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miércoles, 20 de enero de 2010

¿Terrorismo de Estado?

Sorprendido por los informes de Amnistía Internacional y la Coordinadora contra la Tortura, expresando su preocupación respecto al alto número de agresiones policiales que, año tras año, tienen lugar en el Estado Español (una media de 700), me aventuré a abordar dicho tema para un trabajo de una asignatura jurídica. Al poco tiempo de comenzar a investigar, sin embargo, me daría cuenta de que el problema no se limitaba ni mucho menos a las torturas de las Fuerzas de Seguridad. Pronto advertí que la problemática real era de mayor alcance. Me hallaba inmerso en una telaraña de proporciones inmensas, un conglomerado de fallos del sistema que tenían su epicentro en el Estado.

Me explico. Poco después de comenzar el trabajo, aparecieron más informes de organizaciones cívicas. En primer lugar, fue publicado un trabajo de SOS Racismo titulado Informe desde y contra los Centros de Internamiento de Extranjeros, alertando de las deplorables condiciones que viven los inmigrantes «sin papeles» dentro de estos centros, sobre todo en los de Aluche (Madrid) y Valencia (situado en Zapadores). Entre las denuncias más repetidas, según SOS Racismo, destacan las de hacinamiento (suelen convivir cuatro personas en espacios de pocos metros cuadrados), la dificultad para comunicarse con el exterior y la ausencia de intérpretes (sólo se permite una llamada en el momento de la detención), las pésimas condiciones de salubridad y la ausencia de servicios médicos. Además, la mayoría de los CIE no tienen ni siquiera patios exteriores y, al no estar dotados de reglamentos jurídicos, la seguridad en su interior está a cargo de empresas privadas (sic).

Al informe se le añade la última modificación de la Ley de Extranjería, que prevé estancias dentro de dichos Centros de hasta 60 días. Esta última cuestión, junto con otro informe de Amnistía Internacional (Si vuelvo me mato), sobre la situación en muchos Centros de Menores, comenzó a formarme la opinión de que el Estado tenía algo que ver con todo esto. Según este último estudio, diez menores se han suicidado en estos centros en la última década. A esa cifra cabría sumarle una situación similar a la que sucede en los CIE. AI recopila testimonios de menores en los que se habla de incomunicación como castigo, agresiones e incluso suministro forzoso de tranquilizantes (o a veces encubierto, en la comida) para «calmar» a los niños cuando se ponen «demasiado» nerviosos.

Lo que tienen en común todas las anteriores víctimas es su condición de excluidos. Inmigrantes ilegales, delincuentes y menores problemáticos. Los primeros además, sufren más agresiones policiales que otros colectivos, según la Coordinadora de la Tortura: un total de 94 en 2009 (un 14,5% sobre el total). A ello cabe sumar las listas que Interior manda frecuentemente a las comisarías de policía para que se detenga a un cupo determinado de inmigrantes (preferentemente marroquíes, según las notas, porque con dicho país se mantienen convenios más sólidos de deportación). Lo también sorprendente en los datos de la Coordinadora es que los movimientos sociales son los peores parados de las agresiones policiales: un total de 175 denuncias (el 30% sobre el total). La mayoría de ellas, tras detenciones por «desordenes públicos», es decir, al conducir a comisaría a manifestantes detenidos en concentraciones «no autorizadas».

Otro gran porcentaje de agresiones corresponde a las consecuencias de la aplicación de la Ley Antiterrorista, un mecanismo que prevé suspender las garantías de los detenidos, permitiendo la incomunicación de los mismos con el fin de que testifiquen. La excusa: la posibilidad de su vínculo con el terrorismo. Decenas de vascos/as saben el resultado, porque esa suspensión de garantías abre el camino a que «todo valga» para que los detenidos canten: bolsas de plástico en la cabeza, ahogamiento en bañeras repletas de agua... Muchos de aquellos a los que se le aplica son inocentes. Dos casos: Nuria Portolés, a quien se le aplicó la ley antiterrorista por el hecho de viajar con propaganda libertaria en la mochila, y los directivos del diario Egunkaria, por vinculación con ETA. Un reciente juicio ha concluido, sin embargo, sin pruebas al respecto. En ambos casos los protagonistas eran inocentes.

Llegados a este punto, ¿qué responsabilidad tiene el Estado en todo esto? La respuesta es muy clara: él es el encargado de velar por el correcto funcionamiento de los CIE. Él es el tutor de los menores que sufren torturas en los centros. Él y sólo él es también el responsable de sus funcionarios, en este caso las Fuerzas de Seguridad y esas 700 agresiones anuales. Un Estado Social basa su legitimidad en la promesa de defender y proporcionar seguridad a sus ciudadanos. ¿Por qué entonces ahora vulnera derechos básicos de la personalidad (con las agresiones), derechos humanos (con la incomunicación) y deberes de tutela? Varios sociólogos, entre ellos Zygmunt Bauman, ya han alertado de esta situación, en la que los Estados tienden a políticas cada vez más exclusivas con el fin de garantizar la seguridad que parecen demandar los ciudadanos.

Para Bauman, «el Estado Social se halla en retirada», al ser incapaz de mantener sus promesas: como ya no es capaz de «reciclar» a los marginados, ahora se dedica a su «destrucción». Y lo cierto es que todas las víctimas anteriores son residuos en una cultura de residuos, que proporciona a cada residuo su vertedero. La exclusión es la característica de un sistema en unos tiempos en los que la flexibilidad se ha vuelto un componente identitario en las sociedades occidentales. Ante una incertidumbre creciente, originada en la precariedad laboral (y vital), el Estado necesita dirigir el peso de las tensiones globales hacia ciertos sectores poblacionales, convertidos en deshechos por su condición de marginación.

