lunes, 17 de mayo de 2010

La estela de un cantautor inmortal


Un torbellino artístico arrasó este fin de semana el Gran Teatre de Xàtiva. Los años no pasan para él y su música. Escuchándolo, cualquiera diría que su voz se ha mantenido infranqueable desde aquellos míticos recitales en medio de la agonía franquista. La llama combativa sigue ardiendo en su interior. A sus setenta años, Raimón no conoce de derrotas, lo suyo es una continúa pugna contra los elementos. Es la viva imagen de los antiguos héroes: esos que eran inmortales y salían siempre airosos. La cançó del cantautor de Xàtiva será siempre nova y, con ella, continuará teniendo siempre los mismos componentes asociados: la protesta como forma de composición, la lengua como manera de expresar la propia identidad.

Tampoco ha perdido el sentido del humor. Entre canción y canción, sus intervenciones estuvieron caracterizadas por sembrar las risas entre los asistentes, incluso en el momento en el que un error le llevó a tener que recomenzar una de las canciones interpretadas. Pero no pasó nada, Xàtiva se lo perdona todo –como gritó un espectador desde las alturas-. Y, sobre todo, lo que más congracia es comprobar como Raimon sigue siendo el mismo de sus comienzos, el poeta del pueblo, situado a la misma altura que sus congéneres, y no por encima. No hay rastros de engreimiento ni de soberbia en él, como en tantos otros artistas de su generación y posteriores. Es consciente de que si ha llegado hasta donde ha llegado, es gracias al público fiel, y a ellos se lo debe todo.

Fue elegante también eludiendo entrar en las estériles disputas políticas que precedieron su recital. Los partidos políticos ansían hacer mercadeo con todo aquello de lo que puedan extraer votos. Raimon no es una excepción. El inefable alcalde de Xàtiva se negó a hacerle un homenaje como toca: ni medalla de oro ni calle en su nombre. A toro pasado, eso poco importa. Da igual porque el mejor reconocimiento hacia el artista es el que se le ofreció dentro del teatro. Es el público el que debe homenajearle, y no una autoridad política. La cultura encuentra su base, su razón de ser, en el pueblo llano, no en ninguna elite. La elite es más bien inculta, prefiere lo deslavazado, la ignorancia de la ciudadanía. Qui ja ho sap tot que no vinga a escoltarme, reza una canción de Raimon. Nada más esclarecedor para entender al incombustible poeta.

Incombustible porque, a su edad, ha ofrecido tres recitales en dos días. Otro rasgo más que elogiar para ensalzar su figura, junto a esa honradez tan característica que le lleva a ponerse nervioso a la hora de hablar ante el auditorio, con esas 800 miradas penetrantes clavadas en su persona. «M’expresse millor cantant», se disculpaba, visiblemente emocionado por el hecho de volver a su tierra, 50 años después de Al vent y ocho años más tarde de la última actuación en Xàtiva.

Y cantó. Cantó y recitó durante más de hora y media, junto con un grupo de experimentados músicos que no fueron motivo de pero alguno. Un recital antológico, en una perfecta mezcolanza de piezas nuevas y reliquias que marcaron la vida de toda una generación. Raimon y su conjunto supieron mantener el ritmo de la actuación, que no decayó en ningún momento. Los minutos finales fueron un castillo de fuegos artificiales. La selección de piezas, absolutamente encomiable, deleitó a los espectadores y las espectadoras con las canciones más conocidas, esas que marcaron una época. Casi por obligación, como la obligación de todo experimentado artista al que le acompaña el repertorio de sus inicios. Pero Raimon disfrutó, gozó viendo a la gente gozar y se despidió. La tierra que lo vio nacer ya llora de nuevo su partida, pero, como siempre, espera que pueda volver lo más pronto posible, como reza otra de sus canciones.

jueves, 13 de mayo de 2010

Comunicado de la Plataforma No al Macroabocador de Llanera



Nos lo jugamos todo en LLanera. Si dejamos que nos impongan el macrovertedero pasaremos de ser una comarca con futuro a ser el futuro vertedero de todos los valencianos. Nuestro futuro no depende ni de colores ni de rencillas, porqué el vertedero será o no será para todos.

