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miércoles, 14 de octubre de 2009

Y el mundo se volvió loco, loco, loco


En El mundo está loco, loco, loco el genial Stanley Kramer retrataba la esencia de la sociedad con una serie de situaciones cómicas y realistas en las que queda patente lo irrisorio de la condición humana. Es cierto, todos albergamos a un loco en nuestro interior, pero, sin lugar a dudas, en los últimos tiempos se están dando situaciones –quizás provocadas por la crisis capitalista que aún nos hace cometer más locuras- que servirían de argumento perfecto para otra película de Kramer. Para facilitarle el trabajo, haremos una especie de diversas propuestas que motivarían el hilo conductor, o que incluso podrían alternarse durante la trama.

En primer lugar, el protagonista de la cinta podría ser, por ejemplo, Evo Morales. Como todas las historias que propondré, es el típico perdedor al que le pasan cosas graciosas. Eterno candidato al premio Nobel de la Paz por su lucha en defensa de los derechos de los indígenas latinoamericanos, verá como año tras año, se lo arrebatan. Hacia el final de la cinta, llegará un tal Obama al poder en Estados Unidos (sic) y recibirá el Nobel de la Paz. Acto seguido, Morales, abatido, se suicida ofreciéndose a los matones de las grandes empresas y a los espías internacionales, que llevan tiempo pugnando por su cabeza. La reflexión del espectador en este punto debería ir en sentido de preguntarse: ¿y por qué no le han dado el premio al pobre de Evo? ¿O a Piedad Córdoba, mujer clave en la liberación de rehenes de las FARC, en Colombia, por ejemplo? ¿Por qué el Nobel se sustenta en promesas y no acciones y es otorgado al presidente de la potencia que más potencial armamentístico ostenta de la comunidad internacional? En fin, y cosas así.

En una versión a la española, el protagonista podría ser el pijo de Ricardo Costa. La película se centraría en la lucha de un hombre contra todo por conservar su cargo de poder, los relojes caros y otros favores sexuales varios. Y es que el bueno de Ric se ha negado a dimitir. Como las garrapatas, le han tenido que despegar de su cargo a base de mano dura. Y mira que a la dirección nacional del PP le ha costado. El más bueno aún de Camps tampoco quería cesarlo, en un acto de cobardía política injustificable. ¿Por qué será? ¿Quizás tema que la ley del efecto dominó se imponga en su partido y en su provincia? En este caso, sin embargo, lo más cómico de la cinta sería ver como el electorado valenciano sigue empecinado, a pesar de todos los escándalos de corrupción, los Bigotes, los pijos, las empresas estafadoras y los Don Vito’s que pululan por nuestro territorio, en votar al Partido Popular. En este caso, la moraleja sería clara: la democracia en Valencia no funciona. Quizá sea un defecto mental, pero lo cierto es que, cuando la corrupción se perpetua en el poder, hay que hacer algo más que votar cada cuatro años. ¿Realmente funciona la democracia como mejora de la voluntad social?

La última propuesta estaría más destinada al público joven. Su protagonista podría ser una de las hijas góticas de Zapatero que, desencantada con una sociedad que se ríe de ella por ir a una cumbre en la ONU vestida libremente, decide darse a la bebida para sustraerse de un mundo que no va con ella. En una de esas, se vería envuelta en un disturbio frente a la Policía, como el que hubo en Pozuelo hace un mes o así. Ella estaría en primera línea, lanzando botellas de cristal a los antidisturbios y acabaría en comisaría tras incendiar un cuartel de la Guardia Civil. Esta cinta sería más independiente, relataría la comicidad que se esconde detrás del hecho de que ahora, en vez de protestas sindicales por la bajada de salarios, la violencia provenga de una juventud acomodada y pija, pero alcoholizada.