De ahí la criminalización de los movimientos sociales y migratorios, junto a la purga de los elementos no funcionales a los intereses sistémicos. En esas condiciones, la única opción que nos resta es la de tomar conciencia de la situación: el Estado explota nuestro miedo a la muerte para estructurar un sistema homogéneo y que fomenta la exclusión social. Nuestra es la tarea de volver a elevar a la libertad, la dignidad y el respeto por los derechos humanos al lugar que corresponde.

martes, 12 de enero de 2010

Centenario cenetista: 100 años tras las barricadas



Con la promesa de emancipación más vigente que nunca, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) cumple 100 años. Tras un siglo de luchas detrás de las barricadas, parece que no está el patio para celebraciones. Al declive generalizado de los valores sindicalistas tras la flexibilización impuesta por las reformas laborales, cabe sumar un proceso endémico de desestructuración que, a lo largo de los años, ha sufrido el movimiento anarcosindicalista. Lejos están aquellas cifras de más de dos millones de afiliados alcanzadas por la CNT en 1937. Hoy, como consecuencia de esa degradación y los continuos movimientos de criminalización del movimiento libertario, el número de afiliados es mucho menor, incluso sumando los números de la CGT (sección escindida hace años de la CNT y hoy mayoritaria).

Pero si por algo se ha caracterizado el movimiento anarconsindicalista (sobre todo el protagonizado por la CNT) es por huir de las cifras. Sobradamente conocida es su actitud de no admitir subvenciones estatales, por el componente de servilismo que sus miembros entienden al que va asociado. La CGT, por su parte, sí que las acepta, en una acción que puede ser más o menos reprochada, pero que obtiene sus frutos en unas campañas mucho más elaboradas y una mayor presencia social en el panorama sindical español. Aún así, quizás es cierto que esa división en las filas libertarias no haga más que profundizar en la desmembración de un movimiento que hace años que se percibe como individualizante por parte de muchos, sobre todo en los jóvenes. Y eso que hoy hay más reivindicaciones que reclamar que nunca. Hoy, que la patronal amenaza con el despido libre y los ERE se multiplican en las grandes empresas. Hoy, en 2010, 100 años después de la fundación de la CNT, cuando casi 5 millones de parados/as suman las listas del paro. Hoy, fecha en la que los sindicatos mayoritarios, fieles corderos del poder económico, dan su brazo a torcer por las subvenciones del PSOE y la succión de las arcas del Estado.

Pero, quizás, al movimiento libertario, le sobra pesimismo. A lo mejor la utopía es percibida como demasiado utópica. Y nada lo es cuando pueden ponerse medios para llevarlo a cabo, como decía Horckheimer. Quizás quepa recordar los grandes logros del anarcosindicalismo en este país. A lo mejor sea hora de rememorar aquellos tiempos en los que la revolución libertaria estuvo a punto de triunfar en territorio español. Aquellos años en los que las tierras eran para el que las trabajaba y las colectivizaciones daban trabajo a cientos de personas. Aquellos años, en los que, como bien demuestra el documental «Vivir la utopía», la mujer dejó de ser esclava para convertirse en herramienta fundamental en la retaguardia republicana. Aquellos días de la guerra, en los que los Ateneos Libertarios, claves en la difusión de la cultura libre, florecían libres por todos los puntos de la geografía estatal. Qué tiempos aquellos, en los que a punto estuvieron los anarcosindicalistas de conseguir su sueño: el de ver materializada La Idea que, en 1868, Fannelli importó, consistente en el logro supremo de la emancipación laboral y humana como único paso hacia la justicia, la solidaridad y la libertad.

Pocos/as son los que quieren recordar todos aquellos logros del anarcosindicalismo. Y muchos/as los que siguen criminalizarlo, culpando al movimiento libertario de rémora para ganar la guerra. Únicamente se le identifica con la quema de Iglesias, con la muerte de inocentes, con la indisciplina y la expropiación continuada de los bienes burgueses. Todos los extremos se tocan, dirán los más asiduos a las frases incoherentes y simplonas. A ellos/as sólo cabe decirles que aquellos fueron sucesos desagradables. Pero nunca fenómenos que tuvieron su raíz en el anarconsindicalismo, fiel precursor de ideales pacifistas y antimilitaristas. Una guerra es una guerra, y en la defensa de la libertad y la justicia pueden hacerse las mayores atrocidades, cuando se siente el odio y la rabia contra todo aquello que impulsó el levantamiento fascista del 18 de julio de 1936. Burguesía, Ejército, Iglesia y Poder político (encarnado en la CEDA y otros partidos conservadores). Esa era la combinación más macabra por entonces y hacia la que se dirigieron todos los ataques, porque en ellos se había engendrado una guerra fruto de la intolerancia hacia los avances de la República. Nunca cabe justificar todos los ataques, pero sí comprenderlos. Fueron individuos movidos por el dolor, y nunca sindicatos o colectivos, los que los promovieron.

Luego vino la cruenta guerra y la infinita posguerra. Los anarquistas tuvieron que soportar los embistes provinentes de varios frentes. Por un lado, el ejército fascista, comandado por un enano intransigente de nombre poco pertinaz para el caso. Por el otro, un ataque más doloroso, porque suponía la traición. La traición a los ideales revolucionarios, procedentes de las estrategias sectarias del Partido Comunista. Ellos fueron los culpables de que se perdiera la guerra. Ellos debilitaron la defensa de la República, ellos y sus checas, en las que murieron decenas de libertarios/as. Ellos y sus tácticas contrarrevolucionarias. Ellos, que ahora son los bien parados de todo el proceso.
Ellos, que provocaron los sucesos sangrientos de mayo del 38, sin duda definitorios de final de la contienda civil. Tantos anarquistas murieron, tantos fueron asesinados por unos y por otros, que el movimiento devino de la noche a la mañana en un conglomerado de escasos supervivientes.

