jueves, 15 de julio de 2010

Los héroes sin rostro

Ganó España el Mundial y por momentos el júbilo nos devolvió una felicidad que muchos creían perdida. El pesismismo español se evapora y unos héroes con rostros de futbolistas y sueldos millonarios salieron de Sudáfrica con el botín prometido. Parece mentira que, para olvidarnos de la crisis, necesitemos a once tipos en pantalón corto que cobran lo que no está escrito. Pero, en fin, así es el mundo: ellos se llevan la prima millonaria, y nosotros somos los primos que seguimos cargando con el desempleo.

Me había prometido no ser un aguafiestas. Es difícil, sobre todo después de lo que han vivido en Navarrés este fin de semana. Como la selección española, María José Such visitó un país del Tercer Mundo. Pero a diferencia de los jugadores de «La Roja» no salió de allí con ningún trofeo. Fue a ayudar, a aportar esfuerzo sobre la pobreza inhumana que asola muchas zonas de Perú. Y lo cobró con su propia vida. A la desesperación familiar se ha tenido que sumar un error que llevó a intercambiar su cuerpo con el de otra cooperante. Indignación, nervios, incertidumbre. Todo el pueblo volcado con una de sus vecinas más queridas.

Como María josé, decenas de jóvenes deciden dedicar sus vacaciones al turismo solidario. Podrían irse a Ibiza, o simplemente visitar la parte rica de algún país empobrecido, pegarse la fiesta, hacer cuatro fotos y volver como si nada. Pero no. Dedican su tiempo libre a trabajar contra la injusticia que azota el mundo y tratar de devolver la dignidad a unos niños que nunca conocieron su significado. Otros jóvenes, desde nuestras comarcas, cuidan de aquellos que lo necesitan. Aunque trabajen de manera precaria y no reciban las ayudas prometidas por los gobiernos (¿cuántas personas siguen esperando que se aplique la Ley de Dependencia?), se sacrifican por los desamparados, ya sean niños sin familia, ancianos o discapacitados.

Los verdaderoe héroes no tienen rostro. Educadores, trabajadores sociales, voluntarios que ponen su vida en peligro por pura solidaridad. Rescatan un valor que creíamos perdido aquí, en el Primer Mundo, donde reinan la avaricia y el egoísmo descarnado.

lunes, 28 de junio de 2010

Un modelo educativo revolucionario que se topó con el Consell



Virgilio Perona, ex director del colegio público Eduardo López Palop de Enguera, ensayó, durante los veinte años que duró su gestión, un modelo educativo diferente, a través de un punto de vista innovador a la hora de entender la enseñanza. Durante años, su éxito estuvo avalado por la Conselleria de Educación. Su dirección había aupado al colegio de Enguera hasta los primeros puestos –en todos los sentidos- en la clasificación de centros públicos del territorio valenciano. Varios premios secundaban el modelo.

Destacaban galardones por la labor del colegio en materia de integración (entre sus alumnos brilla una multiculturalidad apabullante, no reñida con los buenos resultados académicos), pero también otras recompensas en materia de innovación tecnológica. Se trataba de uno de los pocos centros que cuentan con pizarras digitales e Internet en todas sus aulas. Una revolución en toda regla que se explica por otro hecho novedoso en el funcionamiento de los centros públicos: la autogestión financiera parcial.

En ese sentido, la constitución del AMPA del colegio en empresa le valía para poder gestionar totalmente el servicio de comedor, lo que derivaba en un abaratamiento de costes (con el consecuente aumento de la demanda) y, además, era una fuente de ingresos extra para el centro, puesto que lo ganado se quedaba íntegramente en él, gracias al esfuerzo desinteresado de las madres y padres de los alumnos y las alumnas. La disposición de esos fondos suponía un agravio frente a los cada vez más precarios presupuestos que los gobiernos otorgan al campo educativo (tan sólo en la II República el gasto en educación era superior a lo destinado al ejército).

Otra clave del «modelo Perona» era la dirección colegiada. Frente al autoritarismo de algunos cargos directivos, a los que se les sube el poder a la cabeza y se erigen en auténticos titiriteros con sus subalternos, el colegio de Enguera práctico, durante años, una gestión donde la toma de decisiones recaía en el Consejo Escolar, auténtico órgano de representatividad. Algunas de esas decisiones son las que hoy le cuestan el puesto al ex director, lo que no deja de ser sorprendente, teniendo en cuenta que todas ellas se efectuaron de manera absolutamente democrática.

