sábado, 14 de junio de 2008

miércoles, 11 de junio de 2008

Como los cangrejos

Hace 10.000 años, el ser humano descubrió la agricultura y la ganadería. Hasta ese momento, la caza era la única forma de alimento y de trabajo, de forma que toda la tribu debía participar en ella si quería alimentarse y sobrevivir. Sin embargo, con la llegada de las nuevas especialidades, en lo que parecía una auténtica ventaja, surgió el gran problema de la humanidad. Ahora ya no era necesario que todos cazaran, sino que bastaba con que unos pocos se dedicaran a la agricultura y a la ganadería para alimentar al resto de la tribu. Los demás podían ejercer trabajos distintos, más cultivadores, como la escultura, el arte y otras especialidades que contribuyeron a la evolución y el desarrollo intelectual de la especie. Pese a todo, emparejados con la división del trabajo, surgieron los excedentes de producción y, con ellos, el primer dilema moral de la reciente historia del homínido. ¿Qué hacer con ellos? En un abrir y cerrar de ojos, surgirán, de las entrañas más profundas del infierno, las clases sociales, y, con ellas, las desigualdades. Monarcas y clérigos se harán con esos excedentes de producción. ¿Cómo? Legitimando la acción de trabajar para otro y rutinizándola en el día a día por medio de innumerables procesos. A través de la palabra de un dios todopoderoso, lograrán someter a los pobres campesinos durante siglos. Éstos, mientras tanto, devendrán de forma inerte en la tortura de la vida, tan sólo inferior en monstruosidad al infierno, lugar en el que acabarán si no cumplen con “su cometido”. Su vida dedicarán a unos cuantos elegidos, los nobles y clérigos, elegidos por dios para desempeñar el papel de tiranos ante la sierva población. Para mantener ese proceso de sumisión, se castigaba fuertemente a quien osara plantar cara a la autoridad, mediante el establecimiento de un fuerte sistema de sanción, que prevenía al sistema de todo tipo de revolucionarios que pudieran ponerlo en peligro. La Edad Media fue el periodo más infeliz en la vida de la mayoría de personas, por llamarlas de alguna manera.

Mucho habría que esperar para que las cosas mejoraran, puesto que la estructura de esta época iba mutando, pero siempre continuaba. Los déspotas monarcas se transformaron en empresarios, banqueros, ricos y, luego, burgueses. Todos ellos contribuyeron en su día a que el sistema siguiera en pie, y continuaron sometiendo a los trabajadores a interminables horarios laborales, cuando apareció el sistema capitalista de producción. En la diferencia de horas laborales con otras empresas es donde estaban los mayores beneficios, así que se empleaba una plusvalía absoluta, con el objetivo de extraer los mayores beneficios posibles de la producción. Hasta el siglo XX, no cambiará la situación. En este momento, los sindicatos ejercerán una gran labor presionando a los empresarios y poderosos, hasta lograr la jornada laboral de 8 horas. Todo un logro celebrado entre las masas obreras mundiales. Sin embargo, el capitalismo seguía necesitando producir para no morir, así que la plusvalía absoluta será reemplazada por la relativa, y los trabajadores, sustituidos por máquinas, que realizarán el mismo trabajo, pero en menos tiempos. El paro comenzó a instaurarse en la sociedad, y con él, el miedo de los trabajadores a desempeñar mal sus laborales.

