martes, 20 de mayo de 2008

Un centenar de personas se manifiesta contra las actuaciones de la empresa Cabañal2010

La destrucción del emblemático barrio de El Cabanyal, en Valencia, ya es un hecho. Y las presiones a los vecinos que se oponen al proyecto promovido por el Ayuntamiento, también. Para ello, se creó la empresa mixta (público-privada) Cabañal2010 SA, detrás de la cual se encuentra el Ayuntamiento de Valencia y la Generalitat con la mitad de las acciones, y un conglomerado de doce empresas constructoras e inmobiliarias con la otra mitad. Este órgano, cuya sede tiene lugar en el mismo barrio, está desarrollando un plan dirigido a asediar a los vecinos de la zona, a cercar su vida cotidiana y a estrangular las voces de los que protestan.

Las denuncias ante estas acciones no se han hecho esperar y, el pasado martes 13, alrededor de un centenar de personas de toda condición (jóvenes y adultos, vecinos y no vecinos) se concentraron ante la sede de Cabanyal2010 ante el eslogan: “Per la nostra dignitat, fem fora Cabanyal2010”. Sin embargo, la actuación de las fuerzas policiales (alrededor de 50 operarios) no se hizo esperar, y, ante su intento de disolución, el punto inicial de encuentro tuvo que ser trasladado unos metros a lo largo de la calle, donde la sede no corriera peligro y bien visible y amplio para que la concentración fuera cercada y acorralada por la policía. Pacíficamente, aunque claramente denostada por la actuación de las fuerzas de seguridad, la concentración se prolongó a lo largo de media hora, en la que se sucedieron los eslóganes: “Del Cabanyal, no pasarán” y se pronunciaron diversos comunicados a través de las asociaciones de vecinos y de algunos colaboradores del proyecto “Salvem el Cabanyal”.

La prolongación de la avenida Blasco Ibáñez, considerada por el Ayuntamiento de Valencia como de “interés público”, prevé la destrucción de 1651 viviendas en el carismático barrio de pescadores de Valencia, declarado patrimonio histórico de la ciudad. La falta de un servicio de limpieza en la zona, la proliferación de solares provocados por los intermitentes derribos o la permisividad del trapicheo de droga no ha hecho más que agravar la situación en la vida cotidiana del barrio. José Balaguer, un vecino del mismo, que, a sus 86 años, ve como la expropiación de su casa es un hecho, asegura que se siente indefenso y por ello se ha reivindicado varias veces. Afirma que, pese a que su casa está valorada en dos millones, le van a dar la mitad por ella. “Es una injusticia que, a mis años, me dejen sin casa”, ratifica. Sólo es una de las tantas personas afectadas por la situación. Muchas de ellas se han tenido que enfrentar a realojos en viviendas que carecían de los servicios mínimos (luz, agua, gas…). De momento, la esperanza por la paralización continua presente en los vecinos, pero la justicia parece mirar hacia otro lugar.

martes, 13 de mayo de 2008

¿Crisis? ¿Qué crisis?

El capitalismo ha vuelto a entrar en quiebra. Una vez más, sin avisar, las clases medias se ven perjudicadas por los movimientos injustos del capital y la economía y por la alegre especulación inmobiliaria que nadie parecía querer ver. En un mundo tan globalizado, si Estados Unidos mete la pata, todos los demás vamos detrás. Somos sus hijos y vasallos, fruto del postimperialismo degradado: si el padre se arruina, los hijos no tienen ni para salir a comprarse un chicle. Lo mismo sucede con el mercado internacional y si, la gran potencia lo está pasando mal, imaginemos el alcance que tiene la crisis en aquellos países en los que ya se partía de una situación altamente desfavorable. Son esos países que empeñamos en llamar “en vías de desarrollo”. Toda la vida lo hemos hecho, desde la colonización, quizás antes. Y siguen estándolo, que curioso. ¿Por qué será? La recesión es tan fuerte en estas naciones que ni siquiera pueden suministrar a sus ciudadanos alimentos básicos. En muchas de ellas, la inflación ya está en el 300%. Mientras tanto, aquí nos quejamos por el hecho de que las patatas hayan subido treinta céntimos.