El Sistema ha terminado por fabricar engendros que bien podrían semejar su propia autodestrucción. Los nuevos anarquistas ven Física o Química, compran en Zara y entre sus temas más importantes de conversación se hallan el fútbol, las chicas y las depilaciones, en ese orden. La contundencia visual de las imágenes que esta película mostraría serviría también para mandar un mensaje a las fuerzas policiales y represivas: “Si véis que la gente está bebiendo a gusto, ahí, que son fiestas en el pueblo y es normal que se arme jaleo… No hagáis nada, que al final algo terminará ardiendo”. Ahora la juventud no se rebela contra la guerra de Afganistán, el caso Gürtel o los asentamientos judíos, sino contra el hecho de que no les dejen pegarse la fiesta. En fin, que “la botella de whisky, ni tocarla” (sic).

sábado, 28 de junio de 2008

De centro comercial

Allá por los tiempos de la revolución francesa –esos que el neocon Ratizinger considera los de la perdición del ser humano- comenzaron a surgir los términos derecha e izquierda. Todo lo determinaba la posición que los profesantes de cada ideología ocupaban en el Parlamento. Era el comienzo de toda una serie de conflictos, guerras y recelos entre ambos bandos políticos, desde entonces subscritos bajo una etiqueta determinada. Sin embargo, también se abrió en ese momento el período de un tiempo con mayores libertades en el campo de lo político, donde al menos no era un monarca absoluto por la gracia de un Dios en horas bajas el que dictaba todos y cada uno de los principios del sistema. Desde entonces, los obsesos de las etiquetas, no han dejado de descansar, revitalizando una y otra vez el panorama de las ideologías. Pronto comenzarían a surgir los radicales, esa especie siempre en peligro de extinción pero tan ruidosa y exagerada. Personas sin alma, sin corazón, alejadas de la tradición y el formalismo que requiere un Estado democrático de derecho. Todos estos bichos raros, sean de más de izquierdas o de derechas, se engloban todos bajo esa misma etiqueta: radicales. Lo que viene a decir que todos son del mismo calado. Todos tienen el mismo nombre e idéntica denominación de origen. Otra de las tendencias derivadas del etiquetismo de nuestra sociedad es la consideración, tan banal e ilógica, de que “todos los extremos se tocan”. La simplicidad reducida al absurdo del intelecto pausado. Todos cuantos caen en tal dislate, aseguran defender la legalidad, la normalidad, lo realmente rico para la civilización. Lo radical es tan subjetivo… ¿Cuándo alguien o algo pasa de ser una persona normal y se convierte en un radical?
Pero no todo en esta vida es de derechas, de izquierdas o radical. Nada hay blanco o negro. Por eso, un nuevo término político acabó por surgir para el delirio de los lingüistas y las miembras de la Real Academia. El centro. Como si no tuviéramos bastante con todos los enfrentamientos, este nuevo ente tan metamórfico y heterogéneo surgió de la noche la mañana. Realmente, constituye otra obra de arte creada por los de arriba. Desde entonces, la mejor estrategia para ganar las elecciones y alcanzar el poder es el centrismo. Ser de centro mola, es lo guay, lo moderno. El fin de las ideologías, la simpleza uniformidad y el unipartidismo al poder. ¿De qué vale complicarse la cabeza siendo de derechas o de izquierdas, pudiendo ser ambas y ninguna a la vez? ¿Qué sentido tiene distinguir? ¿Qué diferencias puede haber? Los contrastes son, sin embargo, de sobra conocidos. Riqueza o igualdad, lo público contra lo privado, tolerancia frente a la inmigración, derechos laborales… y un continuado sin fin de opciones que el centrismo parece ignorar por completo. La centralidad obedece a la necesidad de los partidos por caminar hacia el conservadurismo sin querer aparentarlo demasiado. El PSOE –injustamente llamado socialista- es un partido de centro-izquierda. El PP, de derecha pura y rancia. Ambos acaban optando por expulsar inmigrantes tiránicamente, favorecer más a los empresarios que a los trabajadores o prostituirse frente al capitalismo más desigual. Las similitudes entre los dos partidos son tan grandes que asustan. Por ello, ante la carestía de ideas políticas, de ideología pura que defina sus actuaciones, ambas organizaciones se ven forzadas a declararse centristas para satisfacer al electorado más populista, imbuido terriblemente por esta corriente impuesta del fin de las ideologías. Eso es lo que recientemente ha ocurrido en el nuevo Congreso del PP. Sus militantes se han dado cuenta de que la demagogia, la crispación y el atrasado conservadurismo con toques fascistocatólicos no funciona y, ahora, en consecuencia, se ven obligados a virar hacia un nuevo mercado. Y no hay nada más general y pragmático como el centro. Cabe preguntarse: ¿Cómo podemos fiarnos de unos políticos que mienten acerca de sus valores y cambian de ideales de la noche a la mañana?