. Quizás existió en algún tiempo pasado, pero ya no. Y buena culpa de ello la tiene la publicidad del siglo XX, que debería considerarse como arma de destrucción masiva, la ONU debería clasificarla en el apartado de terrorismo genocida, porque vacía mentes, absorbe cerebros, incendia intelectos, y nos convierte en muertes vivientes a la caza del próximo juguete que comprar, el próximo vestido, la próxima consola de videojuegos, por mucho que realmente no nos haga falta. Lo importante es tener. Tener es aparentar, y aparentar es ser más que los demás, y eso, en teoría, es lo que los occidentales consideramos lo más cercano a la felicidad. Porque la envidia es uno de los valores más fuertes del mercado, porque las empresas nos aseguran que si compramos su producto la felicidad nos embriagará. Luego nos damos cuenta de que no es así, y nos entra la depresión cuando descubrimos que en nuestra cartera sólo yacen impasibles dos monedas, llenas de telarañas; una de ellas resulta ser una de las antiguas pesetas, y la otra es de dos céntimos. ¡Pero si yo tenía 50 euros! Nos extrañamos entonces. Por otro lado, millones de personas en todo el mundo malviven con menos de cinco euros al día, si tienen mucha suerte. Y aquí nos lamentamos de que la inflación y la crisis económica nos impidan salir de vacaciones. ¡Qué atrocidad! ¡Qué injusticia! Con lo que me lo he merecido… ese es otro de los eslóganes de los terroristas publicitarios. La inflación en Kenia es del 1000% y comprar una barra de pan supone el sueldo mensual de un maestro. A la vez de nuestras quejas hacia los ‘chinos quitatrabajos’, éstos cobran en doce horas lo que nosotros en dos o tres. Explotados por las multinacionales, la culpa no es de los permisivos aranceles, sino de las empresas explotadoras insaciables de beneficios. Ya quisieran la mayoría de chinos poder irse de vacaciones… ¡una vez en su vida! El bienestar genera mayor ansia de bienestar, y miedo, mucho miedo. Todos los pobres quieren ser ricos, pero no conozco a ningún rico que quiera ser pobre. Y todos no pueden serlo, ese el drama de la humanidad. Porque el dinero no genera felicidad, genera autodestrucción, y siempre lo ha hecho, desde su creación. La mayor parte de las guerras de la historia han tenido su origen en el dinero, en lo monetario. Burgueses contra obreros en pésimas condiciones laborales, clases altas contra clases bajas, colonias sublevadas contra sus metrópolis. John Law, creador del papel moneda y que también debería añadirse a la lista de terroristas de Estado, debe estar revolviéndose en su tumba, ante las atrocidades que en nombre de un simple billete puede hacer la gente. Supongo que eliminar el dinero y buscar alternativas para un mundo más sano, justo y equilibrado es demasiado radical. Qué le vamos a hacer.

viernes, 25 de abril de 2008

Felicidad

Hoy, en clase, un hecho me ha llamado la atención. Una chica, que se había dejado su bolso, llegó asustada y exclamó: “me dejaba mi vida”. Cuando le preguntábamos a qué diablos se refería, nos lo aclaró: se refería al móvil, el mp3, la cámara digital… que se arremolinaban dentro del mismo. Es decir, hoy en día, la vida de una persona, de un joven –salvo muchas excepciones, entre las que me incluyo, claro- de 18 años, con toda la vida por delante, se limita a una sarta de objetos tecnológicos, esos avances capitalistas con los que el mundo científico nos obsequia de vez en cuando, y que hoy representan la felicidad. ‘Felicidad’. Esa palabra abstracta que tantos quebraderos de cabeza da, tan maldita y tan utilizada por el capitalismo para engancharnos a él, para hacernos creer que cuanto más tengamos, mejor nos sentiremos, más felices seremos. Pero la felicidad, por suerte o por desgracia, no existe. Nadie puede asegurar que es feliz sin sentirse un hipócrita al mismo tiempo. Todos tendemos a ver en nuestras vidas los peores rasgos, aquellos que nos hacen parecer tan infelices. Siempre nos faltará esa nueva cámara que ha lanzado el mercado, o ese móvil de última generación para el que nuestro sueldo no llega. Con la aspiración a la utópica felicidad nos dejamos el dinero y avivamos ese ciclo mercantil interminable que permite la existencia de El Sistema.
Cuando los mandamases del mismo (políticos, burgueses…) preconizan el fin de las ideologías como algo celebrable, o nos tachan de radicales, limitándonos a ese círculo cerrado del que quedamos atrapados, intentan aspirarnos todo tipo de pensamiento crítico para campar a sus anchas en el universo de la globalización. La legalidad cada vez se va estrechando y sólo contempla sus propias acciones: dos partidos políticos, dos grupos de comunicación, dos empresas de telefonías… el mercado adelgaza cada vez más para reducir nuestras decisiones y elecciones a la mínima expresión. El antaño obrero precapitalista ha sido suplantado por el actual robot globalización: ese que habla idiomas, compra compulsivamente, no puede perder el tiempo, y, estresado, se muerde eternamente las uñas en su inútil búsqueda de la ansiada libertad, como si ésta fuera sinónimo de la libertad que buscaban los obreros. Pero no es así; más bien al contrario. El proceso no tiene nunca fin, siempre vamos a querer más. Siempre buscaremos la felicidad. Pero ésta no existe como fin en sí mismo, sólo en esos momentos de relajación, con los amigos, o leyendo algún libro, sólo esos se asemejan hoy en día a lo que en otro tiempo se conoció como libertad.