Sorprendido por los informes de Amnistía Internacional y la Coordinadora contra la Tortura, expresando su preocupación respecto al alto número de agresiones policiales que, año tras año, tienen lugar en el Estado Español (una media de 700), me aventuré a abordar dicho tema para un trabajo de una asignatura jurídica. Al poco tiempo de comenzar a investigar, sin embargo, me daría cuenta de que el problema no se limitaba ni mucho menos a las torturas de las Fuerzas de Seguridad. Pronto advertí que la problemática real era de mayor alcance. Me hallaba inmerso en una telaraña de proporciones inmensas, un conglomerado de fallos del sistema que tenían su epicentro en el Estado.
Me explico. Poco después de comenzar el trabajo, aparecieron más informes de organizaciones cívicas. En primer lugar, fue publicado un trabajo de SOS Racismo titulado Informe desde y contra los Centros de Internamiento de Extranjeros, alertando de las deplorables condiciones que viven los inmigrantes «sin papeles» dentro de estos centros, sobre todo en los de Aluche (Madrid) y Valencia (situado en Zapadores). Entre las denuncias más repetidas, según SOS Racismo, destacan las de hacinamiento (suelen convivir cuatro personas en espacios de pocos metros cuadrados), la dificultad para comunicarse con el exterior y la ausencia de intérpretes (sólo se permite una llamada en el momento de la detención), las pésimas condiciones de salubridad y la ausencia de servicios médicos. Además, la mayoría de los CIE no tienen ni siquiera patios exteriores y, al no estar dotados de reglamentos jurídicos, la seguridad en su interior está a cargo de empresas privadas (sic).
Al informe se le añade la última modificación de la Ley de Extranjería, que prevé estancias dentro de dichos Centros de hasta 60 días. Esta última cuestión, junto con otro informe de Amnistía Internacional (Si vuelvo me mato), sobre la situación en muchos Centros de Menores, comenzó a formarme la opinión de que el Estado tenía algo que ver con todo esto. Según este último estudio, diez menores se han suicidado en estos centros en la última década. A esa cifra cabría sumarle una situación similar a la que sucede en los CIE. AI recopila testimonios de menores en los que se habla de incomunicación como castigo, agresiones e incluso suministro forzoso de tranquilizantes (o a veces encubierto, en la comida) para «calmar» a los niños cuando se ponen «demasiado» nerviosos.
Lo que tienen en común todas las anteriores víctimas es su condición de excluidos. Inmigrantes ilegales, delincuentes y menores problemáticos. Los primeros además, sufren más agresiones policiales que otros colectivos, según la Coordinadora de la Tortura: un total de 94 en 2009 (un 14,5% sobre el total). A ello cabe sumar las listas que Interior manda frecuentemente a las comisarías de policía para que se detenga a un cupo determinado de inmigrantes (preferentemente marroquíes, según las notas, porque con dicho país se mantienen convenios más sólidos de deportación). Lo también sorprendente en los datos de la Coordinadora es que los movimientos sociales son los peores parados de las agresiones policiales: un total de 175 denuncias (el 30% sobre el total). La mayoría de ellas, tras detenciones por «desordenes públicos», es decir, al conducir a comisaría a manifestantes detenidos en concentraciones «no autorizadas».
Otro gran porcentaje de agresiones corresponde a las consecuencias de la aplicación de la Ley Antiterrorista, un mecanismo que prevé suspender las garantías de los detenidos, permitiendo la incomunicación de los mismos con el fin de que testifiquen. La excusa: la posibilidad de su vínculo con el terrorismo. Decenas de vascos/as saben el resultado, porque esa suspensión de garantías abre el camino a que «todo valga» para que los detenidos canten: bolsas de plástico en la cabeza, ahogamiento en bañeras repletas de agua... Muchos de aquellos a los que se le aplica son inocentes. Dos casos: Nuria Portolés, a quien se le aplicó la ley antiterrorista por el hecho de viajar con propaganda libertaria en la mochila, y los directivos del diario Egunkaria, por vinculación con ETA. Un reciente juicio ha concluido, sin embargo, sin pruebas al respecto. En ambos casos los protagonistas eran inocentes.
Llegados a este punto, ¿qué responsabilidad tiene el Estado en todo esto? La respuesta es muy clara: él es el encargado de velar por el correcto funcionamiento de los CIE. Él es el tutor de los menores que sufren torturas en los centros. Él y sólo él es también el responsable de sus funcionarios, en este caso las Fuerzas de Seguridad y esas 700 agresiones anuales. Un Estado Social basa su legitimidad en la promesa de defender y proporcionar seguridad a sus ciudadanos. ¿Por qué entonces ahora vulnera derechos básicos de la personalidad (con las agresiones), derechos humanos (con la incomunicación) y deberes de tutela? Varios sociólogos, entre ellos Zygmunt Bauman, ya han alertado de esta situación, en la que los Estados tienden a políticas cada vez más exclusivas con el fin de garantizar la seguridad que parecen demandar los ciudadanos.