Ayer, 10 de junio de 2008, la tan laureada Unión Europea, aprobó la jornada máxima laboral de 65 horas semanales, equivalente a trabajar 13 horas diarias. Como respuesta a la crisis, no es más que insuficiente, porque bien es sabido que ésta no se soluciona base de aumentar la producción descaradamente, de forma tozuda. La conclusión a la que han llegado un puñado de hombres poderosos trajeados es que las mujeres y hombres de hoy son capaces de aguantar más de la mitad del día trabajando. ¿Por qué no? Parece que volvemos a aquello de “trabajar dignifica”, aquellos viejos tiempos de la plusvalía absoluta y la inexistencia del tiempo libre. Debemos ser conscientes de que, en realidad, el trabajo surgió de la necesidad del propio hombre, y no de los que, con la excusa de ser ricos, le cargaron con la responsabilidad de trabajar el doble por los lo que no dan un palo al agua. Seamos conscientes, pues, de que trabajar es una carga, un peso nada superfluo que se nos impuso desde la edad media. Ahora, la moderna UE, esa organización sectaria con graves problemas de aporofobia, parece retroceder en cuanto a libertades se refiere: expulsión y maltrato a inmigrantes, privatización de la enseñanza con el sistema de Bolonia, auge de gobiernos fascistas… En fin, queda de manifiesto, como conclusión, que la globalización impone barreras, no las derriba. Es irónico el hecho de que, desde la caída de aquel muro famoso en 1989, han crecido muchos más por todo el mundo, que dificultan de forma alarmante las relaciones interpersonales y el auténtico objetivo de las personas: la autorrealización. Al parecer, retrocedemos como los cangrejos.

domingo, 8 de junio de 2008

Otro mundo es posible

Hoy en día, en este mundo globalizado, esa globalidad se expresa a través de los flujos de comunicación unidireccionales, que se expanden desde Estados Unidos hacia el resto del mundo. Pese a que la colonización supuestamente acabó hace siglos, todavía en pleno siglo XXI persiste una dependencia cultural y comunicativa de los países del sur y este del planeta con respecto al gigante ineluctable americano. Al acabar la segunda guerra mundial, y sin ningún sistema alternativo que le hiciera frente, Estados Unidos impuso al mundo su teoría del “libre flujo de la información”. Los norteamericanos salieron bien parados de la gran catástrofe mundial y con una serie de artimañas económicas lograron colocarse en el primer puesto económico y político global. Con la inefable excusa “el mundo es un mercado”, la macropotencia convirtió todo precisamente en eso: un mercado regulado por unos pocos –los más poderosos-, donde las leyes de la oferta y la demanda imperan sobre todas las cosas, como un dios todopoderoso que todo somete a obediencia inexpugnable. Brillantemente, este argumento condujo a la siguiente tesis: si tiene que existir un libre acceso a la información, de nada valen las barreras protectoras, que tan sólo obstaculizan el libre entendimiento entre personas. Sin embargo, nadie leyó la letra pequeña, en la que se explica como aquellos que más tecnología poseen podrán copar mayor parte del mercado, e incluso manejarlo a su antojo. Aquí es cuando la teoría norteamericana se convirtió en la “teoría de la libre manipulación mundial”. Sistemáticamente, los productos estadounidenses invaden nuestro mercado y nada ni nadie puede detenerlos. Ante este quebradero mundial, que maltrata a la comunicación en sí y dota de unas alas inmensas a las empresas gigantes, encaminadas hacia la concentración total de la información, poco se puede hacer. Ni siquiera existe un organismo internacional que regule la información a nivel planetario. El informe McBride –una propuesta con 82 recomendaciones a través de las cuales tenía que girar el nuevo orden de la información- propulsado por la UNESCO tuvo escasa importancia, sobre todo porque el propio país ahora presidido por Bush decidió abandonar la organización en ese preciso momento, como hace con todos los organismos que no puede controlar.

Mientras tanto, el mundo se enfrenta en el devenir diario ante periódicos e informativos plagados de ‘noticias trampa’, en las que se omiten gran parte de los hechos o se manipular descaradamente con miras a conseguir una valoración u otra del espectador. Si cuatro son los países que controlan el mundo, cuatro son las agencias de información privada que dominan la información, y cuatro los grupos de comunicación que operan de la misma forma. La concentración está, por tanto, plenamente asegurada. Los hilos son manejados desde arriba por unos pocos y nada parece indicar que la situación cambiará con un presidente u otro en Estados Unidos.

