domingo, 28 de febrero de 2010
La guerra por el periodismo
Fue quizás la guerra del Golfo uno de los primeros conflictos armados en los que se escenificó la gran mentira de la cobertura mediática. Dicha guerra se convirtió en un espectáculo televisivo, caracterizado por una estética de película de acción, con una garantía de serialidad que contribuía a mantener a los espectadores enganchados ante la pantalla televisiva. La contienda se convirtió en un simulacro no sólo por esos aspectos de similitud con la ficción, sino también porque en ella se emplearon todos los requisitos que convierten a la información suministrada por los medios en propaganda de guerra. El pentágono y el resto de instituciones de los países aliados comenzaron a comprobar que no era tan difícil ganarse a los periodistas, y éstos comenzaron a cubrir los conflictos bajo el auspicio de las tropas de sus países, convirtiéndose irremediablemente en propagandistas de sus acciones.
Generalmente, comenzó a verse la prohibición de entrada de los periodistas a los núcleos de batalla de los conflictos como algo normal, una medida de seguridad para los profesionales. Pero bajo esa cara se halla otra verdad incómoda, porque de esa manera se minimiza la capacidad exploratoria sobre el terreno del periodista y no es posible poner en cuestión el discurso hegemónico. No son pocos los casos documentados de periodistas que se dedican a esperar en sus hoteles a que les lleguen los telegramas informativos del gobierno o del ejército de turno, comunicando el número de bajas y las operaciones detalladas que se van a realizar. ¿Es eso periodismo? Evidentemente, si no se contrasta con otras fuentes, si no se investiga la versión del otro bando en cuestión, no.
El funcionalismo parece estar triunfando. Las ideas laswellianas de la necesidad de los gobiernos de usar a los medios de comunicación como instrumentos propagandísticos destinados a crear consensos y cohesión en la población ha ganado mucho el terreno al periodismo serio, riguroso y mínimamente imparcial. Por otro lado, con la obsesión de la actualidad, las informaciones sobre conflictos internacionales tienen al reduccionismo: las categorías buenos y malos se emplean sin pudor, bajo la inconciencia que supone no mostrar el contexto histórico del conflicto, las causas y consecuencias del mismo, fundamental para entender el comportamiento de los bandos implicados en el mismo.
Ante este desolador panorama, los más perjudicados son los ciudadanos, saturados con ideas, prejuicios y mentiras que no contribuyen más que a generar una visión fraccionaria y reduccionista de la realidad social. La pregunta es: ¿Se puede hacer algo por frenar los intereses de los medios? La respuesta no es sencilla, porque parece que los directivos de los mismos se hallan muy cómodos en sus posicionamientos mercantilistas. La competencia es feroz y salirse del discurso oficial puede ocasionar rápidamente la caída en las ventas. Las comisiones ofrecidas por las instituciones internacionales, el ofrecimiento de seguridad por parte de los ejércitos del propio país y la tendencia a ver al ejército nacional como más cercano. Son factores influyentes a la hora de abordar de una determinada manera las noticias.
Necesitamos volver a la idea del corresponsal como una especie de gurú con unos conocimientos inusitados de la zona de conflicto, donde debe residir de manera asidua. Los recortes económicos en los medios obligan a crear la figura de los corresponsales itinerantes: gente que va de aquí para allí, que pasa por varios países y no llega a comprender bien la realidad social de ninguno de ellos. Eso en un problema que cabe atajar. Defendemos la independencia de los periodistas, sí, pero ¿qué puede hacer un corresponsal si el director de su medio decide que es preferible mostrar una información directamente ofrecida por un ejército determinado o por el mismísimo Pentágono? Es la guerra que el buen periodismo debe librar.
domingo, 8 de junio de 2008
Otro mundo es posible
Hoy en día, en este mundo globalizado, esa globalidad se expresa a través de los flujos de comunicación unidireccionales, que se expanden desde Estados Unidos hacia el resto del mundo. Pese a que la colonización supuestamente acabó hace siglos, todavía en pleno siglo XXI persiste una dependencia cultural y comunicativa de los países del sur y este del planeta con respecto al gigante ineluctable americano. Al acabar la segunda guerra mundial, y sin ningún sistema alternativo que le hiciera frente, Estados Unidos impuso al mundo su teoría del “libre flujo de la información”. Los norteamericanos salieron bien parados de la gran catástrofe mundial y con una serie de artimañas económicas lograron colocarse en el primer puesto económico y político global. Con la inefable excusa “el mundo es un mercado”, la macropotencia convirtió todo precisamente en eso: un mercado regulado por unos pocos –los más poderosos-, donde las leyes de la oferta y la demanda imperan sobre todas las cosas, como un dios todopoderoso que todo somete a obediencia inexpugnable. Brillantemente, este argumento condujo a la siguiente tesis: si tiene que existir un libre acceso a la información, de nada valen las barreras protectoras, que tan sólo obstaculizan el libre entendimiento entre personas. Sin embargo, nadie leyó la letra pequeña, en la que se explica como aquellos que más tecnología poseen podrán copar mayor parte del mercado, e incluso manejarlo a su antojo. Aquí es cuando la teoría norteamericana se convirtió en la “teoría de la libre manipulación mundial”. Sistemáticamente, los productos estadounidenses invaden nuestro mercado y nada ni nadie puede detenerlos. Ante este quebradero mundial, que maltrata a la comunicación en sí y dota de unas alas inmensas a las empresas gigantes, encaminadas hacia la concentración total de la información, poco se puede hacer. Ni siquiera existe un organismo internacional que regule la información a nivel planetario. El informe McBride –una propuesta con 82 recomendaciones a través de las cuales tenía que girar el nuevo orden de la información- propulsado por la UNESCO tuvo escasa importancia, sobre todo porque el propio país ahora presidido por Bush decidió abandonar la organización en ese preciso momento, como hace con todos los organismos que no puede controlar.
Mientras tanto, el mundo se enfrenta en el devenir diario ante periódicos e informativos plagados de ‘noticias trampa’, en las que se omiten gran parte de los hechos o se manipular descaradamente con miras a conseguir una valoración u otra del espectador. Si cuatro son los países que controlan el mundo, cuatro son las agencias de información privada que dominan la información, y cuatro los grupos de comunicación que operan de la misma forma. La concentración está, por tanto, plenamente asegurada. Los hilos son manejados desde arriba por unos pocos y nada parece indicar que la situación cambiará con un presidente u otro en Estados Unidos.
Ante esta situación, es necesario reflexionar, y pensar por una vez en esos países que quedan excluidos reiteradamente en las reuniones de los mandamases planetarios. Ese es el primer paso para caminar hacia una igualdad informativa real, que sirva para cultivar las mentes de los ciudadanos de todos y cada uno de los países, formándolos y encaminándolos hacia la plena autorrealización. El tratamiento de la información es un reflejo de la evolución de la mente de la ciudadanía. Si a la primera la tratamos como pura mercancía, la conciencia humana involucionará, profundamente herida, al ser obligada a leer una y otra vez la misma historia y quedará atrapada en las oscuras profundidades de la uniformización ideológica.