Para Bauman, «el Estado Social se halla en retirada», al ser incapaz de mantener sus promesas: como ya no es capaz de «reciclar» a los marginados, ahora se dedica a su «destrucción». Y lo cierto es que todas las víctimas anteriores son residuos en una cultura de residuos, que proporciona a cada residuo su vertedero. La exclusión es la característica de un sistema en unos tiempos en los que la flexibilidad se ha vuelto un componente identitario en las sociedades occidentales. Ante una incertidumbre creciente, originada en la precariedad laboral (y vital), el Estado necesita dirigir el peso de las tensiones globales hacia ciertos sectores poblacionales, convertidos en deshechos por su condición de marginación.
De ahí la criminalización de los movimientos sociales y migratorios, junto a la purga de los elementos no funcionales a los intereses sistémicos. En esas condiciones, la única opción que nos resta es la de tomar conciencia de la situación: el Estado explota nuestro miedo a la muerte para estructurar un sistema homogéneo y que fomenta la exclusión social. Nuestra es la tarea de volver a elevar a la libertad, la dignidad y el respeto por los derechos humanos al lugar que corresponde.
miércoles, 20 de enero de 2010
¿Terrorismo de Estado?
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martes, 12 de enero de 2010
Centenario cenetista: 100 años tras las barricadas

Con la promesa de emancipación más vigente que nunca, la Confederación Nacional del Trabajo (CNT) cumple 100 años. Tras un siglo de luchas detrás de las barricadas, parece que no está el patio para celebraciones. Al declive generalizado de los valores sindicalistas tras la flexibilización impuesta por las reformas laborales, cabe sumar un proceso endémico de desestructuración que, a lo largo de los años, ha sufrido el movimiento anarcosindicalista. Lejos están aquellas cifras de más de dos millones de afiliados alcanzadas por la CNT en 1937. Hoy, como consecuencia de esa degradación y los continuos movimientos de criminalización del movimiento libertario, el número de afiliados es mucho menor, incluso sumando los números de la CGT (sección escindida hace años de la CNT y hoy mayoritaria).
Pero si por algo se ha caracterizado el movimiento anarconsindicalista (sobre todo el protagonizado por la CNT) es por huir de las cifras. Sobradamente conocida es su actitud de no admitir subvenciones estatales, por el componente de servilismo que sus miembros entienden al que va asociado. La CGT, por su parte, sí que las acepta, en una acción que puede ser más o menos reprochada, pero que obtiene sus frutos en unas campañas mucho más elaboradas y una mayor presencia social en el panorama sindical español. Aún así, quizás es cierto que esa división en las filas libertarias no haga más que profundizar en la desmembración de un movimiento que hace años que se percibe como individualizante por parte de muchos, sobre todo en los jóvenes. Y eso que hoy hay más reivindicaciones que reclamar que nunca. Hoy, que la patronal amenaza con el despido libre y los ERE se multiplican en las grandes empresas. Hoy, en 2010, 100 años después de la fundación de la CNT, cuando casi 5 millones de parados/as suman las listas del paro. Hoy, fecha en la que los sindicatos mayoritarios, fieles corderos del poder económico, dan su brazo a torcer por las subvenciones del PSOE y la succión de las arcas del Estado.
Pero, quizás, al movimiento libertario, le sobra pesimismo. A lo mejor la utopía es percibida como demasiado utópica. Y nada lo es cuando pueden ponerse medios para llevarlo a cabo, como decía Horckheimer. Quizás quepa recordar los grandes logros del anarcosindicalismo en este país. A lo mejor sea hora de rememorar aquellos tiempos en los que la revolución libertaria estuvo a punto de triunfar en territorio español. Aquellos años en los que las tierras eran para el que las trabajaba y las colectivizaciones daban trabajo a cientos de personas. Aquellos años, en los que, como bien demuestra el documental «Vivir la utopía», la mujer dejó de ser esclava para convertirse en herramienta fundamental en la retaguardia republicana. Aquellos días de la guerra, en los que los Ateneos Libertarios, claves en la difusión de la cultura libre, florecían libres por todos los puntos de la geografía estatal. Qué tiempos aquellos, en los que a punto estuvieron los anarcosindicalistas de conseguir su sueño: el de ver materializada La Idea que, en 1868, Fannelli importó, consistente en el logro supremo de la emancipación laboral y humana como único paso hacia la justicia, la solidaridad y la libertad.