Desde la Plataforma queremos invitar a todos los integrantes de nuestra sociedad independientemente de quiénes sean y de donde vengan a participar en la manifestación que celebraremos el sábado día 15 a las 17:30 en Xàtiva. No podemos consentir que las 18.000 firmas que ha reunido la Plataforma ni que la buena voluntad de todas las personas que han aportado algo en la lucha contra el macrovertedero sean ignoradas por un Consorcio que obedece a intereses que cada vez parecen menos claros.

Necesitamos que ahora que se está diseñando la nueva política valenciana en materia de residuos nuestra voz sea escuchada, para acabar de una vez por todas con los macrovertederos y ofrecer alternativas seguras para todos y que no supongan la ruina de uno u otro territorio. Por eso es importante que el sábado no falte nadie, porque hace falta que a los ciudadanos nos den la palabra.

Desde la plataforma convocamos a TODOS LOS PARTIDOS POLÍTICOS y a TODOS LOS AGENTES SOCIALES con sedes y afiliados en nuestros pueblos y a TODAS LAS ASOCIACIONES -AMBIENTALES, CULTURALES O DE CUALQUIER OTRO TIPO- presentes en nuestros pueblos, a que vengan a la manifestación con las pancartas y otros materiales que consideren oportunos para expresar la oposición que sienten ante el proyecto del Macrovertedero de Llanera.

PORQUÉ PARA PARAR EL VERTEDERO HACEMOS FALTA TODOS

Y TODOS SOIS BIEN VENIDOS

LA PLATAFORMA

domingo, 9 de mayo de 2010

El nuevo descontento democrático



El período de la Restauración (1875-1898) suele ser valorado por algunos como la más larga etapa de estabilidad institucional frente a los convulsos decenios anteriores, caracterizados por pronunciamientos militares y revoluciones varias. Lo cierto es que sus autores condimentaron al sistema con una serie de ingredientes que lo harían perfecto en la práctica. Durante años, los dos partidos mayoritarios, el Partido Conservador y el Partido Progresista se turnarían automáticamente en el poder en medio de prácticas caciquiles y manipulaciones del voto popular. Las elecciones eran el resultado de un acuerdo previo entre los partidos dinásticos sobre cuál de ellos debía gobernar en cada momento, en función de las circunstancias.

A cambio, los auténticos beneficiados eran los caciques de las ciudades y los pueblos, que compraban votos a cambio a cambio de favores por la “fidelidad”. En definitiva, el pucherazo estaba asegurado, de modo que no dudaban en falsificar el censo –incluyendo a personas muertas-. Toda una serie de prácticas fraudulentas que constituía lo que en realidad era un régimen político ficticio. Es cierto, como muchos explican, el éxito del sistema, pese a su falta de libertades, conducía a un orden jamás visto hasta entonces, que aceptaba parcialmente la pluralidad, mientras reprimía los movimientos revolucionarios democráticos, que terminaban siempre por generar un caos emanado de la «voluntad del pueblo». En definitiva, era el sistema idóneo para aquellos que querían lucrarse con la política, porque garantizaba paz social para los poderosos, sin la mala prensa de un modelo dictatorial.

Hoy, en la mayoría de los sistemas de apariencia democrática, parece resurgir el sistema liberal del turno pacífico. La conflictividad es mínima en las calles, los votantes se circunscriben perfectamente dentro de la lógica bipartidista y no hay duda de que gozamos de innumerables libertades cívicas. En este caso, la actual democracia española, fue el resultado de una nueva Restauración monárquica, un momento crítico que sirvió a los de siempre para la imposición de un régimen adecuado al contexto histórico en el que se encontraban. De nuevo, se frenaron a tiempo los impulsos excesivamente democráticos, la Ley de Amnistía acalló todo intento de poner en solfa a los asesinos franquistas y la transición se hizo primando el chaqueterismo político y los buenos modos. Como si nada hubiera pasado.