Qué lástima, que injusticia. No podremos comprarnos ningún coche de lujo en los próximos tres años, y de casas ya ni hablemos. “Todos los ciudadanos tienen derecho a una vivienda digna”, sí, pero “a costa de la otra mitad del planeta”, debería sentenciar la frase. Porque es falso que lo más normal con 20 años sea independizarse y comprarse una casa, siendo sometido de por vida a las anquilosantes penurias de una hipoteca. Si realmente queremos independizarnos, cosa que está muy bien, ¿por qué no alquilamos un piso, que sale mucho más barato? “Porque no es nuestro, responderán algunos”. Y volvemos a la propiedad privada. Y volvemos a inundarnos de la hipocresía más cruel.

Cuando suceden estas crisis, que hacen ver al capitalismo con otros ojos, mientras siguen beneficiando a los altos empresarios y especuladores de forma tan injusta, no puedo evitar pensar en Kropotkin. O en Bakunin. O en Puente. Ellos ya pronosticaban la desigualdad global que iba a crear este sistema agobiante que se nos ha impuesto desde Estados Unidos. Y la crisis medioambiental –también global- que conllevaba. Y las miles de personas que se morirían de hambre. En un sistema con democracia directa, basado en la asamblea y la igualdad total entre hombre y mujeres, en el que el dinero quedara como mero instrumento pasivo, esto no ocurriría. Completamente libre, el hombre se encaminaría hacia la autorrealización moral y cultural sin ningún tipo de cadenas o ataduras. Pero esto suena demasiado utópico. O eso dicen.

martes, 6 de mayo de 2008

Imperfectos

Cuando nacemos, somos todavía fetos inacabados y deformes; no es necesaria demasiada agudeza visual para saber que deberíamos haber pasado un tiempo más en el interior del ser que nos engendra. Sin embargo, la naturaleza es caprichosa y, si lo hiciéramos, seguramente moriríamos. Así, ese es el rasgo que más nos diferencia con otros animales. Al margen de las diferencias más que visibles física o psíquicamente, no es lo mismo un recién nacido humano que un cachorro de león, por citar un ejemplo. Nosotros, a diferencia del león, somos incapaces de levantarnos y andar hasta pasados unos meses; nuestra formación es muy limitada y, sin nuestra madre al lado, cuidándonos, no sobreviviríamos ni siquiera unas horas. Por el contrario, el cachorro de león rápidamente comenzará a caminar y a cazar; al poco tiempo se independizará de su madre sin que eso suponga ningún peligro o sacrificio. El ser humano medio no es capaz de independizarse de sus padres hasta bien entrados los treinta. Es cierto, no es comparable en sentido estricto, pero hay algo más, un lastre con el que debemos cargar toda la vida por el mero hecho de nacer antes de lo normal, y es que, nosotros, a diferencia de cualquier ser del reino animal, debemos tomar decisiones sobre nuestros actos. Cuando se nos presentan alternativas, nuestra mente se pone en funcionamiento, ninguna inercia nos lleva hacia el punto que sería mejor para nosotros. Y en esa elección, por suerte o por desgracia, está el gran drama del ser humano. Si los animales saben lo que tienen que hacer a cada momento para sobrevivir gracias a su instinto, el humano se debate en la inercia de una realidad social que se sobrepone a él. Completamente exhausto, debe seleccionar una opción, muchas veces sin considerar lo suficientemente lo que ello entrañará. Muchas vidas se han consumido por una simple mala decisión. Muchos han muerto por decidir B cuando lo mejor era A, pero ya poco importa. El único remedio que nos queda, desde el principio de los días, es rutinizar nuestros actos hasta asumirlos de forma robótica. Si, amigos, no hay más remedio para nuestra enfermedad que la monotonía. Aunque suene surrealista, es la única manera de salir del atolladero e, inconscientemente, seamos más revolucionarios o menos, más contestatarios o menos, caemos rendimos en sus brazos cual insecto en una telaraña. Es algo externo sobre lo que, casualmente, no podemos decidir. Y a la vez es nuestra más abominable condena. Sometidos a esa injusta monotonía, dejamos que el tiempo se consuma sin disfrutarlo como es debido, porque todo lo que se salga de esa mediocre rutina es desperdiciar las horas. Aceptémoslo, nacemos inacabados y morimos igual de inacabados: somos una clase animal más dentro del mundo salvaje y despiadado que nos rodea. Igual de imperfectos, pero mucho más dependientes. Sólo unos cuantos escogidos, también por caprichos de la naturaleza, se dejan dominar por sus impulsos, por lo que el cuerpo les grita, y no por el tiempo, las horas y la vida en general. Esos seres libres, despreocupados y lanzados al ruedo valientemente, son los más perfectos que podemos encontranos. Ni la inteligencia ni la belleza nos hace mejores, son las ganas de vivir las que logran que algunos se salgan de la ridícula vida que nos ha sido impuesta. Los demás, mientras tanto, seguimos envidiándolos, encerrados en este frasco cerrado, en el interior de un barco –nuestra vida- que navega a la deriva.