Pocos/as son los que quieren recordar todos aquellos logros del anarcosindicalismo. Y muchos/as los que siguen criminalizarlo, culpando al movimiento libertario de rémora para ganar la guerra. Únicamente se le identifica con la quema de Iglesias, con la muerte de inocentes, con la indisciplina y la expropiación continuada de los bienes burgueses. Todos los extremos se tocan, dirán los más asiduos a las frases incoherentes y simplonas. A ellos/as sólo cabe decirles que aquellos fueron sucesos desagradables. Pero nunca fenómenos que tuvieron su raíz en el anarconsindicalismo, fiel precursor de ideales pacifistas y antimilitaristas. Una guerra es una guerra, y en la defensa de la libertad y la justicia pueden hacerse las mayores atrocidades, cuando se siente el odio y la rabia contra todo aquello que impulsó el levantamiento fascista del 18 de julio de 1936. Burguesía, Ejército, Iglesia y Poder político (encarnado en la CEDA y otros partidos conservadores). Esa era la combinación más macabra por entonces y hacia la que se dirigieron todos los ataques, porque en ellos se había engendrado una guerra fruto de la intolerancia hacia los avances de la República. Nunca cabe justificar todos los ataques, pero sí comprenderlos. Fueron individuos movidos por el dolor, y nunca sindicatos o colectivos, los que los promovieron.
Luego vino la cruenta guerra y la infinita posguerra. Los anarquistas tuvieron que soportar los embistes provinentes de varios frentes. Por un lado, el ejército fascista, comandado por un enano intransigente de nombre poco pertinaz para el caso. Por el otro, un ataque más doloroso, porque suponía la traición. La traición a los ideales revolucionarios, procedentes de las estrategias sectarias del Partido Comunista. Ellos fueron los culpables de que se perdiera la guerra. Ellos debilitaron la defensa de la República, ellos y sus checas, en las que murieron decenas de libertarios/as. Ellos y sus tácticas contrarrevolucionarias. Ellos, que ahora son los bien parados de todo el proceso.
Ellos, que provocaron los sucesos sangrientos de mayo del 38, sin duda definitorios de final de la contienda civil. Tantos anarquistas murieron, tantos fueron asesinados por unos y por otros, que el movimiento devino de la noche a la mañana en un conglomerado de escasos supervivientes.
Y luego vino la dictadura. Todos los logros machacados, y la CNT, condenada al exilio. La primera oportunidad fue en vano, pero no por ello cabe perder la esperanza. El anarcosindicalismo sigue trabajando duro, con orgullo, dignidad y varios frentes abiertos de lucha al margen del sistema capitalista. Sólo cabe seguir profundizando en esas brechas y desear fervientemente que la CNT dure otros cien años más al pie de las barricadas.
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miércoles, 6 de enero de 2010
Los que se bajaron

2009 ha sido un año trágico en cuanto al número de suicidios globales. La OMS ha contabilizado, por primera vez en la historia, más de un millón. Aunque los países pobres siguen encabezando la lista, lo más llamativo es el gran aumento producido en los países ricos. La crisis económica ha puesto en la palestra un problema endémico del que, sin embargo, a penas se habla, y que de hecho está relativamente prohibido en los medios de comunicación. Y lo cierto es que las perspectivas futuras no son buenas: el mismo estudio de la OMS determina que en 2020 ya serán más de 1.200.000 personas las que decidan acabar con su vida en todo el mundo. En Francia, el suicidio se ha convertido en 2009 en la tercera causa de mortalidad (por encima de los accidentes de tráfico). Es sobre todo en el país galo donde se pone de relevancia la estrecha relación entre el paro y el suicidio (destacando los 25 suicidios de empleados en France Telecom).
Las pocas ocasiones que se comenta el tema del suicidio, seguramente el por qué lo hicieron es la principal cuestión. ¿Qué lleva a una persona a quitarse la vida, a decidir que no vale la pena continuar? Ya hemos destacado el paro como uno de los principales motivos. Pero no podríamos continuar sin nombrar otro más abstracto: la pérdida de los valores identitarios en los países capitalistas. Bakunin sostenía que no se puede escapar a la identidad. Es algo inevitable. «Aquel que nace en una sociedad sacerdotal, será sacerdote; el que lo haga en una sociedad capitalista, inevitablemente será un capitalista», y así hasta el infinito. Es decir, a diferencia de lo que decían los idealistas, nacemos esclavos, dependientes de las condiciones de la sociedad en la que lo hemos hecho. Y es tarea nuestra el poner los medios a nuestro abasto para lograr la emancipación y alcanzar la libertad. Ahora bien, mucho se pierden por el camino. ¿Qué supone vivir actualmente en un sistema con economía liberal de mercado? En el plano personal, varios problemas, entre los que destaca, quizás, el individualismo. Bakunin ya alertaba sobre sus consecuencias en el siglo XIX, y no iba desencaminado. «El hombre aislado no puede tener conciencia de su libertad», escribió en Dios y el Estado.