Pero la democracia parece no ser una prioridad para el Consell y el gobierno valenciano. De hecho, a Perona lo sustituyeron el año pasado por Susana Ruiz, hija de un concejal de Bicorp y sin la experiencia necesaria como docente como para obtener el puesto. A la ilegalidad y arbitrariedad de su elección se suman la negativa del propio Consell a la petición que ejercitaron algunos profesores del C.P. Eduardo Palop para que se celebraran elecciones en el centro, tras la marcha de Perona. «La nueva directora tiene un mandato irrevocable de 4 años», respondieron. Autoritarismo en estado puro.

La actividad del colegio bajo la batuta del ahora ex director era frenética. Ante la pasividad de las autoridades políticas a la hora de mejorar desperfectos o efectuar obras para mejorar las infraestructuras del centro, el Consejo Escolar optaba por solucionarlo por la vía rápida, eliminando burocracias y siendo decisor de su propio destino. Esa autogobernabilidad, unida al hecho de que se manejara tanto dinero en el centro (aunque de manera lícita) sacó los colores al Ayuntamiento de Enguera y a la Generalitat (ambos controlados por el PP). Perona tuvo encontronazos con el alcalde de la localidad, motivo suficiente para que éste efectuara la pertinaz llamada de atención al Consell, que comenzó a mirar de otra manera, y bajo lupa, el funcionamiento del colegio.

Y así, pese a que en 20 años ningún inspector había puesto en duda la dirección de Virgilio Perona, un día se vio de patitas en la calle. Una decisión externa, opuesta y ajena a la opinión del Consejo Escolar, favorable a su continuidad en todo momento. Ahora, el Consell ya ha anunciado que el AMPA no podrá seguir siendo quien gestione el comedor. Una empresa privada lo hará, con los costes adicionales que ello conlleva. De nuevo, volverá la precariedad de medios y la dejación institucional para con la educación pública.

La historia de Perona es la de un éxito que se topó con las fronteras ideológicas y burocráticas del Estado (ese que llaman “de Derecho”). En ese sentido, su caso es un ejemplo perfecto de lo que el mismísimo Kafka quiso transmitir con El Proceso. El prestigio de la gestión del ex director no lo salvó cuando el Consell decidió que ya era hora de cortarle las alas. Y así, se convirtió en un ángel caído, arrastrando a sus espaldas una condena “ejemplar”: 18 meses de inhabilitación por sus “graves faltas”, todas ellas cometidas entre 2006 (cuando tuvo el encontronazo con el ayuntamiento) y 2009. ¿Casualidad?

Pese a que nadie duda de la honradez que caracterizó el rumbo del centro durante años, ahora las autoridades citan casos concretos en los que se fue contra la legalidad. Quizás, eso nos debería llevar a cuestionarnos si es cierto que al sistema actual (y más en concreto, a las fuerzas de la derecha) le interesa realmente el buen funcionamiento de lo público, o si, por el contrario, en virtud a ese auge neoliberal entre las autoridades, tan sólo ven virtud en el enriquecimiento monetario, despreciando otro tipo de riqueza, la que nos da la diversidad y el conocimiento. Porque de lo que no cabe duda es de que en Enguera lo público triunfó (con los padres implicados en las decisiones del centro y en la marcha del comedor), pero triunfó de tal manera que podía llevar a cuestionar otros modelos que se nos presentan como comunes, pero que sin duda están marcados por un carácter anti-democrático y exclusor.

domingo, 20 de junio de 2010

Millares y la decadencia de los pueblos

Millares es un pueblo sin suerte. En los años 80 parecía un lugar con un futuro esperanzador y una economía en plena vitalidad. Tres acontecimientos terminarían con esa perspectiva halagüeña y precipitarían el descenso de la localidad hacia los infiernos. El declive comenzó en 1992, cuando cerró la fábrica que los hermanos Sáez Merino habían establecido allí en los años 40, constituyendo durante años la mayor fuente de estabilidad económica para sus vecinos. 200 de ellos se quedaron de buenas a primeras en la calle, y sin una perspectiva de futuro. Y, teniendo en cuenta que la población entonces no alcanzaba los 800 vecinos, uno puede hacerse una idea de la magnitud del suceso.