Y luego vino la dictadura. Todos los logros machacados, y la CNT, condenada al exilio. La primera oportunidad fue en vano, pero no por ello cabe perder la esperanza. El anarcosindicalismo sigue trabajando duro, con orgullo, dignidad y varios frentes abiertos de lucha al margen del sistema capitalista. Sólo cabe seguir profundizando en esas brechas y desear fervientemente que la CNT dure otros cien años más al pie de las barricadas.

lunes, 14 de diciembre de 2009

La renovación pedagógica pendiente




Hace cien años, fusilaron a Francisco Ferrer i Guardia (1850-1909), promotor de una renovación pedagógica basada en los principios libertarios de solidaridad, justicia e igualdad. Lo que, traducido en palabras de Mijail Bakunin viene a ser la verdadera condición humana. La Escuela Moderna o Libres, como se conoce al tipo de colegios surgidos de aquella corriente, promovían –ya a principios del siglo XX- una educación igualitaria entre sexos (lo que suponía toda una revolución) y un currículum escolar que eliminaba los exámenes y todo símbolo de distinción o de competitividad entre las alumnas y los alumnos. La obligatoriedad dejaba de serlo y las clases se basaban en un método de preguntas y respuestas, o mediante actividades lúdicas mediante las que se enseñaban los preceptos básicos de ciudadanía.

Todo eso hoy se ha perdido. Siguen habiendo Escuelas Libres, pero su carácter no institucionalizado les quita fuerza de validez, en una sociedad estandarizada donde se obliga a pasar por una serie de fases (o aros) para que una persona se convierta en perfecta ciudadana. Ferrer i Guardia fue fusilado simplemente por su carácter libertario, por oponerse al orden establecido, y porque Alfonso XII debía matar a alguien para resarcirse del atentado que contra él planeó otro anarquista, Mateo Morral. Ellos dos, Morral y Guardia, encarnan dos modelos libertarios frustrados igualmente por el poder de la autoridad: el pacífico y a largo plazo, encarnado por una educación laica y basada en la racionalidad; frente al anarquismo de la acción directa, la bomba y la propaganda por el hecho. Ambos pueden ser defendibles o no, pero de eso no quiero ocupar estas líneas.

Vuelvo a repetir la figura lacista que encarnó también Ferrer i Guardia. Ferviente materialista, estaba con Bakunin en aquella famosa frase que le pegaba la vuelta a la de Voltaire (si Dios no existiera habría que inventarlo), y decía Bakunin: si Dios existiera, habría que exterminarlo. ¿Por qué? Porque su existencia supone la genuflexión de la humanidad hacia el concepto de perfectitud que encarna la divinidad. Mientras existan dioses, existirán esclavos. Por eso no sólo se eliminaron los crucifijos de las aulas, sino que uno de los saludos comunes entre los alumnos encabezaba por la frase: no hay Dios. Hoy, la triunfante Iglesia Católica –impune de los crímenes cometidos durante la era franquista- sigue pregoneando la imposición de sus signos, en una sociedad más multicultural que nunca, y defendiendo causas perdidas con un amplio eco en los medios de comunicación.

Parece que no hay salvación en la escuela institucionalizada. La última propuesta, la de dotar a los profesores de un cargo de autoridad, sigue siendo posiblemente muy insatisfactoria. Porque el problema no es la carencia de autoridad, sino la falta de aprovechamiento. Las alumnas y alumnos se encuentran con una libertad que no pueden hacer verdaderamente efectiva dentro de las aulas, porque los rígidos horarios de materias que de poco les servirán en un futuro les obligan a perder una valiosa juventud con el trasero pegado a un asiento. Es como si a las palomas se les cortaran las alas, como si camináramos hacia atrás, como los cangrejos. ¿De qué vale la libertad, si no se puede hacer uso de ella? Inteligencia emocional, empatía, solidaridad. Esos son los conceptos que hacen falta en la escuela.

martes, 3 de noviembre de 2009

¡Prohibido prohibir!


La multa se ha puesto de moda. No es que antes no se cometieran infracciones o no hubiera policías dispuestos a alegrarnos el día. Pero lo cierto es que cada vez se ponen más sanciones en nuestras calles. Las malas lenguas asegurar que, en épocas de crisis –como la actual- esa cantidad aumenta todavía más de lo previsto. ¿Mecanismo recaudatorio? ¿Dónde? Y no me refiero únicamente a las sanciones que se emiten en las carreteras, sino sobre todo a la modalidad que se ha puesto más de moda: la oleada de multas en la vía pública.

Dicen que las calles son de todos. Pero mienten. Si te aburres y, por una de aquellas, se te ocurre bajar y ponerte a tocar el acordeón en la acera, para distraer a otros con tu música, te pueden llegar a caer 700 euros de multa. En los últimos meses, esta variedad de infracción, la cometida por personas que escogen la música en la calle como forma de vida, ha producido, sobre todo en Valencia, infinidad de casos multados. Urgente parece la necesidad –propuesta por el PSPV y que se encuentra en funcionamiento en ciudades como Barcelona- de crear zonas alternativas donde los músicos y otros artistas puedan ejercer sin necesidad de abocarse a la ruina por ello.

Pero aquí la verdadera cuestión es otra. ¿Cuál? La libertad. Es lo que nos atañe, la verdadera razón de ser de la raza humana, que parece en un auténtico retroceso por otro elemento que parece ser justificación para coartarla: la seguridad. Hoy en día, muchos y muchas están dispuestos a renunciar a cualquier cosa –vendiendo el alma al diablo si se hace preciso- por obtener un poco de seguridad. Es curioso como en una sociedad tan segura como la nuestra –si la comparamos con otras regiones del planeta- el miedo sea un componente fundamental asociado a la cultura. ¿De qué tenemos miedo, si la mayoría de nuestros días transcurren sin ningún sobresalto y las situaciones en las que estemos en peligro brillarán por su ausencia durante toda nuestra vida? ¿No será este un miedo creado por los mismos que nos venden la moto de que es necesaria más seguridad? Vemos continuamente, en los telediarios, todo tipo de crímenes e ignominias, ¿será por eso?