Ante esta situación, es necesario reflexionar, y pensar por una vez en esos países que quedan excluidos reiteradamente en las reuniones de los mandamases planetarios. Ese es el primer paso para caminar hacia una igualdad informativa real, que sirva para cultivar las mentes de los ciudadanos de todos y cada uno de los países, formándolos y encaminándolos hacia la plena autorrealización. El tratamiento de la información es un reflejo de la evolución de la mente de la ciudadanía. Si a la primera la tratamos como pura mercancía, la conciencia humana involucionará, profundamente herida, al ser obligada a leer una y otra vez la misma historia y quedará atrapada en las oscuras profundidades de la uniformización ideológica.

domingo, 1 de junio de 2008

Podría haberse evitado

Última semana de mayo. Dos obreros fallecen en las obras del Nuevo Mestalla, en la ciudad de Valencia, y otros dos resultan heridos, al desestabilizarse una de las plataformas, indebidamente colocada. Podría haberse evitado. La euforia sindical del 1º de mayo ya queda lejos, partió una vez más y su retorno no se producirá hasta dentro de un año. Esa es precisamente su débil fuerza: la fugacidad de las propuestas sindicales, convertidas en meras ilusiones en la utopía de una sociedad sin muertes laborales. Y es que, realmente, somos inconscientes de la cantidad de fallecimientos que provoca el terrorismo patronal. Auspiciados por las ansias infinitas y el fenómeno orgásmico de la posesión de cantidades avaras de dinero, los empresarios –que siguen existiendo, pese a que muchos prediquen todo lo contrario- eligen la mano de obra más barata y, por tanto, descalificada, que pueden encontrar en el ya de por sí precario mercado laboral. Como dioses, escogen a los afortunados que se jugarán la vida día tras día; una vida que se irá consumiendo ladrillo a ladrillo, a través de interminables jornadas laborales. En medio de una crisis económica planetaria, el empresario, ese lobo feroz a la búsqueda del máximo beneficio, trata de reducir costes a través de todas las pillerías posibles. Auténticos matasietes, dominan el arte de la embaucación y juegan a ser dios con la vida de gente indefensa, buena parte de ella migrante, además. Y es que ¿es ese el contrato que el conseller quiere imponernos a los valencianos a la fuerza? ¿Incluye ese contrato la necesidad de trabajar catorce horas diarias, a cambio de una miseria? Es incomprensible como el populismo del PP está acabando con la tolerancia hacia esos seres desposeídos, sin tierra, sin hogar, que huyen de ese fenómeno que no afecta a todos tan beneficiosamente como a nosotros: la globalización. Es inadmisible ser tan hipócritas cuando, sólo basta con salir a la calle para darse cuenta de que los migrantes están levantando el país, peldaño a peldaño. Están en cada obra, en cada esquina, sudando cual fieras indómitas ante su presa más añorada.

Otro hecho curioso es que, la misma semana de los dos muertos del Mestalla, comienzan a aparecer infinidad de noticias relacionadas con muertes de trabajadores por toda España. ¿Qué ocurre? ¿Por qué se silencian tanto este tipo de fallecimientos normalmente? No es necesario ser muy suspicaz como para saber los altos índices de mortaldad que se cobran numerosas obras. Todos tenemos algún conocido, familiar o vecino que ha muerto trabajando. Las compañías aseguradoras bien lo saben y, así, establecen una aproximación del número de obreros que pueden fallecer al término de una obra. ¿Cinco? ¿Diez? Quizás más. ¿Qué importa? Sobre esos cadáveres se edificará una nueva España, grande y libre. Las muertes son daños colaterales, hechos misteriosos que no empañan el crecimiento desmesurado y sin límites del capitalismo. El derecho al trabajo es tan necesario como el de la vivienda o el de la vida. Pero morir en el trabajo no es un derecho, es una gran putada, quizás la peor muerte que le pueda sacudir a uno. Las imágenes de varios videoaficionados captaron a las víctimas mortales del accidente del Mestalla trabajando a la 1 de la madrugada, pese al silencio al respecto de la televisión “pública” del País Valenciano. Por lo tanto, se podría haber evitado. La conclusión que saco de todo esto no es otra que la siguiente: mientras dediquemos un solo día a debatir sobre los problemas que aún a día de hoy afectan al mundo laboral, mientras en sólo una semana aparezcan en los periódicos más muertes que en todo el año, el estado de derecho no será más que eso: el derecho a morir a favor de los intereses de unos pocos.