Pero todo orden impuesto desde fuera a la sociedad termina siendo una bestia depredadora que asfixia el alma de los individuos. El orden es vacío. Es desorden en potencia, porque a su alrededor se ciñe la más adusta ingobernabilidad. Basta con echar un vistazo a nuestro alrededor: la corrupción política nos asola (Gürtel, Pretoria, Malaya, Filesa: mismos perros con distintos collares). El bipartidismo asfixia la voluntad popular, circunscribiéndola a dos opciones políticas que más bien parecen órganos escindidos de una misma matriz. Los sindicatos son sus vasallos, y se pierden en marañas burocráticas que de poco sirven a los millones de parados. Junto al lujo y la ostentosidad de las grandes ciudades, se alzan cementerios marginales, guetos a veces invisibles para la opinión pública, donde caminan olas de drogadictos en busca de su próxima dosis.

Y lo que es peor: el Estado ahoga las necesidades vitales, al oprimir la búsqueda de satisfacciones y circunscribir la vida al trabajo asalariado. Toda persona es un artista en potencia, pero con el actual modelo económico, a tan sólo unos cuantos afortunados se les permite serlo. El resto, viven de las desbandadas del empleo al INEM, debatiéndose entre una existencia insustancial que más se asemeja a una muerte en vida. Las calles están llenas de gente que no encuentra su hueco en la sociedad, que vaga perdida en busca de algo que se le antoja lejano. Se nos ha enseñado muy bien a trabajar y callar, estamos perfectamente domesticados. Pero los poderosos deben saber que el desorden siempre vuelve. Tienen que saber que la raza humana, por muy domesticada, no es precisamente ignorante y que las masas de descontentos pueden lanzarse en cualquier momento a tomar el Parlamento, como ha ocurrido esta semana en Grecia. Así que estaos atentos, porque la rabia late en el fondo de este sistema, en el alma de todos/as los/as oprimidos/as.

lunes, 3 de mayo de 2010

El negocio de las drogas

Protagonistas
Hoy por hoy, la droga es un negocio. Un oficio casi perfecto del que, además, viven centenares de miles de personas en todo el mundo. Se mueven millones en fluctuaciones más o menos encubiertas, y sus magnates eluden el control de la legalidad con el aliciente añadido de que conseguirán someros beneficios. Los comerciantes que se dedican a esto aprenden rápido y modifican sus comportamientos conforme las leyes tratan de perfeccionarse para atraparlos. Es inútil: ellos son más y son más rápidos. Las estructuras son tan fuertes que, si un narco es capturado, rápidamente es sustituido por otro, y así ad infinitum. Los grandes capos saben como asociarse con otros, fructificando en sólidos oligopolios con los que nada se puede hacer.

Pero detrás de ese limpio negocio hay un reguero de sangre. Los muertos entre bandas, los ajustes de cuentas y los zombis creados por la adicción son algunos de los daños colaterales de las drogas. Quizás resulta impercetible a simple vista, pero el mundo de la noche, ese mundillo paralelo al real, mueve mucho más dinero que el que configuran los sacrificados trabajadores asalariados. Por eso, cada vez son más –y sobre todo en tiempos de crisis económicas- los que escogen el camino fácil, y de la noche a la mañana se abocan a cualquier esquina a "pasar mierda". Una mierda que es consumida por los currantes del mundo real, por esos trabajadores que buscan un alivio, una vía de escape, una identidad que nunca hallarán por ese camino. Tristemente, nos guste o no, el mundo del ocio está marcado por el consumo de las drogas. Desde hombres de negocios hasta estudiantes, adinerados o mendigos. Muchos terminan sucumbiendo –sin distinciones- a ellas.

Y cuando hablamos de drogas eludimos el alcohol, el tabaco y la marihuana. Nos referimos a las drogas duras. La cocaína es sin duda la gran triunfadora en el mundo nocturno hoy en día. Quien más y quien menos conocemos a amigos o familiares que se debaten en una lucha infernal contra el demonio de la adicción. Un demonio contra el que es muy difícil vencer. Se comienza por una raya en una cena de empresa. Se termina en un centro de rehabilitación. De ese dolor, del que tan sólo los hombres de negocios que se lucran con las drogas salen beneficiados, saben muy bien aquellos que lo han perdido todo, los que se han quedado en la ruina por tener que alcanzar para una nueva dosis. El Sistema no hace nada por ellos: son fallos, daños colaterales. Ni siquiera puede reciclarlos a todos. Simplemente, los deja pudrirse en las calles. O los interna en una cárcel, donde terminan ahorcándose o mueren de sobredosis, enjaulados como perros.