La alarma cunde, el pánico aprieta, necesitamos tanta seguridad que nunca es bastante. Instalados en una comodidad que termina por ahogar, no tenemos límites en nuestra saciedad. Si hay que restringir libertades, se restringen. De eso van las nueva “Ordenanzas de policía y buen gobierno” que, como una oleada, la mayoría de municipios está aprobando sin cuestionar ni un solo punto. Este documento –cuyo título más bien parece sacado de algún reglamento franquista- supone el traslado de la legislación opresora que se efectuaba en las grandes ciudades. Tocar en la calle, por ejemplo, tampoco será posible en un pueblo. Actos como pintar fachadas, colocar carteles o repartir octavillas en la vía pública son considerados actos graves cuya multa sobrepasa los 300 euros –curioso, encontrándonos en la época en la que más publicidad anida impunemente en todos los lugares públicos-. Incluso la acción de “hablar a voces” es motivo de sanción. ¿Adonde iremos a parar? ¿Acaso son igualmente aplicables las leyes de las ciudades a los pueblos de 2.000 habitantes?

La vida en un pueblo está marcada por los gritos en las calles, la música en las calles, las cajas de fruta en las aceras (algo que también queda prohibido con la nueva normativa) y otras acciones tan de pueblo que les dan a nuestras localidades ese aroma de ser lugares de convivencia, naturales, no de ordenes impuestos donde al final no podremos ni respirar. Lo que hacen, además, estas ordenanzas, es limitar la convivencia –aunque parezca antitético-. En caso de conflictos, antes eran los vecinos los que, en pequeños corrillos, debatían sobre la solución de los conflictos. Ahora la humanidad se pierde, en detrimento de un auge autoritario de los poderes policiales, que tienen ahora más potestad que nunca. Es lo fácil, llamar a papá-Estado para que nos resuelva la papeleta. Así vamos, menguando nuestra autonomía por momentos, para convertirnos en tristes vegetales que sólo servirán para trabajar y ver la televisión.

miércoles, 27 de mayo de 2009

El desencanto hacia los gobernantes


No es extraño –sobre todo en estos días de vuelta a las campañas para las elecciones electorales- escuchar diferentes mensajes procedentes de los canales institucionalizados, cohesionados en torno a una crítica de la actual desavenencia que la juventud española siente por la política. Y es cierto. De manera omnipotente escuchamos a amigos y familiares eludir la palabra política y, cuando aludes el tema, no dudan en silenciarte tachándolo de “aburrido” y “no interesante”.

¿Quién es el culpable de esta situación? ¿A qué se debe esa lejanía entre los gobernantes y los ciudadanos? Teniendo en cuenta que, en su sentido etimológico, política significa forma de organización social, es lógico que ninguno de nosotros o nosotras puede escapar de ella, en tanto en cuanto vivamos en la sociedad. Con lo que el desencanto es más bien hacia esa institucionalización de la política, copada por una pequeña minoría ilustrada que la actual teocracia democrática capitalista considera que necesitamos para que las masas no nos volvamos “descarriadas”, ya que somos incontrolables, dicen.

La actual situación de dominación política es casi tiránica, porque las clases gobernantes se encuentran en la cúspide de la pirámide imaginaria del poder, desde donde emiten continuos mensajes unidireccionales, sin esperar repuesta. Por lo tanto, no se le puede llamar comunicación a lo que establecen con la ciudadanía, ya que a ésta se le niega su capacidad de decisión, y tan sólo se recurre a una porción de ella al demandar un puñado de votos cada cuatro años, con lo que se supone queda legitimado todo el trabajo y las medidas que propongan las clases altas gobernaticias. Así, legitimamos su corrupción, sus gastos privados con dinero público, la propaganda incendiaria durante campaña y las escasas medidas que realmente benefician al pueblo.

Si comunicar es “producir comunidad”, los políticos y las políticas debería aprender a escuchar, a no dejarse embaucar por los maletines de cohecho a diario llaman a las puertas de sus despachos. Y es ahí donde el actual modelo supuestamente democrático falla. ¿Qué persona con semejante poder no se dejaría vender por un fajo de billetes de 500 euros? Mientras el sistema democrático no sea horizontal, y las clases gobernantes seamos los ciudadanos y ciudadanas de a pie, organizados en estructuras de acceso universal e igual capacidad decisoria, seguiremos legitimando y normalizando las graves tropelías que desde el poder día a día se cometen.

Poder y avaricia van de la mano. Y ésta primera palabra representa lo peor de la condición humana. El ego elevado a la máxima potencia, el sentimiento de divinidad más cerca de nunca, la capacidad de destruir a tus enemigos con tan sólo apretar un botón. Tenía razón Elisée Reclus cuando dijo que la ausencia de gobierno, la anarquía, es la más alta expresión del orden. Entendemos por orden la condición natural del ser humano, guiada por los principios de la ética civilizada y no sometida a unas normas estrictas que acaban limitándonos, convirtiéndonos en ese ser plano, robotizado y con escaso margen de maniobra, que Marcuse llama "hombre unidimensional"

miércoles, 8 de abril de 2009

La reinvención de una injusticia


La repetición del circo mediático que gira irremediablemente en torno a cada reunión del G-20 no es sino la constatación de la hipocresía global del sistema aún vigente. Y digo aún vigente porque el capitalismo parece estar en crisis. Siempre lo ha estado, aunque no todos quieran verlo. Porque la economía de mercado, tal y como hoy funciona, ha supuesto siempre y siempre supondrá una crisis constante de valores, una crisis insolidaria por definición y una crisis humana, sobre todo. Porque lo convierte todo en mercancía, no se deja nada, porque convierte la vida en un arduo camino de sacrificio perpetuo donde has de venderte al mejor postor.