Dos años más tarde, en 1994, la mala racha del municipio continuó. Un brutal incendio asoló sus inmediaciones y siete habitantes perdieron la vida. El choque moral y emocional fue tan grande que agravó la situación de emigración puesta en marcha a principios de la década. El tercer acontecimiento del que hacíamos mención para explicar la decadencia de Millares es otra crisis, la de las granjas de conejos. En 2000, había 24 explotaciones cunícolas. Hoy sólo tres sobreviven. Causantes son las penurias del sector y un mercado que determina unos precios demasiado bajos como para garantizar estabilidad. 21 familias volvieron a quedarse sin empleo. Tres sucesos que explican por qué Millares se está convirtiendo en un pueblo fantasma, ante la dejadez institucional: hoy tan sólo sobreviven allí 300 vecinos diariamente.

Ahora los vecinos de Millares –como los de muchos otros municipios- ven con recelo la nueva ley promovida por el Consell, que pretende fusiones entre municipios de menos de 500 habitantes, con la intención de que éstos se integren en otros más grandes. Dicen los ideólogos de esta medida que los pueblos pequeños «no son rentables». La solución, desarticular toda su estructura jurídica y administrativa y profundizar más en su desaparición. Los vecinos de la mayoría de estos municipios no sólo se oponen a la propuesta, sino que cargan contra las autoridades autonómicas y estatales, porque son ellas verdaderamente quienes han promovido su desaparición, con su continua dejadez.

Desatendiendo los intereses rurales, haciendo caso omiso al desmoronamiento de las actividades productivas de lugares como Millares, y no promoviendo trabajos tradicionales que pudieran haber sido una dinamización en tiempos de crisis. Agricultores y ganaderos se quejan, así, de que ya no son tenidos en cuenta. Marginados totalmente, se ven condenados a un ostracismo imposible de sobrellevar, por la carencia de subvenciones. Y así, son muchos los municipios que no pueden sobrevivir, sin ningún tipo de actividad económica a la que acogerse.

El resultado final de todo el proceso es intencionado y promovido desde las instituciones: la urbanización de lo rural. El pueblo, unidad básica de funcionamiento y núcleo feliz de vida para miles de personas, no es rentable, hay que buscar nuevas formas de ordenamiento, aseguran. Lo bueno son las grandes ciudades, a las que asociamos el modernismo y lo cosmopolita, dicen. El pueblo, sin embargo, queda visto como un símbolo de atraso y pobreza.

Ese pensamiento cala profundamente en la población, y también en las autoridades. El consumo, la rentabilidad, está en los grandes núcleos poblacionales, en los que sin embargo, muchos nos sentimos perdidos, confundidos, solitarios. No se trata de contraponer las virtudes de los pueblos con las de las ciudades, pero lo que está muy claro es que los primeros deben sobrevivir, para que no perdamos de vista cuáles son nuestros orígenes, cómo nació la civilización humana. También nos recuerdan otros modos de vida, alejados del consumo desenfrenado y la cultura de la rapidez y la infelicidad que predomina en las sociedades contemporáneas. En los pueblos todo va a otro ritmo, y somos muchos y muchas los que necesitamos unos días en este ambiente tranquilo para sobrevivir al estresante mundo que nos acecha.

Dicen que fusionar pueblos responde a los intereses de austeridad de los gobiernos. Si es así, ¿por qué no se proponen otras soluciones más eficaces? Hablo de Diputaciones inefables que perfectamente podrían dejar de existir sin que nadie se diera cuenta, de rebajas de sueldo a las autoridades, de altos cargos y asesores que cobran del erario público o de la salvación económica de las entidades financieras a costa de los que verdaderamente pagamos la crisis: los ciudadanos de a pie. Si tienen dignidad, respeten a los pueblos, porque son la cuna de nuestra identidad. Destruirlos será destruir nuestros orígenes, las tradiciones y un pedazo de nuestra historia colectiva. Las comunidades de habitantes legítimamente constituidas tienen el derecho a contar con un autogobierno que les permita ser mínimamente decisorias de lo que pasa en el entorno más cercano. El futuro está en la descentralización, no en la centralización. La riqueza –y no hablo de riqueza precisamente económica- está en la diversidad.

