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miércoles, 20 de mayo de 2009

Tecnocratismo boloniano


Los más patrióticos seres españoles y aquellas y aquellos que todavía hoy añoren la caspa franquista de los años 60, oirán en la palabra tecnócrata un sonido de crecimiento económico y aumento del nivel de vida. Un momento en el que el régimen pareció abrirse en libertades. Nada más lejos de la realidad. Es cierto que hubo crecimiento, pero el autoritarismo siguió campeando a sus anchas por la península hasta la gloriosa muerte del dictador.

Más adelante, el tecnocratismo –regido por el principio de la efectividad- impregnó todos y cada uno de los rincones de la vida económica de la inaugurada sociedad de consumo, sintonizando a la perfección con las aspiraciones del capitalismo de mercado y, aún a día de hoy, continua ese auge tecnocrático en todos los niveles de la vida. Un claro ejemplo es el caso de los nuevos planes para la enseñanza universitaria. Al parecer, aquellos que controlan los mandos de la economía han decidido que la producción universitaria era ineficiente; que no se trabajaba lo suficiente que las universitarias y universitarios sólo perdían el tiempo, estudiando, sí, pero ¿pensando?

La sociedad es, a día de hoy, gobernada por criterios técnicos, porque son ellos los que nos permiten ser eficaces. Y ¿quién no quiere ser eficaz? Ello supone utilizar pocos recursos y conseguir un objetivo satisfactorio. La teoría, así, es condenada al ostracismo. Lo importante es pensar las cosas el menor tiempo posible, porque “el tiempo es oro”, y, en esta sociedad de las prisas continuadas, un segundo perdido es un segundo desperdiciado, muerto. Por todo ello, carreras como filosofía, filología o historia están destinadas a desaparecer de la faz universitaria. Licenciaturas en las que los estudiantes se dedican a pensar, a reflexionar sobre el pasado y sobre las diferentes formas de entender la vida. La pregunta que parecen haberse hecho los tecnócratas es ¿para qué?

¿Para qué? La finalidad, la productividad, de nuevo, una vez más. Con la eliminación progresiva de la filosofía –ciencia de ciencias, disciplina de disciplinas, saber de saberes-, la humanidad parece estar condenada a su eterno fracaso, en términos morales. Una sociedad que no se detiene a pensar un solo minuto, sino que, es más, considera que reflexionar acerca de su propia vida, el no hacer nada, es “perder el tiempo”, no es una sociedad democrática, ni mucho menos. El Estado quiere cuerpos de dóciles esclavos y lo cierto es que lo está consiguiendo, priorizando la práctica y condenando la reflexión crítica hacia el infinito.

¿Qué hacer ante esta situación de apariencia catastrófica? No dejarnos engañar. Luchar por el hecho de que las Humanidades no desaparezcan de los planes, porque lo cierto es que lo están haciendo, y cada vez más nos obligan a desplazarnos hacia disciplinas orientadas al mercado: las que venden realmente. Cabe cambiar la pregunta ¿para qué? por un ¿por qué? Y ese porque no puede responderlo otro por nosotros, porque debe ser nuestra decisión. La precariedad en los campos que atañen a las humanidades es cada vez mayor, y con ello, el tecnocratismo se ve reforzado continuamente. Un criterio uniformador de conciencias y obediencias que no hace más que reforzar la idea de que existen elementos fascistas presentes en toda sociedad democrática, como ya reflexionaron en su día los investigadores de la Escuela de Frankfut.