Pero actualmente, dicen, existe una crisis real. Incluso los economistas la ven, por lo que debe ser física tangible. Por supuesto, no saben ciertamente de donde ha venido, ni saben tampoco cómo solucionarla, o adonde nos lleva. Se trata sobre todo, de un aprieto moral, que constata cómo el modelo globalizador que hasta ahora ha acontecido es imposible sin la existencia de instituciones reguladoras del mercado a nivel mundial. Y digo aprieto moral porque también hace patente la evidencia de que, cuando a los banqueros no se les controla, suelen descarriarse. La posesión de dinero implica el deseo de mayor dinero, de igual modo que cuánto más poder se tiene, más se quiere. Es la lógica por la que nos movemos, un inconformismo peliagudo que dice mucho de nuestra naturaleza.

Pero no se trata de echarles toda la culpa a los pobres banqueros. Es cierto, ellos han sido los causantes en mayor medida de la crisis y, sin embargo, los que la tenemos que pagar somos los ciudadanos de a pie, a los que se nos omiten préstamos y avales de todo tipo y que difícilmente así podremos pagar las hipotecas y las deudas. Ahora, el G-20 de Londres trata, una vez más, con la irrisible batuta de rey mundial que le han concedido a Super-Obama, de tapar los agujeros del capitalismo descarriado. Pero reformar el capitalismo, humanizarlo, es como intentar volar: imposible.

Por mucho que se intente reinventar este sistema, la crisis ya es institucional, y siempre será, por definición, injusto, desigualitario y antihumano. Seguirá aspirando a un mayor crecimiento –lo que, con vistas del cambio climático, resultado del todo inadmisible- y necesitando que un tercio del planeta viva en la extrema pobreza. El capitalismo no se reforma, sino que se destruye, y ahora está en las manos de todos hacerlo. Cuando vuelva a alzar el vuelo en términos económicos, y la economía vuelva a ser boyante, todos volveremos a dejarnos llevar por las comodidades y a despreocuparnos. Los bancos volverán a quebrar por sus malas gestiones y volveremos a pagar los platos rotos.

Es la hora de tomar conciencia de que no podemos ser sujetos pasivos, meros receptores de las ínfulas lanzadas desde el poder. La crisis pone una vez de manifiesto la todavía patente sensación de la existencia de clases bien diferenciadas. Hemos de tomar verdadero control tácito de nuestra vida, autogobernarnos y no acatar como fieles corderos en esta hipócrita democracia. La vida transcurre y lo único que encontramos es trabajo y las presiones diarias de mantenerse a flote, sobrevivir en un sistema devorador. Hoy, los parados se cuentan por millones y los desordenes psicológicos comienzan a arraigar entre la población. Por ello hay que canalizar esa ira, pensar nuevas alternativa para que esto no vuelva a suceder. Y no hay mejor forma para ello que la revuelta, la organización activa y ciudadana que logre por fin emanciparnos. Dejemos las cadenas invisibles que nos atan, librémonos de ser masas ignorantes y pasivas, y seamos personas, al fin.

miércoles, 1 de abril de 2009

La Idea desvanecida


Tras la llegada a España de La Idea, en una conferencia de Giuseppe Fannelli en 1868, fue éste uno de los países donde más caló el anarquismo. Se trataba de una sociedad desconcertada, harta de la necesidades de la reforma agrícola que nunca llegaba, muy empobrecida, y cansada de soportar las continuas dictaduras, surgidas de las entrañas del catolicismo arraigado en buena parte del país. Las ansias de emancipación del campesinado llevaron a que el anarcosindicalismo fuera la fuente de unión de buena parte de la clase obrera del momento. La cifra de afiliados a la CNT, tan sólo en la provincia de Aragón, ascendía de los 30.000 trabajadores, en 1936.

El abrazo por el anarquismo era por entonces el ansia de una vida mejor, donde los ciudadanos fueran realmente libres, y pudieran disfrutar con total libertad del trabajo producido y de sus frutos, obviando los trances y las envidias provocadas por el dinero y la subyugación al sistema político-económico. En el Pais Valenciano, se configuró en torno al movimiento libertario, un auténtico auge cultural, sin parangón alguno con otro momento de la historia. Tal y como cuenta Javier Navarro en A la revolución por la cultura, la brillante organización de los anarquistas valencianos encontró una traducción inmediata en la cultura, cosa natural si entendemos que la pretensión máxima de aquellos es la autoformación y la emancipación por medio de esta vía.

Los debates, las conferencias, los teatros, las lecturas y la prensa alcanzaron un momento de esplendor entre los círculos libertarios, movidos entre las aguas de ateneos culturales, tabernas, sindicatos y los locales de las Juventudes Libertarias. El poco momento de ocio que se disfrutaba era copado de inmediato por la lectura de los autores clásicos, o dedicado sin contemplaciones a mejorar la salud inmediata del movimiento, debatiendo con otros compañeros, organizando escuelas de adultos, cuando la educación era el peor lastre sufrido por la clase trabajadora. Verdaderamente, fue en los años 30, cuando se alcanza el punto de mayor expansión del anarquismo en España, cuando éstos amantes de la naturaleza y de la libertad, estuvieron más cerca de alcanzar su tan ansiada meta.