miércoles, 28 de mayo de 2008

Generación X

Cuando nuestros abuelos nacían, se les conocía todavía por “los de la generación tal”, una costumbre que se ha ido perdiendo a medida que los años han ido transcurriendo. Atrás quedaron generaciones tan populares como la del 29, la de la guerra civil o “la del biberón”. Cuando el siglo XXI llamó a la puerta, los nuevos años se convirtieron en ceros a la izquierda y eliminaron el concepto como tal. Las quintas de hoy en día son las de la nueva sociedad de la información, Internet, la globalización y el consumismo agresivo. Hijos de la publicidad, de las marcas que optan por instalar sus empresas allá donde la mano de obra le resulte más barata, se consumen en el devenir del día a día obsesionados por sus peinados, sus ropas y, en general, por el qué dirán. Las niñas y los niños de hoy en día, a muy corta edad, inesperadamente comienzan a comportarse como si de pronto hubieran alcanzado la edad de sus madres y padres, obviando ese largo y feliz camino que ejerce como intermediario necesario en ese puente misterioso y efímero que es la vida. Las niñas adquieren matices que antes sólo se hubieran atribuido a los niños y viceversa. Pero eso no conduce a la igualdad de sexos, ni mucho menos. El sexismo predominante en la televisión y la publicidad de hoy en día (en pleno 2008) es escandaloso, y entre ellos sigue predominante eso de “la supremacía del macho español”. Esclavos de la moda, víctimas del glamour que la Unión Europea les concede por el mero hecho de haber nacido en un territorio “desarrollado”. Inconscientes de lo que se cierne a su alrededor, del hambre y la pobreza que azotan cada rincón del mundo. Son meros engranajes más aspirados por el devastador ciclo capitalista que explota hasta el más mínimo milímetro de su ser sin que a penas se den cuenta. Insolidarios por naturaleza y encauzados en el amor maternal sin condiciones, se encaminan hacia una vida laboral precaria, pese a que han sido educados para todo lo contrario. No tienen conciencia de lo que es el gasto, y vivirán siempre por encima de sus posibilidades, sin negarse ningún caprichoso y alegando aquello de la “vivienda para todos”, endeudándose inconscientemente a través de los préstamos rápidos. Víctimas de un sistema educativo incompetente y de una sociedad injusta que los ha maltratado y etiquetado bajo un mero código de barras. Víctimas, al fin y al cabo, de haber nacido en una generación -la suya- sin ningún tipo de denominación de origen.

martes, 20 de mayo de 2008

Un centenar de personas se manifiesta contra las actuaciones de la empresa Cabañal2010

La destrucción del emblemático barrio de El Cabanyal, en Valencia, ya es un hecho. Y las presiones a los vecinos que se oponen al proyecto promovido por el Ayuntamiento, también. Para ello, se creó la empresa mixta (público-privada) Cabañal2010 SA, detrás de la cual se encuentra el Ayuntamiento de Valencia y la Generalitat con la mitad de las acciones, y un conglomerado de doce empresas constructoras e inmobiliarias con la otra mitad. Este órgano, cuya sede tiene lugar en el mismo barrio, está desarrollando un plan dirigido a asediar a los vecinos de la zona, a cercar su vida cotidiana y a estrangular las voces de los que protestan.

Las denuncias ante estas acciones no se han hecho esperar y, el pasado martes 13, alrededor de un centenar de personas de toda condición (jóvenes y adultos, vecinos y no vecinos) se concentraron ante la sede de Cabanyal2010 ante el eslogan: “Per la nostra dignitat, fem fora Cabanyal2010”. Sin embargo, la actuación de las fuerzas policiales (alrededor de 50 operarios) no se hizo esperar, y, ante su intento de disolución, el punto inicial de encuentro tuvo que ser trasladado unos metros a lo largo de la calle, donde la sede no corriera peligro y bien visible y amplio para que la concentración fuera cercada y acorralada por la policía. Pacíficamente, aunque claramente denostada por la actuación de las fuerzas de seguridad, la concentración se prolongó a lo largo de media hora, en la que se sucedieron los eslóganes: “Del Cabanyal, no pasarán” y se pronunciaron diversos comunicados a través de las asociaciones de vecinos y de algunos colaboradores del proyecto “Salvem el Cabanyal”.