Queramos o no, buena parte de nuestra sociedad se halla condenada al aislamiento más atroz. Nos dominan las identidades de usar y tirar, mudamos de traje como las serpientes, en función de nuestro propio interés, pero nos es cada vez más difícil encontrarnos a nosotros mismos y al otro, autocondenándonos a la soledad. El fenómeno hikikomori –los adolescentes japoneses que no salen de sus habitaciones alcanza la cifra de 1.200.000- se traduce en Occidente en la generación de los ni-ni (ni estudian ni trabajan). Los jóvenes de hoy en los países del Estado del Bienestar se abocan a un mercado laboral caracterizado por la flexibilidad, a un paro convertido en estructural. Como, según Ulrich Beck, «en una sociedad individualizada, los problemas sociales se convierten en fracaso propio», podemos hallar como la presión social por el hecho de que se reconozca nuestro trabajo (otra obsesión habitual) pueda conducir a desearse la propia muerte si nos hemos visto en una frustración significativa.
Pero la flexibilidad no es sólo laboral. La nueva modernidad nace amante de las continuas transformaciones. El compromiso y el sentimiento de pertenencia a un grupo o a una relación se desvanecen. Es difícil hacer amigos en el trabajo cuando se cambia tan rápido de empleo, de la misma forma que es complicado mantener una relación en el estado de deterioro en el que está el compromiso. Esa inestabilidad global resulta desoladora para muchas y muchos que, incapaces de seguirle el ritmo a la sociedad, se abstraen de ella. Y lo hacen mediante diversos caminos, que conducen a otros tantos problemas propios de los países ricos. El consumo de estupefacientes (13,3 millones de personas en el mundo son adictas), el aumento de las enfermedades mentales, así como el de las depresiones (más de 2 millones de depresivos en España), y, por supuesto, del número de suicidios. Todos ellos temas tabú y muy presentes a nuestro alrededor. Cada vez son más los que deciden bajarse del tren de la sociedad capitalista, posiblemente directa culpable de esa “masacre” (¿intencionada?) de los no aptos o los que no se adaptan a las pautas del Sistema.
Quizás resulta cínico aventurarse a culpabilizar al sistema económico actual de la muerte de todas esas personas, pero las cifras están ahí, y nos dicen que –en contra de lo que podría pensarse- aunque aumente el PIB de un país, el número de suicidios no precisamente disminuye. Fue, sobre todo, a partir de los 80, cuando se ejecutaron las reformas laborales en varios países, cuando el número de suicidios comenzó a ascender dramáticamente. No hay duda de que un sistema que potencia la competencia feroz en la jungla de las oportunidades perdidas, así como valores individualistas que nos dejan solos ante la inmensidad del mundo y la sociedad, es potencialmente autodestructor. Y lo es tanto en jóvenes como en adultos, en mujeres y hombres en proporciones prácticamente iguales. Para terminar, y por continuar con Bakunin, otra de sus míticas frases: «la única forma de lograr la emancipación del estado de esclavitud en que nace el hombre es la rebelión contra sigo mismo y contra la sociedad que lo ha visto nacer, porque un hombre no es libre hasta que todos los que le rodean lo son también».
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sábado, 2 de enero de 2010
Ellos no son los héroes
Resulta paradójico que el sector empresarial sea quizás el que mejor parado esté saliendo de la lluvia de palos por parte de la opinión pública, con la crisis económica. Sindicatos, Gobierno (personalizando siempre en la figura de ZP) e incluso lxs trabajadorxs, sin embargo, no se libran de los azotes. Con varias personas he dialogado sobre el tema, creando una especie de quién es quién en la crisis económica, y siempre tienen inconvenientes a la hora de criticar la actitud de la clase empresarial, por el simple hecho de que crean riqueza. ¿Crean riqueza? Esa es la justificación que hayan los medios, la patronal y parte de la sociedad para sacralizar a lxs empresarixs. Con ello se consigue el propósito que la clase burguesa lleva persiguiendo desde tiempos inmemoriales: la aceptación de la sumisión de lxs dominados frente a lxs dominantes.