miércoles, 30 de abril de 2008

Historia de un rebelde

Al alcanzar la mayoría de edad, los 18 años, se produjo una eclosión tal en el interior de su cuerpo, que resonó a miles de kilómetros de distancia. Como una mordedura de avispa, notó como, de repente, la madurez se le inyectaba poco a poco por vena intravenosa. Buenos culpables de la situación eran los libros, objetos que siempre le habían gustado, sí, pero a los que nunca les había sacado el jugo que debían. Antes, los leía. Ahora, los devoraba, como si el universo fuera a destruirse si no lo hiciera.
El inicio se produjo tras la lectura de un libro del filósofo Kropotkin, La conquista del pan, que había caído en sus manos casi por casualidad, y que, sólo por curiosidad, se atrevió a leer. Lo terminó en tres días, y le pareció la mejor literatura que había leído nunca. Al mismo tiempo, experimentó una extraña sensación, como si despertara de un sueño en el que había quedado atrapado durante los últimos dieciocho años, sin tener la más mínima sospecha. En ese preciso momento, al leer la palabra FIN en el libro de Kropotkin, su mente se desconectó del mundo feliz y complaciente en el que se había acostumbrado a vivir y despertó en uno nuevo, completamente diferente, mucho más crítico y dual, donde nada es lo que parece. Su nueva filosofía era la de el darse cuenta: se dio cuenta de tantas cosas que, hasta la fecha, quizás por ignorancia o por no querer saber, desconocía, que todo un horizonte completamente nuevo se abrió ante el resplandor celestial de su mente.
Tras Bakunin, siguió con teóricos, como Kropotkin. Marx, Engels, Chomsky o Camus comenzaron a formar parte de su recién descubierto universo. Junto a ellos compartió cosas que no había compartido con ninguna de las personas que había estado hasta la fecha. Siguió dándose cuenta, y les deseó como nunca a nadie había deseado. Llegó un punto en el que su existencia era posible sólo gracias a ellos, ese punto que le llevaba a despreciar a todo lo relacionado con el mundo que había dejado atrás. Ahora sólo le interesaba el nuevo, el que se escondía entre las páginas de papel de cientos y cientos de libros aún sin estrenar.
Una cosa llevó a otra, la causa a su efecto, y, con el paso del tiempo, descubrió en el movimiento libertario su compañero más fiel, su salvación para salir del atolladero en el que se hallaba inmerso. Veía en la lucha libertaria la única manera de acabar con la represión diaria en la que se había convertido la vida para tanta gente. Se afilió a las Juventudes Libertarias, y en ellas luchó por un mundo mejor, donde la libertad fuera el principal objetivo. Pero no la libertad que preconizaban en la democracia, con multitud de acuerdos y contratos de obligado cumplimiento, sino la libertad sin límites. Esa en la que el único contrato posible era el respeto y el amor entre cada uno de los seres humanos de la sociedad. Luchó contra la precariedad laboral, contra los burgueses explotadores, cubiertos de fortuna mientras buena parte del planeta se muere de hambre. Luchó por salvar la naturaleza en un planeta que la había olvidado desde el momento en el que el hombre se hizo hombre.
Bien es cierto que todo esto fue posible gracias a la gran cantidad de tiempo de la que disponía. Era estudiante de filosofía, y la facultad tan sólo le robaba unas cuatro o cinco horas diarias. El resto del tiempo, su cabeza divagaba y su mente se fundía con la de decenas de jóvenes que, como él, dedicaban su vida al movimiento y a la lucha diaria.
Sin embargo, con la llegada del segundo curso de la facultad, todo volvió a cambiar de nuevo. Sus ingresos se habían agotado por completo y se vio obligado a buscar un trabajo a tiempo parcial. Las horas dedicadas al pensamiento se esfumaron y fueron ocupadas por la labor ocupacional. Tuvo que abandonar las Juventudes Libertarias y su contacto con los otros jóvenes libertarios se vio mermado hasta quedar anulado casi por completo.
Ahora sigue trabajando todo el tiempo que no está en la universidad. El trabajo, como un fiel esbirro del capitalismo, acudió hasta su presencia con el objetivo de que disintiera de toda crítica contra el sistema y, en cierto modo, lo ha conseguido. Como uno más, ahora cotiza en la seguridad socia y cobra su salario mensual, que espera con ansias para pagarse algunos de sus caprichos, como su última adquisición, una televisión de plasma, desde la que vivirá con pasión los partidos de su equipo favorito.