La prolongación de la avenida Blasco Ibáñez, considerada por el Ayuntamiento de Valencia como de “interés público”, prevé la destrucción de 1651 viviendas en el carismático barrio de pescadores de Valencia, declarado patrimonio histórico de la ciudad. La falta de un servicio de limpieza en la zona, la proliferación de solares provocados por los intermitentes derribos o la permisividad del trapicheo de droga no ha hecho más que agravar la situación en la vida cotidiana del barrio. José Balaguer, un vecino del mismo, que, a sus 86 años, ve como la expropiación de su casa es un hecho, asegura que se siente indefenso y por ello se ha reivindicado varias veces. Afirma que, pese a que su casa está valorada en dos millones, le van a dar la mitad por ella. “Es una injusticia que, a mis años, me dejen sin casa”, ratifica. Sólo es una de las tantas personas afectadas por la situación. Muchas de ellas se han tenido que enfrentar a realojos en viviendas que carecían de los servicios mínimos (luz, agua, gas…). De momento, la esperanza por la paralización continua presente en los vecinos, pero la justicia parece mirar hacia otro lugar.

martes, 13 de mayo de 2008

¿Crisis? ¿Qué crisis?

El capitalismo ha vuelto a entrar en quiebra. Una vez más, sin avisar, las clases medias se ven perjudicadas por los movimientos injustos del capital y la economía y por la alegre especulación inmobiliaria que nadie parecía querer ver. En un mundo tan globalizado, si Estados Unidos mete la pata, todos los demás vamos detrás. Somos sus hijos y vasallos, fruto del postimperialismo degradado: si el padre se arruina, los hijos no tienen ni para salir a comprarse un chicle. Lo mismo sucede con el mercado internacional y si, la gran potencia lo está pasando mal, imaginemos el alcance que tiene la crisis en aquellos países en los que ya se partía de una situación altamente desfavorable. Son esos países que empeñamos en llamar “en vías de desarrollo”. Toda la vida lo hemos hecho, desde la colonización, quizás antes. Y siguen estándolo, que curioso. ¿Por qué será? La recesión es tan fuerte en estas naciones que ni siquiera pueden suministrar a sus ciudadanos alimentos básicos. En muchas de ellas, la inflación ya está en el 300%. Mientras tanto, aquí nos quejamos por el hecho de que las patatas hayan subido treinta céntimos.

Qué lástima, que injusticia. No podremos comprarnos ningún coche de lujo en los próximos tres años, y de casas ya ni hablemos. “Todos los ciudadanos tienen derecho a una vivienda digna”, sí, pero “a costa de la otra mitad del planeta”, debería sentenciar la frase. Porque es falso que lo más normal con 20 años sea independizarse y comprarse una casa, siendo sometido de por vida a las anquilosantes penurias de una hipoteca. Si realmente queremos independizarnos, cosa que está muy bien, ¿por qué no alquilamos un piso, que sale mucho más barato? “Porque no es nuestro, responderán algunos”. Y volvemos a la propiedad privada. Y volvemos a inundarnos de la hipocresía más cruel.

Cuando suceden estas crisis, que hacen ver al capitalismo con otros ojos, mientras siguen beneficiando a los altos empresarios y especuladores de forma tan injusta, no puedo evitar pensar en Kropotkin. O en Bakunin. O en Puente. Ellos ya pronosticaban la desigualdad global que iba a crear este sistema agobiante que se nos ha impuesto desde Estados Unidos. Y la crisis medioambiental –también global- que conllevaba. Y las miles de personas que se morirían de hambre. En un sistema con democracia directa, basado en la asamblea y la igualdad total entre hombre y mujeres, en el que el dinero quedara como mero instrumento pasivo, esto no ocurriría. Completamente libre, el hombre se encaminaría hacia la autorrealización moral y cultural sin ningún tipo de cadenas o ataduras. Pero esto suena demasiado utópico. O eso dicen.