¿Cuál ha sido el trayecto histórico que se ha seguido para terminar haciendo la ola a la patronal, cuándo en los años 50 todavía eran lxs obrerxs lxs héroes y la clase empresarial el gran objetivo a batir? Quizás todo venga de la implantación del Estado del Bienestar, un nuevo modelo que generó de repente el pleno empleo estable, un largo período de crecimiento sostenido y fantasioso. Pero luego llegó la caída. La crisis del 73 dejó en evidencia que se había llegado a una sobreproducción con el modelo fondista de los 50 y 60 y los beneficios empresariales se desplomaron. Así llegamos a los años 80, cuando se imponen las políticas neoliberales que marcan lo que se llamó “el rejuvenecimiento del capitalismo”, con la orientación de los beneficios no en la reinversión productiva, sino en las inversiones rentables pero inseguras (financieras o inmobiliarias).
Pero el verdadero cambio se produjo en las condiciones laborales. El Estatuto de los Trabajadores, firmado por las patronales en 1984, abrió el camino a la precariedad laboral de hoy. Flexibilidad, diversificación y auge de los trabajos temporales: un tridente demoníaco que pasó a engrosar las colas del desempleo. Esa pérdida de empleos se agravó, además, con la terciarización de la sociedad (trabajos desarrollados por máquinas) y la deslocalización de buena parte de la producción a países con mano de obra barata. La incertidumbre y el riesgo laboral a perder el empleo (que ya casi nunca es de larga duración) marca la psicología de una nueva generación que, preocupada por perder su puesto de trabajo, debe competir ferozmente con otrxs.
Además, poco a poco la clase empresarial y la ideología del libre mercado ha ido ganando terreno a la lucha sindical, convertida ahora en una lucha residual. El nuevo orden laboral no es colectivo, sino que nos lleva a percibir el trabajo de manera individualizante, lo que conllevó a la lógica desestructuración de la ideología sindical. Nos hicieron creer que todo estaba ganado y, cuando nos dimos cuenta de que no era así, ya era demasiado tarde para reactivar el sindicalismo, que ahora vaga moribundo. Lo que hay que recordar –parece que nadie lo hace- es que es el/la trabajador/a el/la que vende su fuerza de trabajo. El empresario no es el “crea riqueza”, sino el trabajador, con la obra de sus manos. Pero el empresario sólo mira por su propio interés, nada le importa dónde vaya a parar el trabajador si su empresa quiebra. Además, la relación entre ambos es casi inexistente hoy en día, puesto que gran parte de las empresas ya trabajan en modelos donde no existe relación cara/cara empresario-trabajador.
Ahora el capitalismo ha vuelto a entrar en crisis. Los parches se agotan, porque está demostrado que las bruscas recesiones son inevitables. Rejuvenecer de nuevo un sistema económico que está degradado y pasado de fecha es imposible. Las condiciones laborales no mejoran y los jóvenes tenemos cada vez más dificultades para encontrar empleo. Resucitemos, pues, unas palabras de uno de los sindicalistas más aclamados de la historia: Buenaventura Durruti, que dijo en un monumental discurso, poco antes de morir: “Al capitalismo no se le reforma, sino que se le destruye, porque fascismo y capitalismo son una misma cosa”. Queda mucho que hacer para evitar nuevos recortes en los derechos de lxs trabajadorxs. Una nueva reforma laboral planea y las ansías de la CEOE (con un presidente decrepito y corrupto como cabeza de cartel) por conseguir el despido libre y fomentar los ERE’S no parece tener detención.
Recuperemos, pues, el espíritu de antaño. Tomemos conciencia de que la producción es obra del trabajador. Así en Telemadrid no podrán comparar las manifestaciones sindicales con las de un franquismo que añoran demasiado. De esa forma, sólo de esa forma, los medios conservadores no podrán criticar al obrero que se lanza a la calle para repudiar una situación dónde es el peor parado (recordemos que buena parte de los empresarios gana más en crisis que fuera de ella).
¿Cuál ha sido el trayecto histórico que se ha seguido para terminar haciendo la ola a la patronal, cuándo en los años 50 todavía eran lxs obrerxs lxs héroes y la clase empresarial el gran objetivo a batir? Quizás todo venga de la implantación del Estado del Bienestar, un nuevo modelo que generó de repente el pleno empleo estable, un largo período de crecimiento sostenido y fantasioso. Pero luego llegó la caída. La crisis del 73 dejó en evidencia que se había llegado a una sobreproducción con el modelo fondista de los 50 y 60 y los beneficios empresariales se desplomaron. Así llegamos a los años 80, cuando se imponen las políticas neoliberales que marcan lo que se llamó “el rejuvenecimiento del capitalismo”, con la orientación de los beneficios no en la reinversión productiva, sino en las inversiones rentables pero inseguras (financieras o inmobiliarias).