lunes, 14 de junio de 2010

Decisiones

El miedo a la muerte es algo con lo que todo ser humano nace. Nadie escapa a la incertidumbre que genera la llegada de la parca. Una desidia con la que debemos cargar toda nuestra vida, de manera irremediablemente. De ahí que ese miedo a la muerte generalmente se asocie con un miedo agudo a la vida. Porque si algo tienen en común esas dos palabras que parecen victimas de un dualismo irreconciliable es el gran parecido que con llevan. Vida. Muerte. ¿Qué serían la una sin la otra? La segunda es lo que nos separa de la primera. Y la vida es la que encierra la clave para entender lo que significa la propia palabra “muerte”.

Muchas personas viven una muerte en vida cotidiana, como consecuencia de toda la esquizofrenia aparejada al acarreo de la conciencia de que todos pereceremos algún día. En última instancia, pensar continuamente en que vamos a morir conlleva una parálisis nerviosa tal que nos impide ejercer la libertad plena en nuestras acciones. Condicionados por las expectativas de poder desplegar todos los ambiciosos planes que tenemos antes del fin de nuestros días, pasamos las horas agónicas incapaces de tomar las decisiones pertinaces en cada momento. Y es que el miedo a la muerte está íntimamente relacionado con el miedo al cambio. Las consecuencias son claras: inseguridad, miedo a perder lo existente, a generar unas nuevas condiciones que tememos.

El franquismo hizo a la sociedad extremadamente conservadora. Los españoles y las españolas temían el cambio porque el régimen dictatorial les había garantizado una extremada seguridad exenta de conflictos. La represión política había terminado con todo tipo de confrontación ideológica y se configuró la idea de que la dictadura entrañaba el progreso económico. A cambio de seguridad, muchos y muchas están dispuestos a entregarlo todo. Incluso sus vidas. Hoy más que nunca, tememos la inestabilidad, el desconcierto, miedo a no tenerlo todo atado y bien atado. La inseguridad es una cosa moderna, como diría Bauman. Pese a que los índices de delitos son más bajos que nunca, percibimos a ésta como la sociedad más insegura de cuantas ha existido.

Es en cuanto superamos el miedo a la muerte cuando realmente comenzamos a vivir en libertad. Porque nos damos cuenta de nuestro potencial real. Nos olvidamos del futuro y vivimos el presente. Dejamos al azar ciertos elementos, al ser conscientes de que no podemos tenerlo todo bajo control. Tomamos decisiones realmente movidos por lo que nos conviene, y no por el pánico que genera un cambio en la estabilidad de las apacibles vidas que nos gobiernan. Lo nuestro no es sólo miedo a equivocarnos, sino a perder el control, a encaminarnos a la autodestrucción. Una destrucción en la que nos sumimos, en cambio, cuando nos resignamos a tomar decisiones y dejamos pasar todo porque una estabilidad en el presente. Con ello, lo único que conseguimos es agravar el problema y crear insatisfacción a largo plazo. En ese momento, no somos libres. Es nuestro miedo quien gobierna nuestros actos, postergando indefinidamente la libertad en aras de mantener el orden y la paz presente en nuestro día a día.

martes, 8 de junio de 2010

Una sociedad insociable

Después de tres años viviendo en el mismo piso, me he dado cuenta de que no conozco a los vecinos de mi mismo portal. Y no me refiero a conocer interiormente, sino que jamás los he visto. Sé que enfrente viven personas de origen chino, pero jamás he coincidido con los que viven en el resto de los hogares del piso. Sé que existen: oigo sus voces, sus lamentaciones, sus músicas y olores. Pero para mí no existen como presencia física con forma humana. No hay nada más allá de las paredes de mi hogar. Y eso podemos extrapolarlo al conjunto de nuestra sociedad: continuamente coincidimos con extraños. Todos son extraños a nuestro alrededor: gente con la que compartimos espacios físicos (autobuses, ascensores, etc.) y poco más.