viernes, 25 de abril de 2008

Felicidad

Hoy, en clase, un hecho me ha llamado la atención. Una chica, que se había dejado su bolso, llegó asustada y exclamó: “me dejaba mi vida”. Cuando le preguntábamos a qué diablos se refería, nos lo aclaró: se refería al móvil, el mp3, la cámara digital… que se arremolinaban dentro del mismo. Es decir, hoy en día, la vida de una persona, de un joven –salvo muchas excepciones, entre las que me incluyo, claro- de 18 años, con toda la vida por delante, se limita a una sarta de objetos tecnológicos, esos avances capitalistas con los que el mundo científico nos obsequia de vez en cuando, y que hoy representan la felicidad. ‘Felicidad’. Esa palabra abstracta que tantos quebraderos de cabeza da, tan maldita y tan utilizada por el capitalismo para engancharnos a él, para hacernos creer que cuanto más tengamos, mejor nos sentiremos, más felices seremos. Pero la felicidad, por suerte o por desgracia, no existe. Nadie puede asegurar que es feliz sin sentirse un hipócrita al mismo tiempo. Todos tendemos a ver en nuestras vidas los peores rasgos, aquellos que nos hacen parecer tan infelices. Siempre nos faltará esa nueva cámara que ha lanzado el mercado, o ese móvil de última generación para el que nuestro sueldo no llega. Con la aspiración a la utópica felicidad nos dejamos el dinero y avivamos ese ciclo mercantil interminable que permite la existencia de El Sistema.
Cuando los mandamases del mismo (políticos, burgueses…) preconizan el fin de las ideologías como algo celebrable, o nos tachan de radicales, limitándonos a ese círculo cerrado del que quedamos atrapados, intentan aspirarnos todo tipo de pensamiento crítico para campar a sus anchas en el universo de la globalización. La legalidad cada vez se va estrechando y sólo contempla sus propias acciones: dos partidos políticos, dos grupos de comunicación, dos empresas de telefonías… el mercado adelgaza cada vez más para reducir nuestras decisiones y elecciones a la mínima expresión. El antaño obrero precapitalista ha sido suplantado por el actual robot globalización: ese que habla idiomas, compra compulsivamente, no puede perder el tiempo, y, estresado, se muerde eternamente las uñas en su inútil búsqueda de la ansiada libertad, como si ésta fuera sinónimo de la libertad que buscaban los obreros. Pero no es así; más bien al contrario. El proceso no tiene nunca fin, siempre vamos a querer más. Siempre buscaremos la felicidad. Pero ésta no existe como fin en sí mismo, sólo en esos momentos de relajación, con los amigos, o leyendo algún libro, sólo esos se asemejan hoy en día a lo que en otro tiempo se conoció como libertad.