Quizás ha llegado el momento de replantearse todo esto. Si la economía sumergida que gira en torno a las drogas es tan fuerte y si hay tantas víctimas a su paso, ¿por qué no se hace nada por remediarlo? La represión como arma de disuasión es obvio que no funciona. Ni funcionan los tibios anuncios institucionales en la televisión, ni los más tibios todavía programas educativos en las escuelas. No funcionan, porque en la práctica, no hay resultados. Si una cosa nos ha enseñado la gran The Wire –que no es ninguna campaña educativa, pero que resulta más pedagógica que cualquier de ellas- es que no se puede eludir más el debate sobre la legalización. Legalizar podría acabar con los camellos, con los sicarios de la droga y con la marginalidad que las envuelve. Legalizar supondría luchar contra las adulteraciones químicas y sangrientas que cada vez hacen más peligrosas a las sustancias consumidas.

Ahora bien, este es un campo en el que existe mucha demagogia. Pero también hay mucha presión para evitar la cuestión. Sencillamente, no es un debate que genere votos. Más bien, es perjudicial para ellos. Los partidos se encuentran cómodos haciendo campaña contra las drogas. Para el sistema político, las drogas son también un negocio. Se lucran prometiendo la reducción de su consumo. Pero, una vez en el poder, se dan cuenta de que es imposible luchar contra un monstruo con los tentáculos tan afilados.

Afortunadamente, el debate comienza a producirse. Y no es cosa de “cuatro colgados”, como pudieran pensar algunos. Incluso el conservador Vargas Llosa se ha pronunciado favorable al respecto. A los que siguen abogando por el encarcelamiento y la represión contra las drogas, tan sólo cabría recomendarles que se dieran un paseo por México, donde el contrabando asfixia la economía del país. O por Colombia, donde el narcotráfico controla casi la totalidad de la vida política. O, a lo mejor, tan sólo tendrían que salir a la calle y contemplar desde una perspectiva más serena la sociedad que les rodea, para comprobar que la realidad dista mucho de estar pintada de color de rosa.

lunes, 26 de abril de 2010

El cáncer del bipartidismo

A nivel local, el bipartidismo es un cáncer para la democracia. Los partidos se convierten en cúpulas burocratizadas, sometidas a los dictados que les mandan desde arriba, los líderes supremos. En Anna, recientemente, ha vuelto a ocurrir. El Partido Popular votó en el último pleno en contra de dos mociones presentadas por el equipo de gobierno, formado por la coalición PSPV-Idean, pese a estar conforme. Ese es el sistema kafkiano y democrático por el que supuestamente se rige el gobierno supuestamente adulto de nuestra sociedad.

En la primera medida, la moción proponía el incremento de las subvenciones a la Federación de Bandas de Música, que han sufrido una reducción drástica de las mismas en el mismo año, contando con una deuda de miles euros. Las bandas plantean echarse a la calle para que se les escucha, pero el Consell, mira hacia otra parte. Entre ser austeros, prefieren quitar dinero a las bandas de música –una cuestión que políticamente no les afecta demasiado- que pagarle el canon anual a Ecclestone o no celebrar la Copa América. Es cuestión de prioridades. Y en el PP de Rita y Camps, esas prioridades sobrepasan las de nosaltres, els valencians (que diría Fuster).

En fin, volviendo al asunto. ¿Realmente está el PP de Anna en contra de subir esas subvenciones a las bandas? Claro que no. De hecho, su mandamás manifestó su apoyo a la banda de la localidad, pero, por “órdenes de arriba” no podía votar favorablemente, lo cual no puede ser más lamentable. Al final, nos damos cuenta de que el aparato de apariencia democrático que rige nuestras vidas no es más que un ente tan burocratizado que alcanza la categoría de deídad totalitaria. En definitiva, las decisiones de nuestros gobernantes parecen sobrepasar la voluntad popular. ¿Realmente algún ciudadano annero que vote al Partido Popular no querría que no disminuyeran tan drásticamente la financiación a las bandas de música? Claro que no. ¿Representa realmente el partido a los ciudadanos? Por supuesto que no. Entonces, ¿nos representan los políticos verdaderamente? Es una cuestión que hay que plantearse seriamente.