Pero tras la increíble subida, llegó la aparatosa caída. Conocida por todos es la represión ejercida con mano de hierro por las huestes franquistas, que devastaron todo cuanto pudiera desprender ligera fragancia a cultura. Los que no fueron fusilados o encarcelados (y consiguientemente adoctrinados de alguna forma), se perdieron en la memoria colectiva del exilio y el acíbar pensamiento de ser desgraciado por tener dicha ideología. Se podría decir que el anarquismo español murió en los años 40. Hoy, debilitado tanto por ello como por diversas fuentes, aguarda entristecido en el rincón de algunas mentes. Ahora, los que profesamos esta ideología, se nos tacha de antisistema. Parece que el término anarquismo está prohibido en su significado etimológico – deriva del término griego anarchia, anarchos 'no amo'.[2 – y se utiliza más bien para increpar al lugar donde reina un tipo de caos. Pero nosotros no consideramos que el autogobierno o la democracia directa sea un caos. Somos radicales, en el sentido original, es decir, vamos a la raíz. La autogestión es posible, los anarquistas de los años 30 lo demostraron. Y hoy en día, cuando la crisis oprime con mayor insistencia a los pobres y a los trabajadores, promulgar la acracia es la única forma de gritar contra las injusticias y promover un orden verdaderamente justo, donde la democracia sea efectiva, real, y no sean otros los que tomen las decisiones por nosotros mismos, que sólo intervenimos en nuestro gobierno cada cuatro años, en las urnas. Ahora, que hemos visto como todos los intentos de implantar el comunismo que proponía Marx, es decir, el comunismo estatal, se han tornado en despiadadas dictaduras. Ahora, cuando salen a la luz las corrupciones inherentes y aparejadas al poder establecido, es cuando debemos gritar con más insistencia aquella frase del filósofo Erico Malatesta: Anarquista es, por definición, aquél que no quiere estar oprimido y no quiere ser opresor; aquél que quiere el máximo bienestar, la máxima libertad, el máximo desarrollo posible para todos los seres humanos.

miércoles, 25 de marzo de 2009

Porras a la boloñesa


La propaganda es a la democracia lo que la porra al estado autoritario. Esta paradigmática frase del prestigioso lingüista y activista libertario Noam Chomsky no sólo funciona en la realidad, sino que puede hacerlo también como una tautología, donde todos los elementos que la integran (propaganda, democracia, porra y autoritarismo) conforman una especie de batiburrillo confuso, influyéndose unos a otros, y conformando premisas básicas para que el modelo actual de democracia pasiva funciones.

Un buen ejemplo de ello ha sido la actuación descontrolada, hace unos días, de la policía autónoma catalana ante los universitarios que protestaban pacíficamente contra el nuevo Espacio de Educación Superior, más conocido como plan Bolonia. El resultado fue devastador, y las imágenes hablan por sí solas. Una treintena de personas –entre ellas simples viandantes y periodistas- resultaron heridas y los videos demuestran una vez más como la brutalidad policial en forma de represión se exterioriza sin remedio alguno, recordando inevitablemente a los grises de la época franquista. Cuando oigo la palabra cultura, echo mano al revólver, la frase antonomásica del nazismo y el fascismo en general se aplicó de nuevo en Barcelona, y las porras representaron una vez más la unidireccionalidad y la violencia contra la cultura popular, que no es otra que la cultura de todas y todos.

La unidireccionalidad en todos los sentidos ha sido otra de las características más notables y destacables del proceso de aplicación obligatoria del nuevo plan universitario en el Estado Español A base de pequeñas inyecciones televisivas y mediáticas de reportajes pro-Bolonia, en pocas semanas el Gobierno ha conseguido derrocar a la opinión pública que tímidamente se alzaba contra sus medidas perjudiciales, avisando del posible cataclismo. La propaganda, junto a las porras, son las mejoras catalizadoras de la unidireccionalidad de pensamiento propuesta por los gobiernos supuestamente democráticos en la supuestamente avanzada sociedad europea, convirtiéndola en autoritaria.

Por lo tanto, no sólo de propaganda necesita el Estado. Cuando todavía con ella, incluso habiendo recibido los medios suntuosas cantidades de dinero por apoyarles en la campaña de erradicación –como se ha demostrado-, pueden seguir existiendo puntos de naturaleza crítica. Entonces no valdrá tan sólo argumentar que dichos estudiantes no estaban informados, que no saben lo que hacen y que son alarmistas con miedo al cambio. Entonces la única medicina útil será la violencia, ésa fiel aliada del Estado Social y de Derecho, la que nunca le falla. Utilizándola en pequeñas dosis, para condenarla posteriormente, el efecto deseado surtirá pronto efecto. Jarabe de palo para el niño malo, adoctrinamiento en forma de palos y gases lacrimógenos. Ésa es la democracia propugnada por los gobiernos democráticos en la actualidad. Con ella intentan lograr la pasividad de una ciudadanía dormida, que prefiere parar toda atención a la desaparición de una joven asesinada. De momento, sin embargo, no han logrado su objetivo en Barcelona. Las asambleas se radicalizan al tiempo que el gobierno catalán teme y desespera. ¿Qué será lo próximo?

martes, 3 de febrero de 2009

Funcionalismo o como ejercer el control sobre la sociedad


Tras las oleadas revolucionarias y emancipatorias del poder autoritario medieval, sucedidas en torno a finales del siglo XIX, un nuevo clima de libertad pareció extenderse por todo el mundo. Un simple espejismo, puesto que los mismos líderes de las distintas revoluciones (francesa, rusa…) acabarían por convertirse en el espejo de aquello a lo que con tanta saña se empeñaron en derribar.

Lo que sí que surge de este período es la masa. Una entidad manipulable como sujeto, que carece de personalidad propia y que será tratada amorfamente, como una individualidad sin sentimientos. La política del siglo XX se orientará hacia cómo manipular y controlar a las masas, pues son “ingobernables”. La principal causa de este fenómeno es el interés de los más altos poderes de, ante un clima donde las masas pudieran organizarse y votar entre ellas, captarlas a través de los partidos políticos de las altas esferas institucionales.

Es en este clima cuando surge el funcionalismo, una corriente del pensamiento que rápidamente se extenderá por todas las ciencias sociales, convertida en el nuevo paradigma científico en el que se basan la mayor parte de las teorías que rigen a la sociedad. Esta corriente, surgida como evolución del positivismo y el empirismo antiguos, prevé una serie de mecanismos de autoequilibrio por los que la sociedad pueda ser gobernada desde las altas capas institucionales. Es por eso que el funcionalismo prima a la institución, dándole ese poder de control que sólo el puede tener para dominar a las masas para que no se alcen y desequilibren el sistema establecido.