viernes, 18 de abril de 2008

Símbolos

El otro día, en un concierto, me di cuenta de cuan importante resulta un símbolo, y di constancia de la afirmación un gesto puede valer más que mil palabras. Cuando, al final de todas las canciones, o a mitad, o incluso al principio, la gente alzaba su puño, el tiempo se detenía y transportaba a los asistentes a otra dimensión, a otro mundo diferente; más justo, más igualitario, en el que todos éramos camaradas y compinches. Del fragor de la calurosa bienvenida al grupo hasta la última de sus canciones, desde el minuto 0 hasta el 200, todo era una compenetración máxima, un rito mágico entre público y músicos, nada comparable a ningún otro ritual o ceremonia religiosa. Los planetas se alineaban, los polos eclosionaban cuando, inevitablemente, nos sorprendíamos con el puño izquierdo levantado bien alto, cuanto más mejor.
Es curioso como los símbolos y las consignas pueden despertar a las masas de su aburrido letargo y llevarlas a conquistar el poder. Cuando ocurrió la revolución rusa, gran parte del éxito se había debido al conocido lema de Lenin: “Tierra, pan y trabajo”. La interiorización de este tipo de emblemas es tal que toda religión, asociación o grupo de amigos debe tener unos cuantos para afianzar su camaradería. Mientras algunos se esfuerzan por hablar y hablar sin parar, hay veces que con una simple señal se puede persuadir a alguien para que haga algo impresionante. Muchos han sido los seductores y seductoras que han conquistado a decenas de amantes con un simple movimiento de labios, o unos simples toqueteos aquí o allá. Seguramente, bastaría un gesto del presidente George Bush para que medio planeta se viera seriamente amenazado.
El puño levantado en alto como signo de revitalización del poder obrero -resultado de cerrarle la mano a los fascistas- es uno más, de los centenares que existen. Muy diferentes los unos de los otros, no debemos caer en el error de que éstos se conviertan en el opio del pueblo, sea de derechas o de izquierdas, puesto que, en el fondo, los símbolos no son nada más que eso, símbolos; independientemente de que ericen la piel más dura o despierten a las masas, nadie debería guiarse ciegamente por ellos: hay que saber diferenciarlos y, sobre todo, comprender que éstos no están eximidos de la manipulación de los más aprovechados. Por eso, debemos diferenciar el significante del significado, la persona que lo lleva a cabo y el contexto en el que se realiza, y digerirlos en frío, con la conciencia bien tranquila, si no queremos vernos envueltos en algún desagradable malentendido.

domingo, 6 de abril de 2008

Perdonen que no me levante

La primavera ya ha llegado, y con ella, la vegetación más recóndita comienza a florecer, a espaldas de lo que pueda ocurrir en el mundo. Año tras año, puntuales como clavos, las hojas de los árboles comienzan a aparecer, las amapolas florecen de la nada y algunos animales vuelven a nacer. Es curioso el cambio repentino que da la vida durante la primavera. Como si de algo estructural se tratara, todos revivimos en esta época del año: cuando recordamos el frío y oscuro invierno se nos ponen los pelos de punta e imaginamos lo desagradable que aquellas sensaciones producían. Ahora, con la brisa primaveral, comenzamos a quitarnos la ropa, a pensar de forma más lucida y, sobre todo, después de la frenética campaña electoral, a relajarnos más. El estrés de la vida cotidiana no es el mismo que se respira el resto del año, y todo parece mucho más llevadero. Mientras tanto, algunos siguen clamando por la escasez de agua. ¿Quién será el responsable de ello? ¿Es qué quizás no pensamos que podía ocurrir algo después del derroche inhumano de ella que hemos llevado a cabo? Mientras en Valencia –feudo pepero por excelencia-, el conseller de nosequé sigue injuriando en los manipulados informativos de canal 9 (dice que a nosotros nos hace más falta el agua que a Cataluña, cuando en tierras valencianas, a diferencia de en los Países Catalanes, nunca se han llevado a cabo cortes del suministro para racionalizar), los campos de golf afloran allá donde podemos imaginar el fragor primaveral más espectacular, centenares de fuentes con un chorro indefinido pueblan cada pueblo del país valenciano, sin mencionar las piscinas que de igual manera abundan en esos chalets tan necesarios (de las que seguramente se beneficien muchos políticos). ¿Transvase sí? ¿Transvase no? Poco importa, porque de igual forma, el agua será cada vez un bien más escaso, a la par que aumentarán las construcciones insolidarias e innecesarias. En pocos años, los árboles que florecen en primavera serán una especie en peligro de extinción, pocas flores tendrán el deseo de nacer en un mundo tan hipócrita como el nuestro, y los animales que despertaban de su letargo durante los meses de abril, pensarán en aquella célebre (y falsa) frase de Groucho March: “perdonen que no me levante”.