En el tren, vivimos con la agónica esperanza de que nadie se nos acerque y entable una conversación con nosotros. Lo nuestro es sumergirnos en pensamientos propios, soliloquios monótonos donde no hay más existencia ontológica que la nuestra. Nos ausentamos de un mundo que intuimos ajeno, clavándonos los auriculares en los oídos o sumergiéndonos entre las páginas de un libro. Al fin y al cabo, los desconocidos no son más que desconocidos. Poca comunión podemos sentir hacia ellos, y preferimos que se sienten, cuanto más alejados peor. Cuando no estamos trabajando o estudiando o con los amigos o la familia, lo nuestro es la evasión. Llegamos a casa y automáticamente enchufamos la televisión o hacemos lo propio con Internet. Los hogares son constelaciones privadas donde nos ahogamos en nuestra más estricta soledad. Y lo peor es que estamos orgullosos de ellos.

Nos enorgullece llevar una vida privada, aislarnos del mundo y vislumbrarlo desde fuera, pero somos incapaces de involucrarnos en nada. Por eso los encuentros en sitios reducidos –como ascensores- con gente desconocida se hacen tan incómodos. No estamos acostumbrados. Lo nuestro es que nos dejen nuestro espacio. Pero claro, todo se tambalea cuando interviene algún fenómeno que hace poner en peligro la realidad. Cuando nos ocurre algo y no sabemos a quién contárselo, porque, bien mirado, no conocemos a nadie lo suficientemente bien. Cuando necesitamos a alguien de confianza para un problema puntual. Ahí es donde la sociedad pincha. Al fin y al cabo, la nuestra es una sociedad insociable. Vivimos con la colectividad, pero, en la práctica, esta se nos antoja ajena, desconocida, una mera entidad carente de sentido con la que compartir espacio físico y poco más.

Pero todo esto no fue siempre así. El individualismo moderno es autodestructivo, fruto de los intereses neoliberales, que priorizan siempre lo privado por encima de lo público. Ahora, en momentos de crisis, los políticos llaman a la unión nacional. A la austeridad, dicen que debemos esforzarnos para salir conuuntamente de la mala situación económica en la que ha dejado el país las malas prácticas políticas y financieras, de las que nosotros, el pueblo llano, poco tenemos que ver. “Esto sólo lo arreglamos entre todos”, dicen.

Después de haber fomentado la desmovilización, después de practicar la retórica del consumo y el aislamiento. Después de calificar la propiedad común como aberración y jalear al oír la palabra “propiedad privada”. Al final, somos frutos de nuestros pecados. Nos lo tenemos bien merecidos. Atrás quedó la filosofía del apoyo mutuo, consustancial a la naturaleza humana. Una naturaleza que ha sido exterminada, hemos sido arrancados de nuestra capacidad para sembrar el bien ajeno tanto como el propio. Pero ahora sólo miramos por nuestros intereses.

Cuando aparece algún “buen samaritano”, todos desconfían. “Algún interés oculto habrá tras sus acciones”, comentan. Si no nos fiamos de nadie, ¿cómo vamos a salir de esta? Si despotricamos contra aquellos que hacen huelga porque afectan a nuestros intereses, ¿cómo va a haber comunión nacional? Lejos estamos de pensar que, en realidad, formamos parte de un todo, de una colectividad activa que mira hacia el futuro y es capaz de cambiarlo, moviéndose hacia el bien común. Mientras haya clases, mientras haya poderosos, mientras haya pobres, mientras haya esclavos, mientras haya capitalismo, nada de eso será posible. ¿Seremos utópicos activos y desearemos lo imposible o, por el contrario, continuaremos en nuestra tónica de pasividad, encaminándonos hacia la destrucción total? He ahí el dilema de la raza humana.

lunes, 31 de mayo de 2010

T.D.T. = Teleapología Digital del Totalitarismo



Hay noches en las que, por determinadas circunstancias, uno no tiene otro remedio que quedarse pegado al televisor. Invadido por el tedio de un día agotador y con una cabeza soñolienta posada infranqueable encima de las rodillas, esta es una de esas veces en las que el alma no obedece las instrucciones de la mente, y prefiere hacer yacer al cuerpo en su calmado reposo. La fuerza irradiante de la pantalla catódica resulta idónea, por otra parte, contribuyendo a ese estado de adormilamiento cerebral.