El lastre del bipartidismo, cada vez más agudizado, conduce a una situación de reduccionismo simbólico del debate en la sociedad. Las informaciones se limitan a meros cruces de declaraciones entre los portavoces de los principales partidos, sobre no se qué estupidez. Basta que un partido esté a favor de cierta cosa para que el otro se posicione en contra, obligado a no darle la razón al otro. Ideológicamente, los partidos locales han perdido la identidad, y son meras marionetas manejadas aleatoriamente por las direcciones generales. Si al PP lo mandan desde Génova, al PSOE, lo mandan desde el equipo de gobierno. ¿Alguien ha escuchado a algún concejal socialista hablar mal del Plan E en público? Se pierde el hecho de discrepar. Todos los socialistas tienen que estar conformes con las posturas del gobierno, y viceversa. Los que no, se consideran disidentes, un lastre para el partido, son expulsado.

A lo que vamos es que el centralismo político nos quita posibilidades de diálogo. Las decisiones que se toman en Madrid son acatadas sin discrepancias por los políticos de toda la Península. Pero la experiencia nos muestra que la virtud verdadera está en el diálogo entre todas las fuerzas políticas, entre todas las corrientes. La virtud está en el descentralismo. La descentralización del poder lo convierte en un ente menos ofensivo y autoritario. Disolviéndose, gana capacidad de reacción. La riqueza está en la diversidad. Los partidos políticos son como religiones que imponen sus dogmas. Unos dogmas que son acatados fielmente por sus militantes, en forma de obleas consagradas. ¿Es este el espíritu libre que queremos de una sociedad democrática? Definitivamente, no.

El federalismo puede ser una opción, más o menos utópica, para la sociedad española. En realidad, es una opción seria, adaptada a la realidad de nuestros territorios, históricamente ricos y diversos. Quizás incluso sea una solución de futuro para lo que muchos consideran “el problema vasco” o “el problema catalán”. En estas comunidades lingüísticas y culturales distintas a la española, los partidos nacionalistas son considerados un lastre, porque rompen con la tradición de acatamiento respecto a las directrices que generan los grandes partidos.

Recientemente, un movimiento de “partidos independientes” (algo que puede resultar irrisorio) parece dar una esperanza a aquellos ciudadanos que ven como las rencillas internas y los dogmatismos que se producen entre los dos grandes partidos acaban por no satisfacer a la voluntad popular que es, en última estancia, en quien reside la soberanía. Grupúsculos de ciudadanos unidos únicamente por salvar sus intereses. ¿No suena romántico?

lunes, 19 de abril de 2010

Las Víctimas colaterales del conflicto Vasco

Euskaldunon Egunkaria, primer periódico editado íntegramente en euskara, fue clausurado por el juez Juan del Olmo en 2003, auspiciado por unos informes de la Guardia Civil. Cinco miembros directivos fueron detenidos y juzgados. Según la fiscalía, el periódico servía como instrumento de blanqueo de capital de la banda armada ETA, que lo habría financiado e incluso designado a sus directivos a dedo. La operación entra dentro del contexto de frenética represión que caracterizaron los primeros años del presente siglo en el Estado Español. En esa época, también se cerró EGIN, otro diario que se vinculó a ETA, dentro del macrosumario 18/98 que, encabezado por el juez Garzón, clamaba el “Todo es ETA” en la sociedad vasca.

Ahora, la Audiencia Nacional ha anunciado la absolución de los directivos de Egunkaria, ratificando la inocencia y la desvinculación del diario con el entorno de ETA. Un final feliz para los acusados, tras un calvario de siete años, en un proceso alargado, a pesar de que la fiscalía había retirado los cargos, por la persistencia en la acusación de la Asociación de Víctimas del Terrorismo (AVT) y Dignidad y Justicia.

Pero incluso más lamentable que la actuación judicial, ha sido el tratamiento del proceso a través de los medios masivos de comunicación. El 8 de marzo de 2003, el diario El País dedicaba una información a tres columnas en la portada a vanagloriar el cierre del diario, dando por hecho su actividad luctuosa y vulnerando la presunción de inocencia de los detenidos. En el interior, un editorial y varios artículos de opinión de los que extrajimos una conclusión: la cultura vasca –y, más concretamente, su lengua- estaba infectada por las posturas pro-terroristas y vinculada irremediablemente a ETA.