En los medios de comunicación, el funcionalismo ha servido para relativizar su poder en una época en la cual los individuos comenzaron a plantearse qué podría pasar si a éstos se les concediera un excesivo poder. La forma fue sencilla: eliminar el concepto de comunicación verdadero, entendido como una comunicación bidireccional entre dos emisores activos, y reemplazándola por una relación vertical, de emisor a receptor, de forma unidireccional, donde este último se limita a escuchar y ser pasivos.

Es esta una conexión unívoca entre el poder institucional y los medios. El primero le concede el permiso al segundo para llevar a cabo un control y una manipulación intrínseca sobre la sociedad para que ésta se equilibre y se mantenga sumisa. De esta forma, la comunicación se basa en la imposición de mensajes por parte del emisor, que consigue primar sus puntos de vista –que son los del poder- sobre la audiencia. ¿Cómo? Estableciendo sus propia agenda setting, sirviendo a la ideología de un partido determinado, actuando como medios de canalización publicitaria, reduciendo los esquemas de comportamiento a esquematismos…

Por lo tanto, la moto está vendida y, nosotros, meros espectadores pasivos del juego del poder, nos quedamos parados, impasibles, ante nuestra represión continuada. Nos creemos libres, pero estamos atados a los mismos rituales diarios, al trabajo, a las noticias que nos bombardean los medios. La comunicación no existe, sólo los comunicadores, y los ciudadanos nos abordamos hacia una vida monótona donde no decidimos más que la comida de cada día. La democracia es una farsa, porque sus gobernantes, al amparo revolucionario, se han convertido en los disfraces de aquellos autoritarios a los que derribaron, pero con un rostro más sutil.

jueves, 20 de noviembre de 2008

Por qué perdimos la guerra


La guerra civil española supuso un enfrentamiento sanguinario entre dos ambos históricamente irreconciliables, dos Españas condenadas a una continua lucha por diferentes concepciones de afrontar la política. El conflicto supuso no sólo un punto de inflexión en la historia del país, fruto del cual quizás terminó esa imposible convivencia –primero con la dictadura excluyente, luego con la democracia moderada-, y también muchas de las aspiraciones republicanas y sociales, en una época en que los ciudadanos contaban con un alto nivel de participación política.

Mucho se ha especulado acerca de las causas de aquella derrota trágica en los albores de 1939. Una derrota anunciada que no fue más que el preludio del desmoronamiento definitivo de una izquierda desunida e incapaz de afrontar a los problemas con independencia. Tras la defensa gloriosa de Barcelona en 1936, orquestada principalmente por milicias anarquistas configuradas espontáneamente por la población concienciada y unida, lo que parecía el final no supuso más que el principio de una guerra larga y tortuosa. Rápidamente, el sindicalismo libertario de la época, organizado principalmente por la CNT y la FAI –sindicatos predominantes por entonces- articuló un nuevo orden paralelo al Estado reconocido, organizado por comités y asambleas, en el que todo poder quedaba suspendido indefinidamente. Fueron meses de nuevas experiencias en Cataluña, de colectivizaciones independientes, solidaridad y progreso económico. La primera experiencia anarquista en España estaba resultando todo un éxito, en parte gracias a la concienciación y la voluntad populares.

Sin embargo, un gobierno incapaz, encabezado por políticos inoperantemente pasivos y confiados en cuanto al avance de una guerra que creían prontamente solventada, fraguó una venda ineludible para los intereses de la nación, que se prolongaría durante los tres años de conflicto. Desde un principio, desde los Comités Antifascistas se promovió la necesidad de desarrollar una guerra de guerrillas –de origen incluso nacional- en lugar de una típica ofensiva militar para acabar con el levantamiento, pues los escasos apoyos internacionales a la República, a diferencia de los prestados a las hordas facciosas, convertían la opción de guerra abierta en un auténtico suicidio. Pero el gobierno central, encabezado por Negrín, y presidido por Azaña, no sólo desoyó los consejos de los sindicatos mayoritarios, sino que se entregó decididamente y sin ningún tipo de condiciones a la política estalinista, un ente abstracto dispuesto a influenciar de la forma que fuera en tierras españolas. Así fue como todo el oro de Moscú se marchó hacia Rusia, y como las armas comenzaron a escasear entre las tropas anarquistas, mucho más aguerridas y disciplinadas que el mercenario Ejército de la República.

Juan Negrín buscó en los comisarios soviéticos un escudo en el cual refugiarse durante toda la guerra, y, como consecuencia de ello, la República y sus aliados tuvieron precios considerables a pagar. El comunismo ruso sabía cuán peligrosos eran los anarquistas españoles, partícipes de un movimiento fuerte que, en cualquier momento, podría haber desencadenado una revolución social importante. Dicho y hecho. Andreu Nin fue asesinado por espías rusos. Su partido, el POUM, ilegalizado, y acusado injustamente de fascista. Dichos acontecimientos privaban a los defensores de la legalidad democrática de una gran cantidad de valiosos y valientes hombres. Pero sin duda alguna el acontecimiento que terminó por declinar la guerra fueron los hechos de mayo de 1938.

El gobierno, totalmente entregado a la perversión del estalinismo, no sólo destrozó las colectivizaciones que con tanto éxito se desplegaban los campesinos en los campos agrícolas del Levante español (véase cualquiera de los libros de Joaquín Costa sobre el tema), impulsados por los sindicatos socialistas y anarquistas, sino que comenzaron una batalla decisiva en el curso de la guerra a mediados del 38. La policía republicana asaltó sin motivo aparente el edificio de Telefónica en Barcelona, colectivizado espontáneamente por el pueblo catalán. Algo tenían que esconder los órganos comunistas, conversaciones comprometedoras con Moscú quizás, pero lo cierto es que fue la gota definitiva que colmó el vaso de las humillaciones. Anarquistas y comunistas se enzarzaron en una lucha sangrienta e inútil, mientras las tropas de Franco se frotaban las manos ante la destrucción gratuita de sus enemigos.