Pues bien, fue entonces, más concretamente el viernes por la noche, cuando descubrí el estercolero en el que se ha convertido la llamada Televisión Digital Terrestre; al menos, para los que tenemos la desgracia de vivir en el País Valenciano. Y es que, he de confesar, el casero al que religiosamente le pago el alquiler de mi piso todavía no ha tenido el gusto de arrimarse por él para instalarme el aparatito en cuestión –tampoco es que lo eche en falta-. Por eso, tiene que ocurrir la circunstancia de visitar otro hogar diferente para “ponerme al día” sobre cómo está el asunto.

Lo que descubrí fue, repito, que la televisión se ha convertido en el gran macrovertedero de la caverna mediática española. El hecho de que fuera la Generalitat Valenciana quien adjudicara los canales de TDT pronto terminó por pasarnos factura. Popular TV, Intereconomía, Las Provincias TV, Sí Radio... Decenas de cadenas semifascistas han terminado por imponerse en el escenario televisivo, tendiendo los tentáculos de la cultura fachoide a la sociedad valenciana –ya bastante perjudicada de base-. Sin a penas presupuesto, estos canales se debaten entre cutres tertulias políticas con escaso fundamento documental e informativos manipulados con nulo rigor constructivo. Si Goeebles levantara la cabeza, se llevaría el mayor de los goces terrenales, al comprobar como su teoría de la propaganda nazi ha logrado calar hasta en las sociedades democráticas.

Salto de un presentador argentino que despotrica sin ton ni son contra los sindicatos, haciendo apología de la desgracia. Porque esta gente es así: cuánto peor esté España con gobierno “socialista”, mejor para ellos. Efectuar el mercadeo político con el sufrimiento de las familias a base de un populismo consistente en exagerar todo lo malo “cuánto más mejor” es una de las tónicas dominantes en este tipo de basura programada. Son las desgracias que los mismos conglomerados mediáticos prefieren obviar cuando la derecha está en el gobierno.

La razón es sencilla. Uno podría pensar: ¿de dónde salen tantas cucarachas de extrema derecha? ¿Quién paga el sueldo de tantos pseudofranquistas en potencia? Está claro: empresas afines a toda suerte de directivos populares, que abarcan la completa gama de tonos azulados. Cuando gobierna el PSOE, a las empresas no les va mal. Pero podría irles mejor. Los empresarios y sus organizaciones bien lo saben: no hay nada como una política neoliberal y conservadora como para conseguir maximizar sus beneficios. El objetivo entonces es claro: machacar como sea a la izquierda, aunque sea cargándose toda suerte de deontología periodística.

Y es que si a estos canales les sumamos los que ya teníamos, en analógico, el panorama es desolador. Telecinco, Antena 3, Canal 9, Telemadrid... Lo extraño, teniendo en cuenta tanta propaganda derechista en televisión, es cómo el Partido Popular puede seguir en la oposición (o quizás sea un dato que diga muy poco del poder de influencia de estas cadenas). Sea como sea, lo cierto es que cada vez nos alejamos más de lo que debería ser una televisión de calidad. La pública se halla en claro retroceso, viendo peligrar la oferta de contenidos, mientras las privadas se depredan unas a otras en grandes conglomerados mediáticos. Con la llegada de lo digital, la calidad ha disminuido, y la mierda –con perdón- está ahora más dispersa. No es de extrañar, por lo tanto, que, frente a la dictadura de la televisión, que nos condena a ver lo que unos directivos prefijan en sus programaciones diarias, cada vez gane más terreno la red como plataforma audiovisual por excelencia. Si esto continúa así, la televisión habrá desaparecido en una década.