Fernando Savater escribía sobre la «asimilación entre el euskera y nacionalismo radical». En el cuerpo de la noticia sobre el cierre también se daba pábulo a la asociación entre la lengua vasca y el terrorismo. Las fuentes utilizadas en dicha información son exclusivamente policiales, cuando no declaraciones procedentes del Ministerio del Interior.

La noticia sobre la absolución, sin embargo, fue mucho más escueta que la del cierre. Apareció un nuevo editorial del diario, titulado «Egunkaria acaba bien» mostraba un cambio radical en la línea editorial de El País. Como si, desde un principio, hubiera rehusado del juicio. Es la actitud de tirar la piedra y esconder la mano. Tiraron la piedra cuando se inició el proceso y esconden la mano ahora, cuando se sabe la inocencia de los enjuiciados. Tiraron la piedra contra la lengua vasca al clamar que tenía relación el uso del euskara con la vinculación a ETA. Ahora, esconden la mano, y aseguran que es «un hecho erróneo vincular esa lengua con ETA».

También esconden la mano ahora, cuando informan de que «incluso los miembros de la Guardia Civil que comparecieron como peritos reconocieron que no se había investigado si la línea del periódico era o no de apoyo a ETA». Buceamos en la hemeroteca de El País, pero no encontramos estas declaraciones en ninguna información, en el momento en el que se produjeron. Simplemente, se dedicaron a acatar acríticamente la versión policial. Uno de los mayores reproches que se pueden hacer a El País es que ni siquiera leyera un ejemplar de Egunkaria antes de condenar al periódico vasco.

Tanto el citado periódico como El Mundo y ABC tienden a mezclar deliberadamente informaciones con opiniones en todo cuanto al conflicto vasco se refiere, así como a manifestar una línea editorial unívoca, donde el pluralismo se torna en espejismo. Lo hicieron cuando, tras el cierre de Egunkaria, tan sólo utilizaron fuentes estatales e institucionales. Si se hubieran molestado en no acatar la sentencia directamente, quizás hubieran descubierto que, como asegura ahora la Audiencia Nacional en su informe absolutorio: «El cierre cautelar de Egunkaria no tenía habilitación constitucional directa y carecía de una norma legal específica y expresa que la autorizara». Ahora, sin embargo, hablan de «injerencia en la libertad de prensa» (El Mundo). Nadie discrepó –en ese pensamiento único característico de los mass media españoles- sobre el cierre inconstitucional de Egunkaria cuando se produjo. Ahora, todos esconden la mano.

Abuso de fuentes oficiales, sobredimensión de los hechos antes de que hubiera una sentencia, excesivo uso de valoraciones y ocultamiento de ciertas informaciones o suposiciones. Esas son algunas de las características que marcan el tratamiento de los medios sobre el conflicto vasco. Un trato que intenta alimentar la crispación interna y que no busca alternativas de diálogos encaminadas a un proceso de paz efectivo. El estado de excepción informativa existente en Euskadi es el causante de algunas víctimas colaterales. En este caso, han sido los directivos de Egunkaria y el derecho a la libertad de prensa. ¿Quién compensará los daños morales causados por decenas de tertulianos y periodistas calumniadores?

martes, 13 de abril de 2010

El síndrome de los niños suicidas

En el mundo de hoy en día, la violencia nos atenaza. Es omnipresente. Se ha calculado que, al año, mueren 1,6 millones de personas en todo el territorio global como consecuencia de actos violentos. No hay comunidad ni país a salvo. Es un azote ubicuo que salpica a cualquier país, sin distinción de raza, sexo, edad o religión. El Centro Reina Sofía para el Estudio de la Violencia es el único en España que mide las cifras de agresiones. En su último estudio, que analizaba los sucesos ocurridos en los primeros años del siglo XXI, se comprueban incrementos de agresiones en varios puntos. Pero lo más preocupante es la crudeza de algunos testimonios, que parecen volver al ser humano irracional.