La represión no terminó ahí. Las checas continuaron, cientos de anarquistas fueron asesinados como vulgares animales, sin más delito que el de pensar diferente. El movimiento libertario entró entonces en un trance, agilizado por la dictadura funesta, del que nunca más ha vuelto a resurgir. La guerra se perdió. Muchos murieron, pero los dirigentes republicanos, aquellos que se habían caracterizado por la pasividad y el institucionalismo consiguieron exiliarse con vida de un país maldito al que habían condenado con su centralismo, sus exclusiones y sus malas decisiones

jueves, 18 de septiembre de 2008

Héroes en tiempo de Crisis

Un antisistema logra 492.000 € en créditos y dice cómo hacerlo antes de huir del país

Un joven activista y antisistema se ha apropiado durante algo más de dos años de un total de 492.000 euros de 39 entidades bancarias gracias a 68 operaciones de crédito.

Lejos, pero que muy lejos, de devolver esta suma, ha invertido parte de este dinero en crear una revista cuyo único número se repartirá durante esta mañana en 150 puntos en toda Cataluña, gracias a la colaboración de decenas de personas que distribuirán de forma gratuita 200.000 ejemplares.

En ellos se explica con pelos y señales cómo ha conseguido “robar”, según sus propias palabras, semejante cantidad de dinero a las entidades bancarias y anuncia que no lo devolverá.

La revista, que lleva como título el nombre de ‘Crisis. Publicación gratuita para sobrevivir a las turbulencias económicas’,contiene, según ha podido saber EL MUNDO, dos páginas en las que el propio joven, de 32 años y que responde al nombre de Enric Duran, relata cómo ideó la estafa y a qué ha destinado el dinero, además de invertirlo en la revista.

[Extraido del blog del Ateneu l'Esletxa (ateneulescletxa.wordpress.com) on es pot descarregar la revista]

martes, 12 de agosto de 2008

Silencio, que hay democracia

Democracia es consentimiento. El consentimiento de una ciudadanía cívica, en su mayoría poco activa, para que los gobernantes a los que han elegido, respaldados por las grandes corporaciones y los medios de comunicación, lleven a cabo una serie de actos en los que podrán estar más de acuerdo o menos, pero que están totalmente legitimados por el sistema establecido. A su vez, dichos medios de comunicación de masas contribuyen al mantenimiento democrático, eliminando disidencias ideológicas, resaltando aquellos temas que creen convenientes y dotándoles de la óptica necesaria con el objetivo de que los ciudadanos mantengan su responsabilidad en el sistema, que es ínfima. Es la llamada manufactura del consentimiento, término acuñado por Noam Chomsky. Al sistema no le interesan los desertores, los elementos críticos, que pronto serán irremediablemente etiquetados, tachados de radicales, con un tono de desprecio evidente e injustificado. Antisistemas y eternos pesimistas que no agradecen como deberían lo que la democracia del mercado capitalista ha hecho por todos nosotros: nos ha traído la libertad, la paz y la justicia. Pero todo eso tiene unos sacrificios, unos trámites que pagar como compensación. Uno de ellos es nuestra función de títeres, aunque no nos demos cuenta. El trabajo asalariado presiona a los trabajadores esclavos del capital, que cuando llegan de la jornada laboral están demasiado cansados como para pensar en lo que sale mal, y se sientan delante del televisor, viéndose irremediablemente imbuidos por los anuncios publicitarios, que también ejercen esa función de manufactura del consentimiento. El consentimiento de vivir en una sociedad consumista hasta la saciedad, que nunca está contenta, sino que siempre quiere más. Desde los inicios de la prensa, los medios de comunicación, que son dirigidos por las grandes empresas económicas, por muy poco que con el mundo comunicativo tengan que ver, sin que nadie se escandalice por ello, han escogido los temas que han creído oportunos con el fin de favorecer a su propio sistema de favores, pues a la vez que informan, publicitan, se publicitan a ellos mismos, se venden con informaciones que lavan el cerebro a la ciudadanía y orienta su pensamiento hacia el maniqueísmo ideológico propio de estos tiempos que corren. Es descarado, por ejemplo, como un diario como El País, considerado prensa seria y el más importante de España, relativice temas como el gobierno paramilitar del presidente Uribe en Colombia, terriblemente cruel con los sindicalistas, mientras derroche titulares y palabras con otros presidentes sudamericanos, aquellos cuyos gobiernos no interesan a los intereses del grupo Prisa, líder del diario. Cuando se le pide a la gente que escoja que dirigente mundial le cae peor, escogerá a Hugo Chávez, o a Evo Morales, o a Daniel Ortega. Todos ellos tienen en común varias cosas, y es que pese a sus defectos, irremediablemente unidos a cualquier dirigente, pues todos se mueven por los mismos motivos de intereses particulares, han parado los pies a las grandes empresas que en sus respectivos países se lucraban sin ninguna consideración mientras la mayor parte de la población vivía por debajo del umbral de la pobreza. Pero otro punto en común es el tratamiento por parte de El País, reduciéndolos a simples tiranos incapaces de conducir un gobierno, y no reconociendo tanto sus virtudes como sus defectos. Democracia es consentimiento, Noam Chomsky tenía razón, y ese consentimiento hay que manufacturarlo, para hacernos caer ineluctablemente en la tela de araña que constituye el entramado capitalista mundial, que enarbola sin tapujos occidentes, mientras el resto del mundo está en una guerra perpetua, a la que apoyaremos o no dependiendo de los intereses que recaigan en nuestros agujereados bolsillos, insaciables. Sólo una democracia directa, sin la opresión de un Estado todopoderoso y no criticable, puede conseguir que el ser humano dirija realmente su vida y sea totalmente responsable de sus acciones.