lunes, 15 de septiembre de 2008

Boloña que boloña

Escribo este artículo en un estado situado entre la perplejidad y la cólera, producido en alta medida por el conocimiento de que la Universidad de Valencia pretende imponer a los alumnos de la titulación de Periodismo, pese a que empezaron con un sistema de estudios diferente, el famoso y polémico plan de Bolonia. Todo ello entre el desconocimiento general que ante dicho plan guardamos los principales afectados. Nadie nos ha dado explicaciones, ni siquiera la propia Universidad, sumiéndonos en ese estado que antes manifestaba y avanzando hacia una preocupación patente por la alta importancia que esto conlleva en un futuro próximo. El hecho de que, en mitad de una licenciatura, nos impongan un plan distinto, conlleva numerosos inconvenientes, y uno de ellos es esa preocupación, pues nos convierten en alumnos que no llegamos a ser ni de un curso ni del siguiente, sino un híbrido entre dos cursos. Con orgullo, al año que viene, previsiblemente (porque encima todavía no está confirmado) podré manifestar que curó 2º y medio de Periodismo. Ante todo, cabe dar una breve explicación de este proceso criticado y loado a partes iguales.
El mundo global en el que nos vemos sumergidos no sería tal sin una Universidad global, y de ahí surge la reforma educativa vulgarmente conocida con el nombre de Bolonia. Como todos somos iguales, sobre todo los europeos, en Bruselas se ha visto la necesidad de equiparar los planes de estudio de todas y cada una de las universidades europeas, con el objetivo de que todos y cada uno de los alumnos se erijan con las mismas posibilidades de cara al mercado laboral. Hasta este punto todo bien. ¿Quién puede oponerse a la igualdad? El problema surge cuando intentamos deshacer el envoltorio con el que la Unión Europea y sus magnates parecen envolver sus nuevas medidas. En primer lugar, este nuevo plan de estudios supone una horripilante estrategia que amenaza con destruir asignaturas tan elementales e históricas como la filosofía o la propia historia. Cada vez serán menos las universidades que las oferten, cada vez serán menos las horas dedicadas a la impartición de dichas asignaturas en los institutos. Triunfan, sin embargo, titulaciones como Economía o los estudios científicos. Lógico, por otro lado, tratándose de un mundo global. Otra de las medidas más visibles de Bolonia es la reducción de los años cursados por licenciatura, pues aquellas que se cursaban en cinco cursos ahora se harán en tres. ¡Por fin!, gritaran algunos, conscientes del exceso de tiempo que se dedica a algunas titulaciones, que se presentan interminables. Pero lo cierto es que dicha medida aspira más a convertirse en un interés económico que liberador para los estudiantes, puesto que supondrá la posterior y obligatoria realización de diversos másters (con sus altos precios incluidos), a través de los cuales el alumno terminará con su periodo universitario. Hay que constatar dicho carácter obligatorio, pues hasta ahora eran de índole optativa.
Por otro lado, quizás uno de los aspectos más temidos de la nueva ley es el de la pérdida de libertades en el terreno estudiantil. De este modo, se prevé que comenzarán a penalizarse con más severidad las ausencias a clase, así como se dedicará mucho mayor tiempo a la realización de trabajos obligatorios acompañados de un férreo seguimiento del estudiante. Estos procesos, que quizás recuerden a los que se ejercían en las universidades de antaño, o quizás en los institutos, no constituyen más que un severo retroceso en el campo de las libertades y los derechos de los estudiantes, esos que parecieron acelerarse tras el mayo del 68, ahora hace 40 años. El aumento de la burocracia y la presión a los universitarios constituye siempre el fracaso en el campo de las libertades fundamentales, esas a las que aspiramos desde hace tanto tiempo, y perjudica sobre todo a los propios estudiantes, al tener que compatibilizar en muchas ocasiones los estudios con profesiones, trabajos temporales u otros estudios secundarios. Al parecer, se asocia el absentismo universitario al fracaso, pero no siempre es así, sobre todo si consideramos que dichos alumnos poseen un nivel intelectual y responsable lo suficientemente alto como para pagar por sus actos, equilibrar en una balanza y decidir con plena libertad. Temiendo por el hecho de que Bolonia suponga un paso hacia esa privatización de la enseñanza con la que día a día nos vemos lastrados, es importante acabar con esa demagogia utilizada por algunos medios de comunicación, políticos y rectores, que obviamente sólo miran por el bien común, en lugar de preocuparse por el de aquellos que aspiran a un futuro más o menos prolijo. Es preocupante también, por lo tanto, el hecho de que éstos no se hayan preocupado todavía en explicar con claridad y detenimiento en qué consiste dicho proceso, imponiendo a los estudiantes un estado perplejo y exasperante ante una nueva situación, sobre todo teniendo en cuenta que se trata de unas medidas impuestas, es decir, que los estudiantes, los principales afectados, no hemos votado.