La violencia que más escandaliza es la cometida por los menores. Hace unos días, una niña de 14 años mató a una compañera de clase por que ésta se había relacionado con su novio. Hace meses, unos chavales asesinaron a una mendiga rociándola con fuego. Grabaron el macabro acto en video y lo colgaron en Youtube, que se está convirtiendo en un auténtico escaparate del sadismo juvenil. ¿Qué nos está pasando? La decadencia del ser humano, dicen algunos. Es el momento en el que algunos tertulianos repiten las tesis de que la violencia es innata a la condición humana. Siguen a algunos etólogos, como Desmond Morris, que en El mono desnudo, quiso demostrar que todo ser humano lleva dentro una bestia inmunda que, en momentos extremos, aflora al exterior. En esa tesis también descansan numerosas obras, literarias o de la gran pantalla.

Para algunos, resulta estimulante pensar que la violencia no puede controlarse. Para otros, es la excusa perfecta par a justificar los actos violentos que nos atenazan. Numerosos neuorocientíficos se han apresurado a buscar el gen de la violencia en numerosos estudios que no han servido para nada. Como siempre en estos casos, los resultados no han sido concluyentes. No somos violentos por naturaleza. Lo que sí es cierto es que hay personas que poseen mayor condicionamiento genético hacia la agresividad. Pero la agresividad es un instinto más, necesario, que aflora como respuesta a un estímulo externo. Un niño violento es un niño que no sabe canalizar la agresividad. Alguien que siente frustración, miedo o ira por una serie de condicionamientos, y que no sabe como exteriorizarlos de manera efectiva.

La experiencia científica ha demostrado que, tanto o más que la predisposición genética, lo que más influye a la hora de definir si una persona se comportará de manera más o menos violenta, es el ambiente. Por eso es tan importante que un niño crezca en un ambiente sano, rodeado de los máximos cuidados y afectos posibles. Los psicólogos señalan la falta de amor real hacia el niño como principal motivación de su futura propensión a la violencia. Y es que el ser humano cuenta con un factor que ningún otro animal posee: la educabilidad (consciente). Frente al condicionamiento que domina a otros animales a lo largo de sus vidas, el ser humano es capaz de elegir, tiene autodeterminación. En definitiva, somos libres. Una mejor o peor educabilidad determinará el grado de propensión a la violencia de un niño.

Ahora bien, cabe plantearse si, en las condiciones actuales de vida, es posible educar en la paz. Numerosos tipos de violencia nos atenazan. La violencia mediática, que se desprende de las pantallas de cine y televisión y de los videojuegos. La violencia sexista, que deriva de la idea despectiva de considerar a la mujer en un rol inferior. La violencia deportiva, totalmente asimilada (como el sadismo de la fiesta nacional de algunos españoles, frente a los animales). Violencia política, manifestada cada vez que el poder ejecutivo utiliza fondos públicos para la malversación y la corrupción. Violencia estatal, cuando se tortura policialmente, se encarcela injustamente o se veja oficialmente desde las instituciones estatales. Violencia publicitaria, encarnada en la saturación de anuncios que sufrimos, incitándonos a la competitividad y al consumo desenfrenado y esquizoide. Violencia laboral, que nos condena a una vida precaria, con bandazos del empleo al paro, bajos salarios y malas condiciones de trabajo.

Son tantas las injusticias sociales bajo el capitalismo, que cuesta creer que en este sistema económico la violencia deje de existir. De hecho, el Estado, ente supremo de este sistema, es el principal interesado en que la violencia exista, y la institucionaliza, tiene su monopolio legal, sólo él puede usarla de manera impune. Es necesaria una auténtica revolución social que transforme los valores, la moral y la identidad de toda una sociedad para que una verdadera conviencia pacífica aflore verdaderamente. No es tan difícil: somos animales sociales.

Los últimos estudios históricos han demostrado que nuestros antepasados pre-históricos, pueblos nómadas recolectores y cazadores, y numerosas tribus de esta índole todavía existentes, tienen unos índices de violencia mínimos. Lo natural en el ser humano es la cooperación (como escribió Kropotkin: la ayuda mutua). La selección natural darwiniana en el ser humano se manifiesta en una propensión natural a ayudarnos unos a otro, como única forma de progresar y evolucionar. Pero la actual sociedad se basa en la competencia de unos frente a otros (potenciada desde la escuela), junto al cáncer del individualismo que ese egoísmo desmedido hacia lo material nos ha traído. Si continuamos por esta senda, la raza humana está condenada a la extinción.