En la pantalla, un supuesto moderador con aires de grandeza. Su pelo no podría estar más engominado. Verdaderamente, parece un descendiente directo de José Antonio Primo de Rivera. Le acompañan un periodista progresista y cinco conservadorxs. El primero está totalmente perdido, asfixiado por las pullas de sus compañerxs y el silencio cómplice del presentador, que no amaga su ideología ofreciendo turnos de palabra. Zapatero es el culpable de todos los males: desde la bomba de Hiroshima hasta la erupción del volcán islandés. El caso Gürtel, como el 11-M, toda una invención propiciada por la coalición entre el gobierno y la policía nacional. Atacado por profundas carcajadas ante el espectáculo que ven mis ojos, apago el televisor. Definitivamente, El gato al agua, programa de las noches de Intereconomía, cada vez se parece más al Club de la Comedia.

domingo, 23 de mayo de 2010

De censura comunicativa a nivel comarcal



La pasada semana, la Plataforma No al Macroabocador de Llanera denunciaba censura por parte de algunos medios de comunicación comarcales. En concreto, citaba a dos: La Costera TV y Canals Radio. La cadena comarcal, por no haber cubierto una charla multitudinaria celebrada en Llanera sobre el vertedero y por otra serie de desplantes. En cuanto a la radio de Canals, por no haber querido contratar una cuña anunciando la manifestación del pasado sábado, excusándose en que, para la publicidad no comercial, hacía falta el permiso del alcalde. Una condición absolutamente sorprendente en un régimen democrático. De repente, como si nos retrotrajéramos al franquismo, se necesita el permiso de la autoridad competente para un simple anuncio de radio en favor de la movilización ciudadana.

Pero no sólo esos dos medios no hacen todo lo que debieran en relación a una movilización popular de tal calado como es la que se opone al proyecto de macrovertedero en Llanera. Podrían citarse muchos otros que prefieren “pasar” del tema, hacer oídos sordos ante el clamor popular. En relación a las críticas de la Plataforma a La Costera TV por adoptar precisamente esta actitud, su director se excusó en una carta explicando que “no es la obligación de la cadena cubrir todo acto ciudadano”. Y es que la verdadera censura sucede cuando se silencian o minimizan los hechos repetidamente. El auténtico ataque a la libertad de expresión se produce cuando las cadenas comarcales desoyen la voz del pueblo, la de la opinión pública, de la cual –no hay que olvidarlo- se sustentan.

En esas estamos. El modelo comunicativo local actual está configurado en su mayoría como un altavoz del poder y de los partidos políticos que gobiernan. Como fieles servidores de las autoridades competentes, se dedican a ejercer de fieles propagandistas. Están allá donde se les necesita, persiguiendo al alcalde de turno como perros lazarillos, ya sea inaugurando calles o plazas. No se pierden ningún acto. Para los apasionados del verdadero periodismo, esa actitud resulta lamentable. De nuevo, nos retrotraemos al Nodo franquista, cuando las únicas noticias reseñables pasaban por la inauguración de pantanos y por dónde iba a pasar el caudillo sus vacaciones. Pero bien sabemos que esto no es periodismo, es propaganda institucional con el único fin de conseguir alguna futura victoria electoral.

Por eso está fracasando la TDT y los servicios comarcales y locales de las televisiones y radios. Se nos dijo que era la última panacea, el último avance para acercar al espectador la actualidad de su entorno. Nada más lejos de la realidad: estas cadenas han fracasado, y se debaten entre el malgasto de las subvenciones públicas y la debacle económica. El pueblo se siente desatendido, como siempre, no se ve representado en estos medios de comunicación. Lo que demandan los vecinos son televisiones y radios donde su voz se oiga como la que más, sintiendo que son parte de algo. Un sueño que, a día de hoy, parece inalcanzable. Tanto los medios masivos tradicionales como los nuevos se hallan sujetos a diversos intereses político-empresariales que condicionan sus respectivas líneas editoriales, teniendo que desoír en demasiadas ocasiones a la opinión pública.

Es en ese contexto, es donde los medios digitales pueden encontrar un filón. Acercándose a las protestas y reivindicaciones de los vecinxs respecto a su territorio, la democracia y el periodismo saldrían ganando. En efecto, vivimos en la sociedad de la información, pero muchxs viven de espaldas a sus convecinxs. Estoy seguro de que la manifestación del sábado contra el vertedero pudo haber sido mucho más mayoritaria. El individualismo de muchxs pasa factura al resto. Pero más allá de las típicas consignas de que “la gente no se mueve”, cabe preguntarse si, en el caso de que verdaderamente existiesen en nuestras comarcas más medios que atendiesen las demandas ciudadanas, las convocatorias de la Plataforma no serían más mayoritarias. Ante tal panorama, sólo cabe una pregunta a hacerse y es si realmente nos sentimos bien informados o no.