Pero el verdadero cambio se produjo en las condiciones laborales. El Estatuto de los Trabajadores, firmado por las patronales en 1984, abrió el camino a la precariedad laboral de hoy. Flexibilidad, diversificación y auge de los trabajos temporales: un tridente demoníaco que pasó a engrosar las colas del desempleo. Esa pérdida de empleos se agravó, además, con la terciarización de la sociedad (trabajos desarrollados por máquinas) y la deslocalización de buena parte de la producción a países con mano de obra barata. La incertidumbre y el riesgo laboral a perder el empleo (que ya casi nunca es de larga duración) marca la psicología de una nueva generación que, preocupada por perder su puesto de trabajo, debe competir ferozmente con otrxs.
Además, poco a poco la clase empresarial y la ideología del libre mercado ha ido ganando terreno a la lucha sindical, convertida ahora en una lucha residual. El nuevo orden laboral no es colectivo, sino que nos lleva a percibir el trabajo de manera individualizante, lo que conllevó a la lógica desestructuración de la ideología sindical. Nos hicieron creer que todo estaba ganado y, cuando nos dimos cuenta de que no era así, ya era demasiado tarde para reactivar el sindicalismo, que ahora vaga moribundo. Lo que hay que recordar –parece que nadie lo hace- es que es el/la trabajador/a el/la que vende su fuerza de trabajo. El empresario no es el “crea riqueza”, sino el trabajador, con la obra de sus manos. Pero el empresario sólo mira por su propio interés, nada le importa dónde vaya a parar el trabajador si su empresa quiebra. Además, la relación entre ambos es casi inexistente hoy en día, puesto que gran parte de las empresas ya trabajan en modelos donde no existe relación cara/cara empresario-trabajador.
Ahora el capitalismo ha vuelto a entrar en crisis. Los parches se agotan, porque está demostrado que las bruscas recesiones son inevitables. Rejuvenecer de nuevo un sistema económico que está degradado y pasado de fecha es imposible. Las condiciones laborales no mejoran y los jóvenes tenemos cada vez más dificultades para encontrar empleo. Resucitemos, pues, unas palabras de uno de los sindicalistas más aclamados de la historia: Buenaventura Durruti, que dijo en un monumental discurso, poco antes de morir: “Al capitalismo no se le reforma, sino que se le destruye, porque fascismo y capitalismo son una misma cosa”. Queda mucho que hacer para evitar nuevos recortes en los derechos de lxs trabajadorxs. Una nueva reforma laboral planea y las ansías de la CEOE (con un presidente decrepito y corrupto como cabeza de cartel) por conseguir el despido libre y fomentar los ERE’S no parece tener detención.
Recuperemos, pues, el espíritu de antaño. Tomemos conciencia de que la producción es obra del trabajador. Así en Telemadrid no podrán comparar las manifestaciones sindicales con las de un franquismo que añoran demasiado. De esa forma, sólo de esa forma, los medios conservadores no podrán criticar al obrero que se lanza a la calle para repudiar una situación dónde es el peor parado (recordemos que buena parte de los empresarios gana más en crisis que fuera de ella).
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domingo, 27 de diciembre de 2009
Sobre el desencanto político y el inmenso vertedero

No hubo sorpresas en la asamblea de ayuntamientos adheridos al Consorcio de Residuos del área de gestión 2. Con el apoyo del 80% de los 93 municipios formantes (sólo 9 votaron en contra), la empresa FCC-Dimesa ha recibido el beneplácito para gestionar las basuras que diariamente generan los 315.000 habitantes censados en un total de cinco comarcas. Lo hará a cambio –ni más ni menos- que de 21 millones de euros al año. Primero, claro está, deberá aportar los títulos de propiedad de los terrenos –arduo es el rumor de pelotazo descarado en las propiedades del consejero delegado de la empresa Llanera-, aunque lo cierto es que no importa porque, en caso contrario, el consorcio expropiaría los terrenos y todos amigos. Asunto destacado de todo el proceso es la oposición de 180.000 personas, materializadas en firmas, aunque parece que no es prioridad del Consorcio establecer un debate claro con los vecinos y las vecinas afectadxs.
Pero vayamos a las cifras, sobre todo las negativas. La fecha para la apertura de la planta de valoración: 2015. A partir de entonces, se tratarán 169.000 toneladas de residuos sólidos urbanos al año. Las dimensiones del macrovertedero, por otra parte, serán de 183.902 metros cuadrados: aproximadamente unos 25 campos de fútbol (que se dice pronto). Como sabemos, la llegada de residuos comporta la destrucción de la naturaleza, otro punto fuerte que deberá tener en cuenta el futuro informe de impacto ambiental (si es que lo hay). Y es que el Consorcio parece obviar que el monte ha sido (y es) nuestro principal motivo de existencia, el sol que ilumina a unas localidades pequeñas que sin esos parajes naturales no tendrían sentido. Municipios de interior privados de su naturaleza, de su fuente de vida y existencia.
No queda más que decir, la guerra es declarada con los principios de las grandes ciudades: aquí uno (o una) se viene encontrar tranquilidad, a descansar, a respirar el aire puro imposible en las grandes ciudades turísticas. Pero a los urbanitas poco les importa que no podamos respirar, que probemos de su medicina, porque el turismo de interior siempre ha reportado menos beneficios que el de las grandes ciudades. Y a partir de ahora, ni que decir tiene, que aún reportará menos. La ineficacia de un vertedero tan inmenso está ya probada. Imágenes del de Vitoria (www.noalmacrovertedero.net) relucen una gestión donde las filtraciones de lixiviados son irremediables, así como los malos olores, el deficitario tratamiento de residuos (de nada vale reciclar) o las famosas gaviotas (y no precisamente del PP).
Visto está que no es esta una causa partidista. Y no lo es visto que prácticamente ningún ayuntamiento se ha opuesto a la medida, lo que contrasta con esas 180.000 firmas presentadas por la Plataforma. Tampoco nos cuadra el número de banderas amarillas que cientos de vecinos de las principales poblaciones afectadas todavía a día de hoy mantienen en sus balcones, lo que demuestra la fuerte vitalidad de un movimiento vecinal sin partidos como intermediarios. Porque se ha visto que la pragmática coalición PPSOE no ha funcionado en este caso: no funciona, de hecho, cuando el dinero está de por medio. Y siempre lo está. Ahora que los tertulianos se rasgan las vestiduras porque la confianza en los políticos está bajo mínimos. Ahora que la encuesta del CIS considera a los políticos como el tercer principal problema del Estado Español.
Ahora, es el momento de preguntarse por qué. ¿Por qué un movimiento consolidado de ciudadanos no encuentra representación alguna en sus supuestos representantes? ¿Por qué los partidos están tan alejados de las verdaderas reclamaciones de sus votantes? ¿Por qué hay tanta corrupción? Una infinidad de cuestiones sin respuesta aparente para los tertulianos y que viene a certificar una rotunda hipótesis: ¿no será que los partidos políticos, que el poder en general, ejerce una barrera en la consecución de las demandas ciudadanas? ¿No será ya hora de vivir sin un gobierno sin organizaciones políticas de por medio? ¿No habrá que pensar en que el gobierno sea por fin el nuestro, el de las asambleas de vecinos y la democracia directa? En fin, muchas preguntas y pocas respuestas, dirán los más escépticos y defensores de la representatividad. No sé, será que estoy hoy muy aristotélico.
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lunes, 14 de diciembre de 2009
La renovación pedagógica pendiente

Hace cien años, fusilaron a Francisco Ferrer i Guardia (1850-1909), promotor de una renovación pedagógica basada en los principios libertarios de solidaridad, justicia e igualdad. Lo que, traducido en palabras de Mijail Bakunin viene a ser la verdadera condición humana. La Escuela Moderna o Libres, como se conoce al tipo de colegios surgidos de aquella corriente, promovían –ya a principios del siglo XX- una educación igualitaria entre sexos (lo que suponía toda una revolución) y un currículum escolar que eliminaba los exámenes y todo símbolo de distinción o de competitividad entre las alumnas y los alumnos. La obligatoriedad dejaba de serlo y las clases se basaban en un método de preguntas y respuestas, o mediante actividades lúdicas mediante las que se enseñaban los preceptos básicos de ciudadanía.
Todo eso hoy se ha perdido. Siguen habiendo Escuelas Libres, pero su carácter no institucionalizado les quita fuerza de validez, en una sociedad estandarizada donde se obliga a pasar por una serie de fases (o aros) para que una persona se convierta en perfecta ciudadana. Ferrer i Guardia fue fusilado simplemente por su carácter libertario, por oponerse al orden establecido, y porque Alfonso XII debía matar a alguien para resarcirse del atentado que contra él planeó otro anarquista, Mateo Morral. Ellos dos, Morral y Guardia, encarnan dos modelos libertarios frustrados igualmente por el poder de la autoridad: el pacífico y a largo plazo, encarnado por una educación laica y basada en la racionalidad; frente al anarquismo de la acción directa, la bomba y la propaganda por el hecho. Ambos pueden ser defendibles o no, pero de eso no quiero ocupar estas líneas.
Vuelvo a repetir la figura lacista que encarnó también Ferrer i Guardia. Ferviente materialista, estaba con Bakunin en aquella famosa frase que le pegaba la vuelta a la de Voltaire (si Dios no existiera habría que inventarlo), y decía Bakunin: si Dios existiera, habría que exterminarlo. ¿Por qué? Porque su existencia supone la genuflexión de la humanidad hacia el concepto de perfectitud que encarna la divinidad. Mientras existan dioses, existirán esclavos. Por eso no sólo se eliminaron los crucifijos de las aulas, sino que uno de los saludos comunes entre los alumnos encabezaba por la frase: no hay Dios. Hoy, la triunfante Iglesia Católica –impune de los crímenes cometidos durante la era franquista- sigue pregoneando la imposición de sus signos, en una sociedad más multicultural que nunca, y defendiendo causas perdidas con un amplio eco en los medios de comunicación.
Parece que no hay salvación en la escuela institucionalizada. La última propuesta, la de dotar a los profesores de un cargo de autoridad, sigue siendo posiblemente muy insatisfactoria. Porque el problema no es la carencia de autoridad, sino la falta de aprovechamiento. Las alumnas y alumnos se encuentran con una libertad que no pueden hacer verdaderamente efectiva dentro de las aulas, porque los rígidos horarios de materias que de poco les servirán en un futuro les obligan a perder una valiosa juventud con el trasero pegado a un asiento. Es como si a las palomas se les cortaran las alas, como si camináramos hacia atrás, como los cangrejos. ¿De qué vale la libertad, si no se puede hacer uso de ella? Inteligencia emocional, empatía, solidaridad. Esos son los conceptos que hacen falta en la escuela.
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martes, 1 de diciembre de 2009
La deuda del mundo con América Latina (II): Honduras

La historia vuelve a repetirse. Todo el mundo se entromete en los asuntos del continente latinoamericano, pero éste siempre acaba resultando perjudicado. El primer batacazo en materia internacional del superpresidente Obama pasa por Honduras. Ahí es donde ha terminado por descarrilar su tren de credibilidad, que ya iba tambaleándose por el camino del descrédito. La cuestión es que, al final, ha pasado lo que los expertos de izquierdas temían. Un golpe de estado en primera instancia condenado por la opinión internacional –pero siempre con medias tintas- que degenera en un proceso de agotamiento de los hondureños y las hondureñas. Una negativa a devolver al poder al constitucionalmente elegido Manuel Zelaya sucedida por la convocatoria de elecciones por el militar Micheletti que termina con unas elecciones donde la abstención supera el 60% y resulta como vencedor un conservador. De repente, el inmenso apoyo popular que tenía Zelaya ha desaparecido, incluso del discurso mediático. Un golpe de Estado militar impune y aquí no ha pasado nada.
Carlos Herrera, el hombre-anuncio (cada dos por tres se llena la boca de publicidad comercial en su programa radiofónico), sin embargo, calificó a las elecciones de “perfectamente legales” y de “un triunfo para la democracia”. Sin embargo, para él, como para tantísimos periodistas (que han perdido definitivamente el norte de la imparcialidad y el juicio sereno), que triunfe la democracia significa que triunfe el conservadurismo, ahora encarnado en el país hondureño por Lobo. Y precisamente el nuevo presidente ilegítimo será eso: un lobo para el desprotegido pueblo de Honduras, una nación que suma a los maltratos internacionales hacia el continente sud-americano. Obama se ha apresurado a darle la bienvenida. Seguro que las empresas norteamericanas vuelven a babear ante las nuevas perspectivas comerciales. Sin duda, el triunfo es que en Honduras no exista un presidente amigo de Chávez y Evo Morales, calificados por los medios capitalistas como “el eje del mal”.
Y si ese eje del mal ha sido elegido democráticamente en las urnas, se le llama populismo. Se apoyan golpes de Estado militares para derrocar a los gobiernos. Lo que sea con tal de “liberar” a los países. ¿De qué se les libera? Del yugo que para los países occidentales representa el socialismo. Y no hablamos del socialismo impostor del gobierno de Zapatero y compañía (que tampoco se ha atrevido a condenar las elecciones), sino al que pone en jaque el libre comercio, opresor para los países empobrecidos. Quienes se ven perjudicados con presidentes como Chávez o Evo Morales no son otros que los intereses empresariales de las compañías españolas como Repsol o Gas Natural, o incluso de los conglomerados periodísticos como Prisa, con grandes intereses en países como Venezuela o Colombia.
La deuda del mundo con Latinoamérica va en aumento. Obama ha demostrado que el pueblo latinoamericano no puede confiar tampoco en su política para salir del camino errático de las dictaduras militares. La única solución debe venir –perdido el apoyo internacional- del pueblo. Revolución o inanición. Esa es la consigna que deberá emprender la ciudadanía para conseguir el poder del pueblo y para el pueblo; un poder que es negado constantemente por las urnas.
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